(VÍDEO): MARCHA DE LAS ANTORCHAS 2016

MARCHA DE LAS ANTORCHAS 2016       Continuar >>

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EL LABERINTO DEL PROGRE

Cuando en los laboratorios de ingeniería social, escuelas de Frankfurt y demás sanedrines judeoprogres del NOM inventaron esa siniestra gilipollez del Lenguaje Políticamente Correcto, el pretexto que esgrimieron fue la necesidad de una forma de hablar que no ofendiera a las minorías.

Al principio, la cosa se limitó a la creación de una serie de eufemismos con los que la cursilería progre sustituye palabras que considera ofensivas o inapropiadas. Así, dejaron de existir los maricas para convertirse en “gays”; los negros desaparecieron y ya sólo hay afroamericanos y subsaharianos; los moros pasaron a ser magrebíes; las psicópatas histéricas empezaron a ser designadas como “feministas radicales” y así sucesivamente.
Estos eufemismos, al final, han conseguido un efecto contrario al que pretendían convirtiendo en vergonzantes los conceptos que anteriormente eran utilizados con normalidad.

Se ha transmitido la idea de que si un término necesita ser maquillado o disfrazado con la envoltura pacata del eufemismo es porque encierra una realidad vergonzosa. Y es que el progre, tras su careta buenista y chupiguay esconde un inquisidor judeocalvinista que, en el fondo, considera que ser marica, negro o moro es pertenecer a una colectividad que, por inferior, necesita ser sobreprotegida.

En todos los mantras del nuevo marxismo cultural subyace esta idea.
El odio a la civilización europea, por ejemplo, y las diversas leyendas negras sobre el colonialismo esconden un complejo de culpa. El progre europeo, afeminado y gregarizado por la propaganda políticamente correcta, se siente culpable por el hecho de que sus ancestros extendieran la civilización por el orbe y tiene una necesidad compulsiva y patológica de pedir perdón al resto de razas y pueblos.
La forma que tiene de materializar este odio enfermizo y endófobo es fomentando la invasión de nuestro continente por pueblos extraeuropeos y contribuyendo al genocidio de la raza blanca mediante el mestizaje y el multiculturalismo.

Con respecto a los maricas, le ocurre otro tanto. Pese a sus declaraciones de intenciones, sigue viendo a los homosexuales como seres aberrantes. Como este pensamiento le atormenta, los victimiza y los dota de privilegios y prebendas exageradas. Cada vez más administraciones públicas, independientemente de su etiqueta partidista, obsequian a travestis y similares con transporte público gratis y declaran sus generosamente subvencionadas bacanales y juergas como fiestas de interés cultural.
Una de las estrategias más potentes del marxismo cultural es el fomento de la homosexualidad como modelo ideal de convivencia. Ser homosexual ha dejado de ser una cuestión privada para convertirse en una conducta premiada y aplaudida.
Las variedades más aberrantes y degeneradas de filias sexuales son equiparadas a la familia en derechos y consideración. A las personas de tendencias y gustos normales se las llama “heteros” con un cierto deje de reproche.

Con los musulmanes ocurre algo parecido. El progre europeo se siente avergonzado de pertenecer a una cultura que, durante siglos, ha resistido el asedio islámico. El progre español, subgénero especialmente envilecido del anterior, como descendiente de un pueblo que forjó en gran medida su identidad por su resistencia de siglos al invasor musulmán, siente esa necesidad de congraciarse con la morisma como una urgencia.
Desde las mismas administraciones en las que los políticos de cualquier ralea democrática desprecian y ningunean nuestras creencias tradicionales, se hacen grandes aspavientos y concesiones frente a las cada vez más insolentes exigencias islámicas. No hay politicastro que se precie que no felicite a los moros por sus ramadanes y fiestas del borrego. Ninguno de ellos felicita a los españoles la Navidad o la Semana Santa.
Se han llegado a cambiar escudos históricos que celebraban alguna victoria sobre los invasores para no ofender la delicada sensibilidad musulmana. Incluso algún equipo de fútbol ha eliminado la cruz de su emblema.
Como era de esperar, los millones de musulmanes afincados en suelo europeo y fanatizados en su mayoría por las soflamas de sus subvencionadas mezquitas, no ven estas concesiones humillantes como intentos de amistosa convivencia, sino como muestras de debilidad.

Y es que la táctica progre de utilizar la inmigración como forma de socavar la cultura europea convirtiendo la sociedad en una amalgama de mestizos consumistas, ha fallado con los musulmanes.
A diferencia de otros colectivos extranjeros, el musulmán no viene con mentalidad de inmigrante sino de conquistador. El moro que viene a España no está dispuesto a adaptarse a las costumbres del país que le acoge, sino que se siente con derecho a cambiarlas y a imponernos las suyas.

Y ahí es donde ha fallado la estrategia del marxismo cultural. Cuando la morisma haya conseguido imponernos sus niqab, sus chilabas y sus festividades, no sólo erradicará las viejas tradiciones europeas, sino que proscribirá también las aberraciones de la progresía.
La Sharía o ley islámica no creo que vea demasiado bien los aquelarres y cabalgatas del “Orgullo Gay” o las soflamas histéricas de chillonas feministas de tetas pintarrajeadas.

J. L. Antonaya

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