LA “SECTA” DICE QUE ENTREVISTA A CUALQUIERA

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¿ALTERNATIVA POR ALEMANIA?

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NUESTRAS TELEVISIONES, EL “DERECHO A DECIDIR” Y LOS FUTBOLISTAS

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EL DOCTOR EN CASA. HOY: HIPOGONADISMO

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ÚLTIMAS NOTICIAS: HITLER, EL EVASOR DE IMPUESTOS

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EL GRAN GOLPE DE NIZA (I)

En julio de 1976, el ex boina roja Albert Spaggiari concibió un robo de película a la sede de la Societe Generalé en Niza. aprovechando la red de alcantarillado, su banda cavó un túnel y se hizo con 20 millones de dólares. la frase que Spaggiar dejó tras él –‘Ni armas, ni violencia y sin odio’–, ayudó a forjar la leyenda de un Robin Hood francés que era más diablo que santo.

Tendrá que averiguarlo usted mismo”, respondió el detenido cuando el juez le pidió que le descifrase aquella críptica nota de papel que le acababa de entregar. Llevaba varias semanas en prisión, a la espera de que se celebrase el juicio. No había dicho una sola palabra desde su detención. Y entonces, aquel día le dijo al director del centro penitenciario que estaba dispuesto a sentarse con el juez y a contar cómo lo había planeado todo. Así que lo esposaron y lo trasladaron al Palacio de Justicia. Y una vez ante el magistrado, empezó a desgranar algunos detalles de la operación, aunque la mayoría intrascendentes o ya conocidos.

Cuando el juez le pidió que fuese al grano, el detenido le entregó aquella hoja de papel. Con el abogado de oficio sentado en una silla ante la mesa escritorio y dos policías apostados en la puerta, el juez cruzaba la habitación de un lado a otro buscando posibles soluciones a aquellas enigmáticas líneas. Cansado, volvió a su sillón junto a una ventana, por la que se filtraba el sol del mediodía iluminando la sala, y anunció al detenido que su paciencia se había agotado. Quería respuestas y las quería ya. Aparentemente derrotado, el reo resopló, se puso en pie y avanzó hasta colocarse junto al juez para explicarle dónde estaba el secreto. Y estaba en la ventana que tenía a su espalda.

El gesto puro de la incredulidad. Seguramente sería eso lo que debieron reflejar los rostros del juez, del abogado y de los policías asomados a aquel ventanal hecho añicos del despacho. Ante ellos, alejándose de ‘paquete’ en una moto a toda velocidad, el prófugo Albert Spaggiari se volvía para hacerles un corte de mangas. Apenas unos segundos le había llevado abrir la ventana, saltar sobre un coche y subir a continuación a la moto en marcha que le estaba esperando. El hombre que había ideado, dirigido y ejecutado el mayor golpe a un banco jamás realizado protagonizaba ahora aquella huida tan simple, en apariencia, como efectiva. Nunca más volvería conocerse su paradero. La fuga perfecta tras un golpe perfecto.

Un veterano de la OAS.

Albert Spaggiari, Bert para sus compinches, había crecido en Hyères, donde su madre tenía una tienda de lencería. Poco aplicado en los estudios, a los 18 años se enroló en los boinas rojas, los paracaidistas coloniales de la Legión Extranjera, y fue a luchar a la guerra de Indochina. Algunos años después de su regreso, y habiendo demostrado ya su personalidad inquieta, ingresó en las filas de la organización terrorista OAS para luchar por la Argelia francesa. Según él mismo reconocería años después, habría que creer que Spaggiari había servido de inspiración a Frederick Forsyth para la creación de su legendario personaje de la novela Chacal, pues aseguraba haber tenido a De Gaulle en el punto de mira de su rifle en la primavera de 1961, pero en el último momento recibiría la orden de no apretar el gatillo. Es una de las muchas anécdotas, a medio camino entre la realidad y la fantasía, que el propio protagonista de esta historia se encargó de popularizar para hacer aún más fascinante al personaje que había logrado crear de sí mismo.

Empuñase o no aquel rifle, los días de militancia en la organización de Jean-Jacques Susini y Raoul Susini supusieron para Albert Spaggiari tres años de cárcel tras ser encontrado culpable de los delitos de propaganda subversiva y tenencia de armas. Y todo parecía indicar que aquel paso por prisión terminó por templar su carácter. Con Argelia perdida y sin más causas a la vista por las que combatir, decidió instalarse en Niza y montar un estudio de fotografía. Las cosas marcharon bien. Disfrutaba de la vida hasta donde su modesto sueldo se lo permitía, aunque se pavoneaba por la costa como un verdadero dandy. Siempre vestía traje y corbata, gafas de sol Ray-Ban y mordisqueaba un puro. Y sonreía, siempre sonreía. Todo un Jean-Paul Belmondo. Pero no dejaba atrás a pesar de todo sus días de militancia. Solía pasar muchas tardes en reuniones con antiguos camaradas de armas, incluso había bautizado su casa con el nombre Les Oies Sauvages, en referencia a la vieja canción empleada por los mercenarios como himno en los años sesenta.

A. MARTÍN

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