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EL GRAN GOLPE DE NIZA (II)

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La hora del despertador.

Durante unos años su vida pareció condenada a aquella apacible rutina, hasta que un día, una simple noticia en el periódico lo cambió todo. Era un artículo que hablaba de la red de alcantarillado de la ciudad de Niza. Cuando Spaggiari cayó en la cuenta de que uno de los túneles pasaba por debajo de la sede de uno de los bancos más importantes del país, la Societe Generalé, la idea de hacerse con aquel botín ya no le permitiría pensar en otra cosa. Tras las primeras indagaciones, comprobó que la cloaca transcurría justo por debajo de la cámara acorazada, y aquello no hizo sino agitar aún más su adrenalina. No obstante, no se dejó llevar por el entusiasmo. Ante la importancia del botín, no tanto por el dinero como por las cientos de cajas de seguridad allí reunidas, era de suponer que el lugar estaría protegido por alarmas de detección sísmica o acústica. Para comprobarlo, Spaggiari alquiló una de las cajas y guardó dentro un aparatoso reloj despertador que programó para que sonara a medianoche. Y no sucedió nada. A la vista de las titánicas dimensiones de la habitación acorazada, nadie había visto la necesidad de instalar alarmas en su interior. Y efectivamente tanto la puerta de 20 toneladas de acero como las paredes de 30 centímetros de hormigón armado resultaban inexpugnables. Pero nadie había pensado en la posibilidad de que entrasen por el suelo.

Después de algún tiempo trazando el plan, lo presentó a los capos de la mafia local en busca de su colaboración, pero el proyecto les parecía tan absurdo e irrealizable que despidieron a Spaggiari con una palmada en la espalda y una sonrisa de incredulidad. Entonces, como si de una película se tratase, Bert comenzó a reunir su propio equipo, la mayoría antiguos compañeros de armas, ex miembros de la OAS y algún elemento de la mafia corso-marsellesa. Y tras los preparativos de rigor, se lanzaron a la aventura. Pasaron más de dos meses excavando el túnel, mientras respetaban una férrea disciplina para evitar conflictos ante la difíciles condiciones (horarios de trabajo y descanso rigurosos, nada de alcohol…), y se hacían pasar por trabajadores de obras públicas para desviar las sospechas. Avanzaban una media de unos 15 centímetros diarios. El túnel tuvo algo más de ocho metros de largo.

El gran banquete.

Todo estaba programado para el puente del Día de la Bastilla de aquel año 1976, del viernes 17 al domingo 19 de julio. La última jornada, sin posibilidad ya de retrasos, tuvieron que abrirse camino a pico y pala a lo largo de 16 horas sin descanso hasta llegar a la cámara. El resto fue fácil. Tenían tres días por delante.

Abrieron alrededor de 400 cajas de seguridad, encontrando desde joyas y bonos a fotografías pornográficas de miembros destacados de la sociedad de Niza, con las que empapelaron las paredes de la cámara. Tras inspeccionar las primeras cajas, Spaggiari dio una directriz: no debían tocar nada de las que contuvieran menos de 30.000 dólares. Estaban todos tan eufóricos que Bert incluso encargó a uno de sus hombres que fuese a comprar vino y algunos manjares de comer. Organizaron todo un festín.
Abandonaron la cámara en la madrugada del lunes, llevándose consigo entre 18 y 20 millones de dólares y dejando un escrito sobre el muro de hormigón que ayudaría a alimentar la leyenda del golpe: Ni armes, ni violence et sans haine (Ni armas, ni violencia y sin odio); además de todas las sobras y desperdicios del gran banquete de celebración.

Irónicamente fue un arranque de celos lo que desencadenó las detenciones. La novia de uno de los asaltantes, sospechando que éste le era infiel por sus continuas ausencias (en los días en los que andaba trabajando en el túnel), comenzó a hablar más de la cuenta con unos y otros y los agentes que pateaban los barrios bajos consiguieron hilar cabos. Una vez detenido él, sus compañeros fueron cayendo uno tras otro. Hasta llegar a Albert Spaggiari.

El hombre de Pinochet

Cuando el antiguo Boina Roja hizo añicos la ventana del despacho del juez para emprender su huida, sumó varios tantos a su ya considerable leyenda. Se daba a la fuga sin provocar un rasguño a nadie, como tampoco hizo en el banco. Y pocos días después, un hombre anónimo contactó con la prensa para mostrar un giro postal por 700 dólares que había recibido de Spaggiari: “Por los desperfectos”. El individuo era el dueño del coche sobre el que había saltado el prófugo antes de caer al suelo y subir a la moto que lo llevaría lejos.

En los años siguientes muchos comenzaron a hablar de Albert Spaggiari como de un Robin Hood moderno. Cada cierto tiempo algún periódico publicaba una noticia poco contrastada sobre su último paradero o su más reciente acción benéfica a costa de algún rico. El misterio se saldó parcialmente en 1979 cuando el ladrón llegó a un acuerdo secreto con una editorial para publicar su libro autobiográfico, El gran robo de Niza, en el que aseguraba que la mayor parte del botín lo había donado “a gente oprimida de Yugoslavia, Italia y Portugal”.

Spaggiari nunca sería atrapado, e incluso se permitía desafiar a las autoridades. En al menos dos ocasiones concedió entrevistas televisivas que grabó en el propio suelo francés. Aunque son diversos los rumores posteriores a aquel año 1979, los únicos hechos con base documental proceden de un documento desclasificado por la CIA en el año 2000, que apunta a que Spaggiari pasó el resto de su vida entre Chile y Argentina, llegando a trabajar para el servicio secreto de Pinochet, la DINA.
En 1989 la prensa francesa informó de la muerte de Albert Spaggiari, como consecuencia de un cáncer de garganta. Al principio se dijo que había fallecido el 10 de junio en casa de su madre, en Francia, y posteriormente se informó de que podría haber ocurrido dos días antes, en compañía de Audi, su mujer, y que ésta lo habría trasladado en secreto hasta suelo francés. Un enigma más que añadir a su leyenda.

A. MARTÍN

 

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