LEVIATÁN

Hace unos días comentaba junto a un grupo de amigos hasta qué punto los modernos medios de transmisión de datos, de los cuales nos valemos a diario para comunicarnos, entretenernos, informarnos, etc., Continuar >>

OTRO CRIMEN DE LOS BUENOS EN PAPEL

Ya os comentamos en un artículo el año pasado que pronto serían públicos -este año prescribe el “secreto”- los Archivos Secretos de aquella vergüenza llamada Los Juicios de Nüremberg. Como suele ser Continuar >>

LAS PAJAS EN EL OJO AJENO

Han tardado poco, pero que muy poquito, los pijo-comunistas, en adjudicarse la propiedad del orbe. Las grandes capitales de España, en las que gobiernan desde hace dos años -recordémoslo, sin haberlas ganado Continuar >>

LA TAUROMAQUIA Y LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS

  A mi no me gusta la tauromaquia. Si me gusta y mucho su idioma. Hay expresiones que gracias al idioma y la cultura taurina, definen mejor que nadie la realidad del Continuar >>

¡FELIZ DIES NATALIS SOLIS INVICTI!

¡Feliz Solsticio! Honra a tus dioses. Celebra la adversidad. Festeja los lazos de sangre y suelo. Únete en camaradería. Muere y renace un año más. Honra al Sol. ¡Salve et Victoria! A. Continuar >>

A RAHOLA LE PLANTAN UN PINO

No quisiera que algún lector confundiera el titular de este pequeño comentario, con esa soez expresión de “plantar un pino” y pensara que estoy haciendo apología para que defequen sobre la independentista Continuar >>

LIBERALISMO, EL PRINCIPAL ENEMIGO

Simultáneamente, asistimos al final de los Estados-nación en beneficio de las comunidades y de los continentes, al final de las organizaciones de masa en beneficio de las redes, al final del modelo Continuar >>

 

LA VUELTA DE LOS VENCIDOS

ceni2

Por la estepa solitaria, cual fantasmas vagarosos,

abatidos, vacilantes, cabizbajos, andrajosos,

se encaminan lentamente los vencidos a su hogar,

y al mirar la antigua torre de la ermita de su aldea,

a la luz opalescente que en los cielos alborea,

van el paso retardando, temerosos de llegar.

Son los hijos de los héroes que, en los brazos de la gloria,

tremolando entre sus filas el pendón de la victoria,

regresaron otras veces coronados de laurel.

Son los hijos, la esperanza de esa raza poderosa

que, los campos fecundando con su sangre valerosa,

arrastraba siempre el triunfo amarrado a su corcel.

Son los mismos que partieron entre vivas y clamores,

son los mismos que exclamaron: ¡Volveremos vencedores!…

Son los mismos que juraban al contrario derrotar,

son los mismos, son los mismos, sus caballos sudorosos

son los potros impacientes que piafaban ardorosos

de los parches y clarines al estruendo militar.

Han sufrido estos soldados los horrores de la guerra,

el alud en la llanura y las nieves en la sierra,

el ardor del rojo día, de las noches la traición;

del combate sanguinario el disparo, la lanzada

—el acero congelado y la bala caldeada—

y el empuje del caballo y el aliento del cañón.

Pero más que esos dolores sienten hoy su triste suerte,

y recuerdan envidiosos el destino del que muerte

encontró en lejanas tierras. Es mejor, mejor morir,

que volver a los hogares con las frentes abatidas,

sin espadas, sin banderas y ocultando las heridas,

las heridas que en la espalda recibieron al huir.

A lo lejos el poblado ya percibe su mirada:

¿Qué dirá la pobre madre? Qué dirá la enamorada

que soñaba entre sus brazos estrecharle vencedor?

¿Qué dirá el anciano padre, el glorioso veterano,

vencedor en cien combates? ¿Y el amigo? ¿Y el hermano?

¡Callarán avergonzados, si no mueren de dolor!…

Y después, cuando a la lumbre se refiera aquella historia

del soldado, que al contrario disputando la victoria,

en los campos de batalla noble muerte recibió;

y los viejos sus hazañas cuenten luego, entusiasmados,

se dirán los pobres hijos del vencido, avergonzados:

¡Los valientes sucumbieron y mi padre regresó!…

Tales cosas van pensando los vencidos pesarosos,

que, abatidos, vacilantes, cabizbajos y andrajosos,

caminando lentamente, se dirigen a su hogar;

y al mirar la antigua torre de la ermita de su aldea,

a la luz opalescente que en los cielos albores

van el paso retardando, temerosos de llegar.

 

Luis de Oteyza (1882-1960)

ceni2