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CÓMO APRESAR UNA FRAGATA ENEMIGA A PEDRADAS

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Homenaje a Ignacio Echeverría, el Héroe del Monopatín

«DE OTRAS VICTORIAS, que consiguieron los de Lorca contra los enemigos de España, con el auxilio de la Madre de Dios.

No fue menos famoso y celebrado el milagroso suceso que los devotos lorquinos de esta Soberana Princesa, consiguieron contra los argelinos el día 26 de junio del año de 1716, en los mares de Lorca. Dejóse ver dicho día en el mar de Cope, en donde esta Ciudad tiene las pesqueras de sus almadrabas, una fragata, que aunque en la apariencia, daba a entender ser de cristianos, por la bandera, que manifestaba de España, y ser poca la gente que tenía, era en la realidad una de las más famosas fragatas que infestaban nuestras costas. Venía armada de seis pedreros y treinta y cuatro turcos, todos bien armados, y por arráez o capitán traían un turco de gigantesca estatura, y tan práctico y afortunado en el corso, que de ordinario entraba en Argel las más interesadas presas.

Hallábanse en esta ocasión, con motivo de diversión, en la almadraba el Corregidor de Lorca, que lo era un famoso caballero llamado don Francisco de Haro y Agüero, don Juan Felipe de Guevara, con otros sujetos conocidos de Lorca, don Juan Bautista Antón, natural de Alicante y vecino de Cartagena, y don Pedro Callejas, estos dos muy prácticos en la marinería. Formóse cuestión si la dicha fragata sería, o no, de moros, según su forma y disposición, y aunque con alguna duda, prevaleció el sentir de los que, como prácticos, afirmaron ser de argelinos.

Determinados a reconocerla, se embarcaron en dos barcos pequeños, en los que por ser pocas las armas (reduciánse estas a algunas pistolas, dos chafarotes, y una escopeta larga, que llevaba un cazador de Lorca, llamado Ginés López Barnés), echaron una buena provisión de guijarros, que sirvieron juntamente de lastre, en los suelos de los barcos. Estos con pocos remos zarparon hacia la fragata, la que con poco movimiento, manifestándose pesada, continuaba con la bandera española, sin dejarse ver en ella más que dos o tres marineros. Así se mantuvo, hasta que viendo a los barcos en proporcionada distancia de la tierra, en tiempo brevísimo se movió cortándoles la retirada, y quitando la bandera en que llevaban las armas de España, pusieron en su lugar la argelina, viéndose toda la fragata coronada y guarnecida de muchos y bien armados moros.

El Corregidor, aunque no acostumbrado a semejantes casos, conoció el peligro, aunque no el evidente riesgo, en que estaban, como los prácticos, y pareciéndole ser acertado el retirarse, manifestó este ánimo a los inteligentes; mas estos, como tales, dijeron al Corregidor que en aquella tarde, o quedaban todos cautivos de los moros, o de sus tiros en la batalla muertos. Y que en vista del poder de aquella fragata, y en la postura que se hallaba, el medio más cierto y pronto de perderse, era el retirarse. Que no hallaban otro medio para redimirse del evidente peligro en que se veían, que era el Soberano auxilio de la Madre de Dios de las Huertas, cuya imagen tenían a la villa en la ermita, que está al pie de la Torre de Cope, en el lienzo principal del altar, como Patrona, y protectora de aquellas pesqueras, y cuyo nombre santísimo tomaron, al tiempo de embarcarse. Invocando pues, el nombre de esta gran Señora, y ofreciendo visitarla en su Santo Templo, se determinaron a la batalla.

La fragata se halló luego sobre los barcos de los cristianos, y conociendo el moro les tenía ya, en su dictamen, rendidos, sin dispararle los pedreros, por no perderles muertos, les dijeron se entregasen, pues no podían huir del cautiverio, o de la muerte. Cómo no, respondieron animosos los cristianos; date perro moro a los cristianos, si no quieres morir en la batalla. El arráez volvió a replicar para que los cristianos se rindiesen, y ellos con nuevo esfuerzo decían a los moros se entregasen. Mandó el moro disparar sus pedreros, y los dos inteligentes náuticos don Juan Bautista Antón, y Callejas, que con mucha espera observaban los movimientos del moro, recibieron esta descarga con tal arte, que no habiendo recibido daño, descargaron todos los que tenían escopetas contra los moros, aplicándose a las piedras los que se hallaban sin armas de fuego. Trabóse una batalla reñida entre moros y cristianos, haciendo estos la guerra divididos sus barcos, por los dos costados de la fragata. Los moros, viendo muertos a algunos de sus compañeros, y malheridos en las cabezas a muchos, de las pedradas de los cristianos, salían ya obligados del rigor de la batalla.

El cazador de Lorca, que empleaba bien sus tiros, viendo a un moro que iba a disparar un pedrero, le disparó su escopeta, dejándole muerto sobre el mismo tiro. Eran tantas las piedras que entraban en la fragata, y con tanto acierto tiradas, que apenas se hallaba moro que de ellas no estuviese herido. Era empeño casi temerario intentar abordar aquellos pocos cristianos a la fragata, haciendo esta empresa más difícil la presteza y valentía con que animaba a los demás el gigante moro; y viendo lo que importaba quitarlo de en medio, le apuntó el cazador su escopeta, y con sola una onza de plomo, que escupió su boca, dio con aquel coloso en el suelo. Quedó este malherido, y derramando mucha sangre, fue por los suyos retirado a puesto más seguro, y conociendo los cristianos ser tiempo de abordar a la fragata, se llegaron a ella, y haciendo escala de los barcos, abordaron con tanto valor, que aunque con la desgracia de una herida de muerte, que recibió don Pedro Callejas, en una muñeca, al poner la mano en el bordo para el asalto a la fragata, la tomaron con feliz efecto; y tomando Callejas la bandera argelina, y ciñéndola al brazo y muñeca, para impedir la salida de la sangre, continuó siguiéndole todo el resto de los cristianos, a cuyo valor cedieron todos los moros rendidos.

Los cristianos cantaron la victoria, y viniéndose con la presa de fragata y turcos bajo del cañón de la Torre, hallaron siete moros muertos en la batalla, y todo el resto de los enemigos, hasta treinta y siete, malheridos. Fue tal el destrozo que causaron con las piedras en los turcos, que apenas quedó alguno que en cabeza, cara y pechos no estuviere maltratado y herido, habiéndose verificado el que un mozo de mucho valor, que asiste de ordinario en la vecindad de Cope, llamado Felipón por su descomunal estatura, mató a un moro de una gran pedrada, que le dio en la cabeza. De los cristianos murieron dos, siendo muy sentida la muerte del valeroso Callejas, cuya herida de la muñeca le quitó, pasados algunos días, la vida. El arráez, o capitán, de los moros murió pasado algún tiempo, causando en Argel mucha lástima, por haber perdido uno de los piratas más célebres de su tiempo. El Corregidor ordenó que en su compañía, y demás sujetos que asistieron a la batalla, viniesen todos los moros que, por malheridos, fue preciso conducirlos en carruajes, con todos los demás despojos ganados en la batalla. Así llegaron, antes que a la Ciudad, al Convento de N. Señora de las Huertas, y entrando en su Santo Templo, los cristianos, quedándose fuera del atrio los moros, cantaron los Religiosos, en hacimiento de gracias, el Te Deum laudamus, no pudiendo contener las lágrimas de gozo, en vista de verse tan alegres, en la presencia de su Soberana Protectora, y libres de tan grave peligro.

Diose cuenta a Su Majestad de este suceso, que fue celebrado por valeroso y milagroso; pues se tuviera, entre los prácticos en la marinería, por temerario, a no discurrir piadosamente, que tuvieron soberano impulso para acometer; y como la Capitana de esta empresa fue la Princesa del Cielo, se le dio un turco, como joya, que debía sacar la primera; y siendo gajes suyos las dos ganadas banderas, se mandó por la ciudad se presentasen, con la mayor pompa, a esta Divina Señora, colocándolas en la mayor Capilla de la gran Reina de las Huertas, como trofeos de esta milagrosa victoria. Los demás moros fueron puestos en galera, para el servicio del Rey. Los vencedores, en señal de su gratitud, hicieron pintar una hermosa imagen de Nra. Sra. de las Huertas, y en el mismo lienzo, estaba batalla y victoria, colocándolo en la antigua Ermita de Cope, con una festiva función de soldadesca.»

Antiguedad y blasones de la ciudad de Lorca e historia de Santa María la Real de las Huertas (1741). Páginas 421 y 422.
AUTOR: Fray Pedro Morote Pérez-Chuecos
TRANSCRIPCIÓN: Francisco Artero Montalván

 

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