EL ESTILO DEL MONTAÑERO SEGÚN JULIUS EVOLA

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CONTROL A LAS MASAS POR LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y OTROS

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LA CAMARADERÍA: ORIGEN ESPAÑOL DEL TÉRMINO

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SOBRAN LAS AUTONOMÍAS. ¡NO CON MIS IMPUESTOS!

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NO SON NOTICIEROS RUSOS, SINO BILL GATES Y SU PORTAL MSN

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ACERTIJO

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ENTREVISTA A JEAN THIRIART (IV)

¿Puede servir Esparta de ejemplo a los europeos de hoy en tanto que comunidad ética?

Ciertamente, las reglas presuntamente promulgadas por el legendario Licurgo son seductoras. Es un estilo que innegablemente podrá servir de modelo a un mito europeo. Pero, dicho esto, hay que distinguir la literatura escolar edificante y las realidades.

En mi Carta al lector soviético, en la que voy a describir las Condiciones del Poder (que serán luego ampliamente desarrolladas en el libro El Imperio Euro-soviético) usted encontraría algo mucho mejor que las frases atribuidas a Licurgo. De los veinte últimos siglos de historia se pueden sacar más enseñanzas de lo que podía hacer Licurgo. La rebelión de los ilotas de Mesenia ilustra un error sociológico fundamental: la existencia de una clase explotada en el seno mismo de una nación. Error monumental.

Entre otras cosas en una educación severa (agogé), militar, física. Pero esta concepción de una comunidad espartana (para usar el lado noble del calificativo) será autosuficiente. Marx ha dicho “una sociedad sin clases” y yo lo apruebo. Pero todavía hay que añadir, o precisar, una sociedad autosuficiente.

Esparta ha sido finalmente destruida desde el interior por sus ilotas. Roma se ha descompuesto en los siglos III y IV por la importación de un proletariado que venía de Oriente Medio. Los romanos ya no querían trabajar desde hacía mucho. Al final ya no querían ni siquiera combatir. Importando poblaciones de Oriente Medio, han importado el veneno: el judaísmo y el cristianismo. Se conocen los resultados.

Lo que iba a destruir a Roma ha sido organizado por la misma Roma. Lo que iba a destruir a Esparta ha sido querido por las mismas estructuras de Esparta: la existencia organizada de los ilotas.

Actualmente, la recogida de las basuras, en París o en Frankfurt, la hacen obreros marroquíes, argelinos, turcos, negros africanos. París cuenta ya con numerosos policías negros. Cuando Francia, de vez en cuando y esporádicamente, habla de sus “atletas”, son, por azar, morenos que van desde el mulato al negro más puro. Ya hay negros en el ejército francés. Y va a repetirse el ciclo infernal de la decadencia romana. Es el socialismo demagógico el que va a arruinar nuestras sociedades, igual que el cristianismo ha debilitado y luego matado a Roma.

Esparta, pues, ha cometido un error. En un Estado moderno es la nación la que debe constituir una raza de guerreros (potenciales). Una Esparta moderna implica una “movilidad social” total. La élite debe ser constantemente renovada cada generación. Lo que no ha hecho Esparta. La élite se ha convertido en una oligarquía cada vez menos numerosa.

La élite debe ser puesta al servicio de la comunidad nacional. Su circulación debe ser favorecida, y no obstaculizada. Hay en la élite, en todo momento, individuos que no merecen o no merecen ya formar parte de ella, y en la masa individuos dotados para pertenecer a la élite.

Ese es el pensamiento de Vilfredo Pareto. También es el mío. La Unión Soviética, en sus comienzos (antes del dominio de la burocracia) también tenía esta concepción de las cosas.

Diré, por tanto, que mi elección se inclina hacia un “comunismo espartano” o hacia un “comunismo elitista”. Una élite funcional y no pretendidamente hereditaria. Se ha hablado de nobleza de servicio. Puedo añadir una élite de servicio en una sociedad muy homogénea. Esparta era por definición una sociedad heterogénea.

Cerca de 3000 años después de Licurgo se podría considerar el control del equilibrio psico-somático al ingresar en las universidades. El coraje físico (ejemplo deportivo: paracaidismo o incluso la marcha a pie) y la normalidad sexual participan en la salud psico-somática de los individuos. Dar acceso a la enseñanza superior a jóvenes parcial o totalmente desequilibrados conduce a procurar ulteriormente elementos tarados a la clase dirigente. Es lo que ocurre en la actualidad.

Los jóvenes que tienen conflictos internos “entre su cuerpo y su espíritu” deben ser apartados de la enseñanza superior.

 

¿Qué significa para usted la palabra “Yalta”?

Yalta es una cosa banal. Yalta ha existido por nuestra estúpida estrechez de espíritu nacionalista. Desde hace mucho Yalta ya no existiría sin el chauvinismo francés, el egoísmo particularista de los ingleses, sin el romanticismo del nacionalismo alemán. Nosotros mismos somos responsables de la afrenta de Yalta y no los que nos dominan y nos explotan desde Washington y desde Moscú.

Pero, felizmente, Yalta ha terminado. Moscú ha digerido su botín de 1945, por una parte, y por otra Washington se ha vuelto agresivo. Los misiles Pershing 2 hacen correr el riesgo de que se desencadene antes de mediados de 1984 una guerra preventiva por iniciativa de los rusos.

Para mí, europeo convencido, la herida está abierta desde 1945, la humillación dura desde hace 37 años. Todo entendimiento entre Moscú y Washington consagra nuestra humillación. Otros factores vienen a añadirse: la judería mundial ha decidido después de la liquidación de la “Primavera de Praga” destruir o dislocar a la URSS. La URSS es débil, no sobrevivirá sin la integración y sin la potencia económica, demográfica e industrial de la Europa del Oeste.

La querella entre Moscú de una parte y Washington de otra es un regalo de Zeus para Europa. Las cartas van a ser repartidas de nuevo.

Después de haber sido durante casi 40 años lamentables figurantes de la historia, vamos a volver a ser protagonistas de la historia. Personalmente, yo estoy dispuesto a coser la Estrella Roja en mi gorra para volver a entrar en la historia con los 400 millones de europeos del Oeste.

Moscú tiene necesidad de nosotros. Y nosotros de Moscú.

 

¿Qué piensa usted de los movimientos autonomistas o separatistas, como el movimiento vasco ETA, el movimiento nacionalista bretón, el autonomismo corso?

Los particularismos vasco, bretón, corso, valón, flamenco, catalán, pueden ser analizados desde tres ángulos (hay más, pero falta espacio). Angulo político-histórico, psicológico, demagógico.

Bajo el ángulo histórico, en primer lugar. Va contra corriente de la evolución y las necesidades. La unidad de magnitud de un Estado estaba dictada por la calidad o la posibilidad de los transportes. En el momento del hundimiento del Imperio romano se ha debido volver a las pequeñas unidades territoriales autosuficientes. Un duque de Bretaña era concebible y justificable en el año 1200. Ya no lo era en 1650. En nuestros días el autonomismo de las dimensiones de Cataluña es carnaval. Los japoneses transportan por mar dando media vuelta al mundo millones de vehículos automóviles acabados, dispuestos a rodar.

Los télex de los financieros crepitan día y noche para señalar los movimientos de la Bolsa en Tokyo, Hongkong, Zurich, París, Londres, New York…

Los barcos navegan con una precisión de 300 metros interrogando a satélites y balizas Decca o Loran. Personalmente, en mi velero de alta mar, media docena de satélites me dan diez veces cada 24 horas mi posición en el mar. Mi ordenador de navegación puede anunciarme los próximos cincuenta pasos de satélites con su matrícula y el azimut de su aparición.

Me quedo estupefacto y pasmado ante las divagaciones de los particularistas. Por mi profesión (en la que utilizo cuatro ordenadores de medidas y de diagnóstico) y por mi hobby, la navegación, estoy metido hasta el fondo en la tecnología avanzada. Debido a las telecomunicaciones, hoy ya no existe la distancia. Centenares de miles de télex unen mediante cables o satélites a todos los continentes las 24 horas del día.

Todas las tesis histórico-políticas de Montesquieu han dejado prácticamente de tener valor (sobre todo las que unen la dimensión de un Estado a sus caracteres autoritarios o laxistas).

El gas de Siberia pronto será distribuido en Bruselas después de haber recorrido 8000 kms en tubos de acero fabricados en Lieja. Ese es el final del siglo XX.

A mediados del siglo XIX, los ferrocarriles han sido un elemento determinante de la (tardía) unificación alemana y han hecho de un país débil un país fuerte (Cfr. el pensamiento profético de un Friedrich List a este respecto).

Los nacionalistas vascos o corsos no quieren volver del tren a la diligencia, sino de la cápsula Columbia a la carreta de bueyes.

Bajo el ángulo psicológico los particularismos grotescos como el vasco o el bretón traducen en los individuos un repliegue sobre sí mismos, un miedo físico del mundo exterior, la certeza inconsciente de la incapacidad de hacer frente a la competición exterior (cosmopolita).

Los militantes ingenuos de estos movimientos (no hablo de los canallas demagógicos que explotan a estos idiotas) son de hecho los fracasados de la sociedad, los que no han podido ascender en la escala social. Los provincianos incómodos en las capitales o en las metrópolis.

El problema de la rebelión de los particularistas es en el plano psicológico el de la rebelión de los débiles incapaces de adaptación contra los fuertes capaces de adaptación. Su pretensión de ser diferentes oculta de hecho el rechazo a admitir explícitamente su inferioridad.

Cuando las cosas son “diferentes” y no comparables (como no son comparables superficies y volúmenes) se escapa, desde luego, a una clasificación de valor, se escapa a la selección. Los homosexuales también hablan del “derecho a la diferencia”. De hecho, son desviados, accidentes, y deben ser eliminados del marco de una sociedad sana que quiera ser eugenista.

Es fácil arrinconar rápidamente a estos pequeños cerebros de los particularistas evocando el problema del matrimonio exogámico. Queriendo respetar la identidad (sic) del “pueblo vasco”, desde luego hay que desanimar los matrimonios entre vascos y castellanos… Es evidente para estas gentes que un niño nacido de un apareamiento entre una mujer castellana y un hombre vasco es un jeroglífico, un mestizo, un inclasificable. Su sistema de pensamiento conduce a pequeños ghettos no solamente intelectuales, sino raciales. Y a partir de ahí, la endogamia conduce a la degeneración.

A finales del siglo XIX todavía se observaban numerosas degeneraciones en las poblaciones de los “altos valles” de los Alpes y los Pirineos. El grupo judío polaco, debido a su vida en ghetto voluntario durante siglos nos ha mostrado también un tipo físico degenerado, pequeño, no atlético.

Debo retroceder y darle un argumento más, pero en la dimensión política. La reivindicación de los corsos y de los bretones sería legítima si hubieran sido objeto de discriminaciones. Pero el Estado francés unitario, nacido en 1791, es por excelencia un sistema antiparticularista. Nada, absolutamente nada ha impedido a un corso llegar a ser almirante francés, ni a un bretón presidente del Senado en París. Por tanto, si no han llegado a ser ni almirantes, ni presidentes, es culpa de cada uno de ellos individualmente.

Y luego, defíname qué es un bretón o un corso, racialmente hablando. Por otra parte, no hay genotipo puro más que en Groenlandia (en 1850) o en Australia (en 1750).

Si yo soy, personalmente, tan radicalmente anti-americano, es porque en las estructuras “dominadores-dominados” de la OTAN, del Pacto Atlántico, de Occidente, los americanos son oficiales de marina y los europeos del Oeste cocineros… Aquí hay una discriminación. Se habría podido imaginar una “República atlántica”.

Si mañana los soviéticos que ocupen Europa del Oeste por necesidades militares se conducen como lo han hecho aquí los americanos desde hace 37 años, yo seré el primero en denunciar y luchar contra esta discriminación.

Pero si se construye el Imperio Euro-soviético y un hombre nacido en Málaga o en Lyon puede llegar a ser mariscal de esta Unión Soviética no habrá ninguna justificación para luchar contra las estructuras de esta “Gran Nación”.

En la Francia y la España unitarias no ha existido discriminación desde hace dos siglos. Los hombres nacidos en Barcelona o en San Sebastián podían llegar a ser presidentes o generales en Madrid. Los hombres nacidos en Ajaccio o en Brest podían llegar a ser almirantes franceses, generales franceses. Por tanto, no pueden dar ningún valor políticamente a sus reivindicaciones.

Llegamos al aspecto o parte demagógico. Aquí es el reino de la canalla. Bandidaje de derecho común y “resistencia” estaban estrechamente imbricados uno con otro en 1941 y 1942 en Francia y en Bélgica. Lo mismo en Córcega en 1982. El dinero de los atracos sedicentemente políticos del país vasco, desde hace quince años, ha sido reinvertido en un 95 % en negocios franceses del suroeste. Hoteles, restaurantes y supermercados han sido comprados en Francia con el dinero de los atracos políticos cometidos en el país vasco español.

Igual que el dinero de los beneficios del tráfico de drogas en los USA es convertido en inversiones limpias y honradas en Sicilia por la Mafia. El dinero robado por los autonomistas vascos ha sido lavado, blanqueado, reciclado en Francia.

En Bélgica, la autonomía parcial que ha sido concedida estúpida e imprudentemente a Walonia ha desembocado en esto. Los políticos walones de ínfima envergadura intelectual se han apoderado de fábricas, de intermunicipales (electricidad, gas, transportes públicos) “en nombre de la regionalización” lo mismo que langostas abatiéndose sobre un campo de trigo. La Walonia convertida en botín de pequeños aventureros está a punto de convertirse en una reserva de indios o de esquimales. La economía se hunde a marchas forzadas.

La pretendida dictadura del Estado central, ejercida contra las “pobres regiones explotadas” es lo contrario de la realidad histórica. Nada es más peligroso que depender del poder o la justicia local, regional, pueblerina, urbana. Pequeños Estados, sórdidos ajustes de cuentas. Los ajustes de cuentas entre los Pazzi y los Médicis en Florencia, a finales del siglo XV, eran, desde luego, inconcebibles en la Italia unificada a finales del siglo XIX.

Tolerar las payasadas vasca, catalana, flamenca, corsa, bretona, en el seno de Europa es reanimar mil conflictos del tipo Pazzi-Médicis.

El filósofo socialista francés no se ha engañado. Esto es lo que escribía Alain en septiembre de 1924:

“Se dice frecuentemente que el régimen democrático no convenía más que a los pequeños Estados -tesis de Montesquieu-. El acontecimiento nos hace ver precisamente lo contrario, en el sentido de que la autonomía de las provincias tiene por efecto casi en todas partes un régimen violento y una tiranía de hecho. Platón ha demostrado cómo los ambiciosos y los perezosos unidos se han apoderado enseguida de la ciudadela. Pero tampoco tenía ninguna idea de estos grandes Estados en los que las intrigas locales son fácilmente reducidas por un cambio de altos funcionarios y por la investigación de una policía enviada desde el centro y que no tiene primos, ni intereses ni lazos en el cantón”.

Fin de cita. Un poco más adelante, Alain sigue escribiendo:

“Hace falta, por tanto, un poder abstracto, lejano, irresistible. Y esto supone una gran extensión de país y gendarmes indiferentes. En cuanto el gendarme tiene una viña en el país ya no es gendarme. Las grandes monarquías se sostuvieron porque un poder absoluto es siempre justo desde que no está cogido en el juego de las pasiones. Los cuatro regimientos húngaros que controlaban Milán en tiempos de Bonaparte eran más justos que magistrados que tenían que conservar sus amigos, tratar con miramientos a sus enemigos y para quienes, en fin, una sentencia era el comienzo de una peligrosa querella”.

Recientemente, también Alexandre Zinoviev hablaba el mismo lenguaje, el de Alain y el mío. Esto es lo que saco de La Maison Jaune de Zinoviev:

“El pueblo soñaba con un nuevo Stalin. ¿Por qué? ¿Cómo que porqué? Porque Stalin hacía bajar los precios mientras que éstos los suben. Y sobre todo, el pueblo ruso deseaba un poder central fuerte, un poder superior que lo protegiera de la arbitrariedad de las pequeñas autoridades locales”.

 

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