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LA IMAGINACIÓN CREADORA (II) – JACQUES DE MAHIEU

MAH

La especialización imaginativa

Hemos empleado hasta aquí la palabra imagen en el sentido general que es el suyo.

¿Es decir que el artista construye en sí mismo sistemas de imágenes cualesquiera?

Sabemos por experiencia que existe en nosotros el predominio de un tipo de imagen determinado, como una predisposición de nuestro espíritu a acogerlo con preferencia.

El hecho nos es particularmente sensible cuando consideramos el juego de nuestra memoria: registra más fácilmente a veces las imágenes visuales, a veces las imágenes auditivas u otras todavía.

Tal especialización imaginativa, embrionaria aunque manifiesta en cada uno de nosotros, está extendida al extremo en el artista que hace de ella un elemento esencial de su poder creador.

No solamente el pintor capta con preferencia los colores del objeto, sino que traspone también, en alguna medida, en colores todas las imágenes de las cuales teje su pensamiento.

No solamente el músico admite más fácilmente los sonidos que cualquier otra imagen, sino que transforma en sonidos todo el conjunto de su vida interior.

No transcribe su pensamiento en música cuando lo expresa: lo piensa en música.

Tocamos aquí uno de los factores más importantes y peor entendidos de la creación artística.

Sin embargo, no decimos que transcribimos, cuando habla¬mos, nuestro pensamiento en palabras.

Sabemos perfectamente que las palabras son las imágenes de nuestro mismo pensamiento.
Así para el artista.

Si el escritor y, en una relativa pe¬ro esencial medida, el poeta piensan como cada uno de nosotros con palabras, el músico piensa del mismo modo pero con sonidos, el pintor con colores, el escultor con relieves.

Y ¿no es también un pensamiento, aunque menos exclusivo, la meditación olfativa del catador de grandes vinos?

La actividad creadora del artista se concentra no en la elaboración de complejos de imágenes cualesquiera, sino de las que permitirán la obra de ar¬te que acabará su pensamiento.

Se adapta a su fin con una intensidad unificadora tal que el hombre de la calle será tentado a confundir en los casos extremos, la unidad del modo de pensamiento con la idea fija, el genio con el loco.

 

La imaginación intelectual

Debe quedar bien entendido que la especialización imaginativa no es absoluta y que el predominio de un tipo determinado de imagen no excluye jamás totalmente las otras.

Y no pensamos sino en las que provienen más o menos directamente de la actividad de nuestros sentidos.

Hay otras que proceden del mismo flujo de nuestra vida interior, tales nuestras imágenes emocionales, y que son coexistentes a todo complejo imaginativo.

Así también nuestras imágenes intelectuales.

No queremos hablar de las imágenes que representan ideas, es decir de las palabras, sino de las que se relacionan con el orden de la composición imaginativa y que, por ser más difícilmente concebibles, existen sin embargo y son, por naturaleza, inseparables, aunque distintas, de las imágenes que unen: inseparables ya que sin ellas nuestra memoria nos traería solamente imágenes “puras” que ignora nuestra experiencia, distintas ya que nos es posible transferir dicho orden a imágenes nuevas.

Toda composición artística está hecha, en el espíritu de su creador primero, y después en .la materia, de relaciones ¡conocidas cuya sola combinación es inventada.

Para tomar ejemplos sencillos, el ángulo recto y [a cadencia de cuatro tiempos que el arquitecto y el músico aplican a las imágenes – materia de sus creaciones – son imágenes intelectuales, productos de experiencias anteriores que utiliza el artista en el marco de su intención esencial para concebir y ejecutar la armonía de su obra.

Dichas imágenes que expresan relaciones no son evidentemente susceptibles de modificaciones, sino en su intensidad.

Constituyen el elemento estable que da su rigor racional a nuestra imaginación.

 

La fantasía

Este rigor es relativo, ya que estamos a menudo tentados a distinguir de la realidad los complejos imaginativos por su ilogismo o, más exactamente, por su fantasía.

Es un hecho que nuestra imaginación se permite libertades que ignora el mundo de la materia y que no se sujeta necesariamente a las normas de lo posible.

El hada de los cuentos de Perrault y el ojo que Picasso coloca en lugar de un ombligo suponen indudablemente fantasía en algunas de sus relaciones esenciales, aún cuando otras de las imágenes intelectuales que los componen son satisfactorias para la razón.

Algunas de dichas relaciones no están donde se las esperaba y el orden general del ser imaginario no corresponde a la lógica de los hechos o del pensamiento.
Notemos inmediatamente que la naturaleza creadora no ignora la fantasía.

Pero sólo la tolera a título de excepción mientras que constituye una norma fundamental de la imaginación.

La obra de arte conformista es pesada o trivial porque está desprovista de fantasía que le traiga este factor inesperado que obliga el espíritu del contemplador al esfuerzo de asimilación que hemos reconocido como el fundamento de la afirmación estética (31).

La fantasía nos permite escapar del mundo en el cual vivimos, apartar por lo menos sus límites y ampliar así el dominio de nuestra vida interior.

Es incoherencia respecto a lo real sensible, como el sueño, pero al contrario del sueño incoherencia sometida a la finalidad de nuestro ser cuyo menester de evasión expresa.

No encuentra, pues, sus límites en el mundo sino en nosotros.

Su criterio no es lo posible -ni lo verosímil que lo expresa en nuestro pensamiento- sino lo concebible.

La fantasía es la franja de irreal relativa a nosotros mismos que reclama o tolera nuestra personalidad y en cuya exageración descubrimos lo ridículo y lo grotesco.

Es por consiguiente estrictamente subjetiva y vale lo que vale el ser que se proyecta, gracias a ella, no fuera de sus límites, lo que no tendría sentido, sino fuera de su pensamiento racional propiamente dicho.

Una imaginación sin fantasía se limitaría necesariamente a una repetición monótona de encadenamientos conocidos de imágenes y perdería así lo esencial de su poder de creación.

 

La imaginación y la obra de arte

Pero el artista no se contenta con crear en su espíritu sistemas de imágenes en los cuales su fantasía sea libre de manifestarse.

Materializa su construcción imaginaria y debe por consiguiente tener en cuenta la resistencia que le ofrecen, en una medida variable, las palabras, los sonidos. el mármol.

Su fantasía creadora encuentra aquí sus límites objetivos.

El escultor puede imaginar un ángel de piedra suspendido en el aire: no podrá realizarlo.

El arquitecto puede dedicarse por otra parte a la pintura surrealista: no le será posible construir un edificio a medida de su subconsciente.

La creación de la obra de arte exige una armenia esencial entre el complejo imaginario que le da existencia y la materia que lo acoge y en la cual se fija la intención profunda del artista.

El creador debe adaptar sus imágenes al orden preexistente de la materia que modela o va a modelar sin poder transformar su naturaleza esencial.

La imaginación exuberante, desordenada, la fantasía abusiva fracasan lamentablemente sobre el escollo de este real sensible al cual el simbolismo más estudiado es incapaz de incorporarlo.

 

FILOSOFIA DE LA ESTETICA (Jacques de Mahieu)

 

MAH