LEVIATÁN

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OTRO CRIMEN DE LOS BUENOS EN PAPEL

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LAS PAJAS EN EL OJO AJENO

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LA TAUROMAQUIA Y LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS

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¡FELIZ DIES NATALIS SOLIS INVICTI!

¡Feliz Solsticio! Honra a tus dioses. Celebra la adversidad. Festeja los lazos de sangre y suelo. Únete en camaradería. Muere y renace un año más. Honra al Sol. ¡Salve et Victoria! A. Continuar >>

A RAHOLA LE PLANTAN UN PINO

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LIBERALISMO, EL PRINCIPAL ENEMIGO

Simultáneamente, asistimos al final de los Estados-nación en beneficio de las comunidades y de los continentes, al final de las organizaciones de masa en beneficio de las redes, al final del modelo Continuar >>

 

LA CULPA LA TIENE FRANCO

ARTERO

La culpa la tiene Su Excelencia. De que lo vayan a desenterrar de donde está. La culpa la tiene usted y solo usted. Si ya lo decían los demócratas en la Transición, que la culpa de todo la tenía Franco. Pues en este caso es indiscutible, no me lo podrá usted negar.

¿Quién le mandaba a usted pedirle a Alfonso XIII que fuera el padrino de su boda? Ahí quedó usted en deuda con los Borbones per secula seculorum. Mala decisión, Excelencia. Así que después se vio usted en el compromiso de acoger al retoño de la familia, el joven Juan Carlos, ¡qué remedio! Y luego, proclamarlo heredero a la Corona, aún lo recordamos, ¡qué bien juró el Príncipe todo lo que tenía que jurar!: lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás leyes Fundamentales del Reino. Lo que hiciera falta. Otro error, Excelencia, entregar la Corona a la descendencia de Fernando VII. No se le ocurre ni al que asó la manteca. El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, pero parece mentira, con lo listo y pillo que usted fue siempre, tropezar, trastabillar y caerse encima de un Borbón dos y tres veces en la vida. Mire Su Excelencia que es difícil; ni hecho aposta.

Tanto amor por los Borbones… pues con razón don Juan Carlos ordenó enterrarle a usted en el Valle de los Caídos cuando Su Excelencia rindió su vida ante el Altísimo y compareció ante su inapelable juicio –ya ve que nos acordamos al pie de la letra de su testamento político, y me permito recordarle que en dicho testamento nos pedía Su Excelencia., ¡vaya manía!, que rodeáramos al futuro Rey de España, don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a Su Excelencia le habíamos brindado, etcétera, etcétera, que ya es vicio lo de Su Excelencia con lo de la familia de las lises-.

Y ahora, ¿qué sucede? El Infante don Felipe, recordará Su Excelencia, aquel niño tan rubio a cuyo bautizo asistieron usted y doña Carmen, en grata compañía de la Reina Victoria Eugenia, madrina del neófito, viuda del difunto don Alfonso XIII, su padrino de bodas; de Don Juan Borbón -ahora, según dicen en el ABC, Juan III, aunque usted no se enteró de que, al parecer, fue Rey-; en fin, Borbones por doquier, y el único que, a la sazón, no era Borbón, era el arzobispo Morcillo, que ofició el sacramento, y no sería por falta de ganas. Pues el Infante es ahora Rey, don Felipe VI. Reina pero no gobierna porque la Monarquía que Su Excelencia instituyó la dinamitaron sus Ministros (los suyos de usted, de Su Excelencia) para hacer “otra cosa”. Tiene de Presidente del Gobierno a un señor que se llama Rajoy y que es gallego, como usted, aunque no tiene los arrestos que tenía usted, éste es de otra pasta. Y resulta que a los dos, al Rey y al Presidente del Gobierno, según parece, no les incomoda que a Su Excelencia lo desentierren y se lo lleven a otro sitio. De hecho, han acordado en el Congreso el traslado de sus restos y estos dos señores no han dicho ni pío. No me pregunte Su Excelencia qué sitio será ese al que le van a llevar porque no lo sé y porque, además, recelo que en cualquier caso, no será sitio del gusto de Su Excelencia.

No se extrañe Su Excelencia. ¿Qué podía esperar usted de los Borbones? Si es que se lo decía todo el mundo, y usted, erre que erre. No nos ponga usted otra vez a los Borbones, Excelencia, por favor, que mire usted que de malas experiencias de reyes felones y reinas ligeras de cascos estamos ya escarmentados. Que luego meten la pata hasta el corvejón y salen cortando por Cartagena y aquí paz y después gloria y así nos las compongamos los españoles. Pues nada, Su Excelencia manda, que para eso es el Caudillo por la gracia de Dios. ¡Ea, Borbones otra vez! Pues ahí lo tiene. Ahora no se queje. Que se muda usted de residencia y me temo que no lo van a llevar al Pudridero de El Escorial que allí, ya se sabe, se está muy bien, pero, hoy por hoy, no se entra si no se apellida uno Borbón.

Nosotros nos seguimos acordando de usted, algunos con gratitud y cariño, otros con respeto, muchos con un odio y una saña inexplicables, pero ya sabe Su Excelencia cómo somos los españoles. Que se lo cuenten a usted, que tuvo que lidiar cuarenta años con el personal. Los que parece que no se acuerdan de Su Excelencia para nada son, naturalmente, los Borbones. ¿Que son unos ingratos? ¡Pues vaya descubrimiento, Excelencia!

Francisco Artero Montalván

ARTERO