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ARCO IRIS, JUDÍOS Y OLLAS DE ORO

Los de mi generación – preLogse, preTelebasura- tenemos un primer recuerdo del arco iris asociado a un refrán: “Cuando llueve y hace sol, sale el arco del Señor. Cuando llueve y hace frío, sale el arco del judío”.

En aquellos días la corrección no era, como ahora, un severo catecismo de mandamientos eufemísticos, sino decir “por favor”, “gracias” y dejar pasar primero a las señoras. Nadie se escandalizaba al oír esta frase que, con antañonas resonancias a pueblo y a cristiano viejo, se recitaba al crío que manifestaba por primera vez su sorpresa ante el multicolor fenómeno atmosférico.

El arco iris pasaba a formar parte, junto a la matanza del cerdo y otras tradiciones, del acervo cultural con el que se conjuraban la usura y los abusos sufridos a manos de los que, hasta anteayer, la iglesia católica llamaba “pueblo deicida”.
El tráfico de esclavos cristianos capturados por el invasor musulmán, o el interés abusivo de los préstamos con los que combatir el hambre ante una mala cosecha, aún formaban parte de la memoria ancestral de un pueblo labriego que durante siglos había manejado con el mismo esfuerzo el arado y la espada.
Ese arco iris de nuestra infancia era un puente de luz entre nuestra generación y las de nuestros ancestros.

Más tarde, de mano de las películas americanas, nos enteramos de esa tradición anglosajona, reciclada a su vez de la cultura celta, que hablaba de que, al final del arco iris, hay una olla de oro llena de piedras preciosas. El arco iris dejaba de ser una protección de la divinidad frente a los demonios de la usura para convertirse en un sórdido proyecto mercantil.
Los colorines tornasolados pasaron a ser un símbolo de codicia. Ya no olían a Castilla y a cristiano viejo, sino a pirata-mercader calvinista y a Compañía de las Indias Occidentales.

Después, el arco iris empezó a estar omnipresente en toda suerte de juguetes, dibujos animados, carteles y eventos de lo más variopinto. La mascota de aquella apoteosis de la corrupción política y de la cursilería hortera que se llamó Expo92 era un pajarraco con una cresta arcoíris.
Se supone que aquella cumbre del mal gusto conmemoraba el quinto centenario del descubrimiento de América. El arco iris de la cresta del pájaro -símbolo de la estridencia y el buenismo multicultural- era pariente cercano del cansinamente omnipresente y subvencionado arco iris actual.

Los colorines chillones han pasado de representar la artificiosa, y chupiguay milonga multicultural, a presidir bacanales callejeras y felaciones públicas bendecidas por carmenas, cifuentes y demás alcahuetas multicolores.
Y es que la olla de oro de las subvenciones y prebendas sigue estando al final del arco iris.

Teniendo en cuenta la generosidad con la que los soros y los rothschild de la usurocracia mundial patrocinan las cabalgatas y orgías que convierten en macrourinarios las calles de Europa, empiezo a pensar que el viejo refrán de nuestra infancia estaba equivocado y precisa una corrección: “Con sol, con nieve o con frío, no hay más arco que el judío”.

J.L. Antonaya

 

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