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CARTA A UN SOPLAPOLLAS

Querido compatriota:

Espero que al recibo de la presente te encuentres bien. Sé que te parecerá extraño recibir una carta escrita desde esta Isla Patriota de la Disidencia, tan lejana a tu Democrático y Soplapollas Estado de Derecho y del Revés.

Aunque te choque mi extraña forma de hablar cuando, por ejemplo, sigo llamando España a lo que tú llamas Estepaís, te aseguro que te comprendo mejor de lo que te imaginas y que me hago cargo del difícil momento que estás pasando.

Sé que cuando te dijeron que había que ser tolerante, te pareció un buen consejo. Suena bien eso de la tolerancia. Y decidiste ser un ejemplo. El más tolerante de todos.

Toleraste aberraciones y los aberrantes te felicitaron por tus tragaderas. Celebraste Desfiles del Orgullo Tolerante. Y Días Internacionales de la Tolerancia y la Vacuidad . Y acudiste a Jornadas Mundiales de Superficialidad y Tolerancia. Y estabas contento al principio.

Cuando te diste cuenta de que la tolerancia era el nombre que tus amos daban a la cobardía, a la hipocresía y al gregarismo, ya era demasiado tarde.

Te dijeron que había que abrir las fronteras y te pareció un buen consejo. Te apuntaste al Club Lacrimógeno para el Desarme Moral. Y te hiciste socio supernumerario de Gilipollas Sin Fronteras. Y al principio estuviste orgulloso de tu comportamiento solidario.

Cuando te diste cuenta de que la multicultura era el nombre que tus amos daban a la aniquilación y a la decadencia, ya era demasiado tarde.

Te enseñaron a avergonzarte de tu Historia. Y te pareció de buen tono admirar a naciones ajenas, tan modernas y avanzadas. Y en las tertulias pasabas por erudito al deplorar el atraso secular de tu Patria. Y los mediocres te aplaudían. Y a ti te gustaba. Al principio.

Cuando te diste cuenta de que tus amos sólo pretendían convertirte en un traidor útil para sus fines, ya era demasiado tarde.

Te convencieron de que algunas regiones, por el hecho de hablar un dialecto propio o de que sus labriegos vistiesen de un modo distinto a los labriegos de otras comarcas, tenían derecho a abandonar el proyecto común por el que lucharon tus ancestros.

Y, aunque en el fondo sabías que era escupir sobre la tumba de tus padres, no moviste un dedo para impedir la disolvente insolencia aldeana.

Cuando te diste cuenta de que tu omisión era complicidad criminal, ya era demasiado tarde.

Te dijeron que lo civilizado y democrático era ser pacifista. Y te pareció un buen consejo. Enseñaste a tus hijos a horrorizarse ante la violencia sin tener en cuenta la justicia o injusticia de la misma. Les educaste ajenos a cualquier concepto de honor y los convertiste en unos pusilánimes afeminados.

Cuando los invasores que acogiste degollaron a tus hijos en el nombre de profetas sicópatas y remotos, te diste cuenta de que el pacifismo que tus amos te inculcaron no era más que debilidad y cobardía para dominarte. Pero ya era demasiado tarde.

Ahora, cuando tus amos te repiten machaconamente que eres libre mientras te explotan con salarios de miseria y te engañan con sus burdas tramoyas electorales para perpetuar tu esclavitud, te das cuenta de que ya es demasiado tarde.

En otras circunstancias, te ofrecería un puesto de combate al lado de los proscritos que no comulgamos con las hebraicas ruedas de molino de tus amos, pero me temo que hace mucho tiempo que asumiste tu resignación de esclavo feliz y ya es demasiado tarde para que cambies.

Así que, ahora, te jodes.

J.L. Antonaya

 

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