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DERECHOS Y LIBERTADES. LA MENTIRA PROPAGANDÍSTICA DEL FASCISMO TIRÁNICO

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AUTOCRÍTICA PARA SALIR FUERA DE LA CAVERNA

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Un militante veterano y leal, con mucha mili a las espaldas y con un raro espíritu de autocrítica, se lamentaba así en la intimidad de una conversación entre camaradas: “Cada vez tengo más claro lo lejos que estamos de la sociedad. Y no es solo cuestión de estrategias. La caverna es, por derecho propio, nuestro sitio y lugar.”

Se podrá decir, y no le faltará razón a quien así piense, que hemos sido arrinconados a la fuerza, que han sido los poderes fácticos quienes nos han arrumbado en la marginalidad política, social y cultural. Es verdad. Pero no es toda la verdad.

También nosotros hemos contribuído a este estado de marginación.

Entre los aspectos concretos en los que creo que nuestra lejanía de la sociedad se debe más a nuestra propia torpeza que a la permanente campaña de acoso y derribo de nuestros enemigos, se encuentra uno al que quiero hacer referencia de modo telegráfico.

La primera torpeza intelectual -y política- que personalmente advierto, estriba en haber adoptado una actitud de rechazo sistemático y absoluto por todo aquello que este régimen ha adoptado como propio, sin discriminación ni discernimiento alguno.

Condicionados, a modo de acto reflejo, por nuestra propia peripecia histórica, nos hemos posicionado muchas veces en el rechazo absurdo, ilógico, hacia algunas realidades que, en principio, no tienen por qué ser contradictorias con nuestra visión de la sociedad.

Pensemos por ejemplo, en la Constitución del 78. En lo tocante a la Carta Magna de 1978, la visión de la militancia, de todas las obediencias y filiaciones, es unánime: en la Constitución se encuentran, desarrollados o en potencia, todos los males que sufre actualmente la Nación. Servidor también opina así. Y sin embargo, la Constitución proclama algunos derechos con los que ningún español, ni ningún europeo, ni nadie que se considere “resto fiel” de lo que constituyó la llamada Civilización Occidental, debería estar en desacuerdo.

¿Quién, en su sano juicio, puede estar en contra de todo ese catálogo de “derechos y libertades” que contiene la Constitución? La libertad, la justicia, la indisoluble unidad de la nación, el sometimiento de los poderes públicos a la ley, la seguridad jurídica, la dignidad de la persona, la inviolabilidad de sus derechos, el derecho a la vida y a la integridad física y moral, el derecho a la libertad, incluyendo la libertad de pensamiento, ideología y opinión, el derecho de reunión pacífica y sin armas, el derecho de asociación, el derecho a participar en la vida pública, el derecho a la tutela judicial, el derecho a la propiedad privada, todos los derechos de contenido social y económico, las garantías de los derechos y libertades fundamentales… ¿Acaso todos estos derechos nos son ajenos?

¿Que la realidad es que muchos de esos derechos son, en la práctica, papel mojado? Cierto. ¿Que en muchas ocasiones no son más que el envoltorio de un estado de cosas opresivo, realmente antagónico a tan hermosas declaraciones de principios? También cierto. ¿Que ese repertorio de derechos y libertades no hace buena ni convalida la Constitución? Desde luego ¿Y qué? Hagamos nuestros esos derechos y esas libertades. Siempre lo fueron. Repasemos a nuestros fundadores. Releamos sus obras, la vieja doctrina. Todos estos derechos están ahí, en muchos casos, sobreentendidos; en otros casos, directamente formulados como objetivos políticos irrenunciables. Rescatemos esos elementos ideológicos; arrebatémoslos de manos de quienes los pisotean y los adulteran.

Tal vez sea hora de abandonar la antipática pose de enemistad hacia todo eso. ¿Palabrería liberal? Sí, cuando tales derechos y principios los manejan los demócratas y los liberales. Bajo nuestras banderas, podrían recuperar su luz y su brillo.

Esta tarea de reposicionamiento con respecto a algunos aspectos de la realidad actual no debería ser ejecutada con espíritu de entreguismo, como una rendición ideológica. Porque no lo es. Nuestra doctrina es inmensamente rica, compleja. La propaganda del sistema ha llegado, casi, a convencernos de que realmente los camaradas de la primera hora tenían rabo y cuernos y echaban fuego por la boca. No fue históricamente así.

En paralelo, parece necesario rescatar del olvido algunos de nuestros basamentos ideológicos fundacionales, de los que de forma vergonzante no se habla. Y aquí sí que habría que hacer, no sólo trabajos de demolición de la estructura constitucional del 78, sino propuestas concretas, imaginativas, novedosas, de reorganización política.

Hablemos nuevamente, sin tapujos, por ejemplo, de la supresión de los partidos políticos. Los partidos políticos, en la teoría del régimen, son el cauce de participación de los ciudadanos en la vida política. Pero la realidad es que son estructuras de poder que se comportan como mafias, bandas organizadas de delincuentes, correas de transmisión de poderes económicos transnacionales. Habrá que idear otro sistema, sin partidos. Habrá que tener la valentía de hablar claro a los españoles sobre este asunto, y proponer alternativas.

Así, redefiniendo posiciones, mirando a las nuevas realidades con objetividad y sin prejuicios –“nosotros no recatamos ninguna verdad”, dijo José Antonio, al afirmar que el nacimiento del socialismo fue justo- nos acercaremos a la sociedad. Con la autocrítica, con el pensamiento, y con las verdades incómodas.

Francisco Artero

 

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