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¿REGENERACIÓN?

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Esta semana se han cumplido años del penúltimo presidente de gobierno asesinado en España, Eduardo Dato.

Podríamos recrearnos, como ha hecho toda la prensa, en relatar desde anécdotas -tales como que el policía que debía informar de la llegada del presidente a su domicilio hizo la llamada reglamentaria: “sin novedad”, mientras el cadaver ya se encontraba en la sala de autopsias-, hasta entrar en los detalles más precisos de la conspiración.
Pero esta parte -ampliamente documentada y conocida- no es la que nos llama a reflexión hoy en EC. En este caso concreto queremos poner el acento en el profundo cambio que, en menos de un siglo, ha experimentado la juventud española entre aquella sociedad que vió morir a Dato y la sociedad actual, felizmente esclava de un móvil.

Lo primero que llama la atención de la instantánea del atentado es la concentración de los disparos… los tiradores no eran mancos. Una Indian con sidecar, tres ocupantes; en el momento preciso en que el coche del presidente afloja la marcha para hacer un giro, el paquete con una pistola ametralladora Mauser del 7’65 y el del cuco con dos Star del 9 -una en cada mano- dejaron frío al hombre que hasta aquel instante dirigía los destinos de la nación.

Aparte del buen gusto para elegir vehículo y herramienta, cabe destacar por encima de cualquier otra circustancia que los tres miembros del comando anarquista que se cargó a todo un presidente de gobierno, eran tres muchachos que apenas sobrepasaban los 20 años.
Los tres, militantes de la FAI, habían salido voluntarios para encargarse del responsable último de la enorme sangría que estaban sufriendo los anarcosindicalistas como consecuencia de la Ley de fugas y del pistolerismo de la Patronal.
Y ello, a pesar de que Dato había puesto en marcha novedosas medidas de protección social, tales como la ley de accidentes de trabajo y la regulación del trabajo femenino e infantil. Leyes que -digan lo que digan los biógrafos del presidente asesinado- posiblemente jamás hubieran visto la luz sin el descomunal empuje social que estaban protagonizando los sindicalistas anarquistas. Literalmente el movimiento obrero estaba cambiando las estructuras laborales del país… a sangre y fuego.

Como curiosidad, añadir que Eduardo Dato era el cuarto presidente de gobierno asesinado en España en poco menos de 50 años. Prim, Cánovas y Canalejas lo precedieron, y Carrero en los albores de la transición completa el repoker de magnicidios, superando por ejemplo a EEUU cuya lista se queda en 4 (Lincoln, Garfield, McKinley y Kennedy).
No solamente los primeros ministros eran el objeto de deseo de los anarquistas, el mismo rey Alfonso XIII se quedó a un par de metros de abandonar para siempre caza y polo -sus actividades predilectas- .

Conciencia de clase y una juventud arrolladora, generosa y entregada, tales eran las señas de identidad de aquellas generaciones.
Apenas 10 años despues, aquellas juventudes se enfentarían en una lucha fraticida, inevitable, por imponer sus ideales y su modelo de sociedad. Pero esa es otra historia.

Los iconos juveniles actuales responden a nombres como Gangsta, Auronplay, Vegetta 777, Tiparracosa o Aretha la galleta, son youtubers o instagramers, cuentan sus adoradores por millones -sí, millones-, sus temas son la moda, el sexo, los videojuegos o la música; crean tendencia, se comunican virtualmente y apenas si se relacionan fuera de la Red, ni cambian impresiones o debaten sobre cualquier asunto de interés fuera del que les ocupa, sencillamente porque no tienen interés por nada que no sea su “yo” . Y por supuesto, ni la política ni la sociedad, ni su propia familia o patria les interesa lo más mínimo.

Apatía, egoísmo y nihilismo son las señas generacionales de la sociedad que se nos viene encima.
Eso sí, “peace & love”, brothers; paz y amor… y los amos tan felices.

Soy consciente de que este artículo será ampliamente criticado por las personas “normales”, aquellas educadas en que la violencia no es el camino. No espero menos de una sociedad adocenada, flácida, dócil, amaestrada y terriblemente mansa, que se limita a balar, cómo en la novela de Thomas Harrys, mientras camina docilmente al matadero.

Pero… me la pela.

LARREA   MAR/2017

 

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