EL TRIUNFO DE LA NEOLENGUA

La profecía de Orwell hace tiempo que dejó de ser una distopía vagamente ominosa para ser una realidad palpable en su aberrante cotidianeidad.

El lenguaje políticamente correcto, esa Neolengua inventada por el marxismo cultural, se ha convertido en un dogma omnipresente. Y es algo mucho más poderoso de lo que a primera vista pudiera parecer. En su ridícula y cursi compilación de eufemismos y redundancias, la dogmática y artificiosa jerga esconde la más eficaz herramienta de control social.

El lenguaje determina nuestra forma de pensar. Esto lo saben bien los laboratorios y sanedrines del NOM.

Y al final, gracias al machaconeo cansino de los Mass Mierda, por fin han conseguido que se haya extendido más allá del ámbito de los políticos profesionales y sus palmeros, paniaguados y corifeos.

Ya no son solamente los concejales analfacursis, los ociosos cocougeteros o las putichonis de la telebasura las que llaman, por ejemplo, subsaharianos a los negros, radicales a los energúmenos de la extrema izquierda, islamófobos a los que nos oponemos a la invasión musulmana o aberchales a los asesinos separatistas. Ya el lenguaje más canónicamente progre es empleado con soltura por amas de casa, jubilados, obreros sin cualificar o dependientes de sex shop.

Hace poco, un tipejo presuntamente próximo a posiciones ideológicas “afines” a las que inspiran este boletín, pretendía insultarme llamándome “islamófobo”. El pobre hombre asumía así como propio el lenguaje del que debería ser su enemigo ideológico. Cuando hasta los más lerdos usan así la Neolengua es que la deformada visión de la realidad impuesta por la Inquisición progre ha calado en la sociedad como una anestesia mental que la gregariza, envilece y corrompe hasta extremos nunca vistos hasta ahora.

Si queremos cambiar las cosas, la primera batalla que debemos ganar es la del lenguaje. En estos momentos de confusión programada, alienación moral y decadencia cultural, llamar pan al pan y vino al vino empieza a ser un peligroso acto revolucionario.

J. L. Antonaya

 

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