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EN HONOR AL FALLECIMIENTO DE ERNST ZUNDEL (II)

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EN HONOR AL FALLECIMIENTO DE ERNST ZUNDEL (I)

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ENTREVISTA A JEAN THIRIART (IX)

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¿Hay un futuro socialista de Europa? ¿O el socialismo ha muerto?

¿De qué socialismo habla usted? ¿Del de Hitler (el único que ha tenido éxito), del de Mitterrand o del de Jaurès? Esta palabra encierra cosas extremadamente diferentes.

Hay una buena frase de Jacques Monod sobre el socialismo. Le cito: “La única esperanza del socialismo no está en una revisión de la ideología que domina desde hace más de un siglo, sino en el abandono total de esta ideología”. (Le Hasard et la Nécessité)

En la segunda mitad del siglo XIX el socialismo era generoso, reformador. Correspondía a una necesidad histórica. Había que disciplinar a una clase poseedora a la que nada detenía, ni siquiera el trabajo de los niños. Relea las leyes adoptadas en Francia entre 1830 y 1848 relativas al trabajo de los niños. Es la mejor fuente. Superior al estudio de Engels sobre la industria inglesa. Ahora el socialismo ya no es otra cosa que demagogia electoral. El socialismo vive a expensas del capitalismo como la pulga vive del sudor del perro.

Los dirigentes socialistas son, en nuestros días, a veces utopistas (raramente), a veces demagogos nefastos (con frecuencia). Es un clero que parasita los Estados y las economías.

Vaya a ver el socialismo en “ambiente limpio”, en “lugar limpio”, el socialismo “liberado del capitalismo” en Yugoslavia y en todos los países del Este. Es una quiebra clamorosa, espectacular. La autogestión yugoslava es una farsa y una quiebra.

La pareja “parlamentarismo/socialismo” ha debilitado ya a todos los Estados europeos desde 1945 en el plano político. Fue la actitud de dimisión que permitió la pérdida de nuestros imperios mundiales.

En este momento ocurre algo mucho más grave. Es la introducción de este tándem “parlamentarismo/socialismo” en la empresa, en la fábrica. El fenómeno es inquietante en Francia.

Hasta hace poco sólo se gastaba saliva en la dimensión política: elecciones, crisis ministeriales, logomaquias parlamentarias. Durante este tiempo, la economía continuaba girando normalmente: con el estilo de la selección, la disciplina, la jerarquía, el esfuerzo, la recompensa-beneficio, el gusto por la empresa (gusto creador). Todavía ayer había, detrás de la superestructura política, una infraestructura económica que obedecía a las leyes clásicas de las sociedades bien administradas: selección ante todo. Con Mitterrand y sus émulos, se introduce la logomaquia, el gusto morboso por la discusión permanente, la demagogia, el rechazo de todo esfuerzo en la industria.

Elecciones sindicales, politización de empresas. Es el suicidio de los países que adoptan este “socialismo” igualitarista donde se glorifica al obrero haragán, donde el defraudador social es mimado como los falsos enfermos y los falsos parados. Este socialismo esterilizador, este socialismo destructor es lo que Europa no necesita bajo concepto alguno. Los Walesa del este y del oeste son carne de horca en una Europa sana.

Europa necesita un socialismo fuerte, disciplinado, prusiano o espartano. Para diferenciarlo de la logomaquia igualitarista, lo he llamado “comunitarismo”.

Una sociedad que rompa el egoísmo de las clases poseedoras, que persiga el fraude fiscal. Pero esta misma sociedad perseguirá a los falsos parados, a los falsos enfermos, a los demagogos, es decir, a esa masa de defraudadores sociales.

 

¿Es usted de la opinión de que los países europeos deben abandonar la ONU?

Su plural es inoportuno. Los países, en plural, no representan ya otra cosa que ficciones de naciones independientes. Le contestaré que lo que hacen, o parecen hacer, “no-naciones” no tiene ninguna importancia.

Una Europa unificada no tendría nada que hacer en la ONU en el plano político. La ONU podría ser un simple organismo técnico para regular los problemas internacionales en materia de navegación marítima, aérea, equivalencia de diplomas, lucha contra las epidemias, solidaridad en caso de cataclismos, reglamentación de antenas radiofónicas, etc.

En el plano técnico hace falta, evidentemente, un centro mundial.

En el plano político esta farsa no sirve para nada.

 

¿Cómo luchar contra el capitalismo?

Voy a extrañarle, pero me parece que para hacer un examen objetivo hay que preguntarse primero si hay que destruir el capitalismo. ¿Hay que destruirlo, hay que controlarlo, hay que prohibirle el acceso a la política?

Y es aquí donde voy a poner en evidencia todo el método “político” en oposición al método “económico” de Marx.

Marx ha tenido razón en muchos de sus argumentos. En otros terrenos se ha mostrado pueril, infantil. Y Lenin todavía mucho más, con una obra que le ridiculizará durante muchos siglos, una obra escrita en 1917, cuando estaba escondido en Finlandia. La utopía en librería, y a bajo precio, eso es lo que es el libro de Lenin El Estado y la Revolución. Usted puede procurárselo en todas las lenguas del mundo por menos de un dólar el ejemplar. Normalmente, el Estado soviético habría debido retirar de la venta esta obra que ridiculiza a Lenin. Pero que lo ridiculiza ante quienes tienen una sólida cultura histórica y clásica. No ante los creyentes. Lenin ha escrito esta obra en el verano de 1917. El prólogo a la primera edición es de agosto de 1917. Incluso después de la victoria de la Revolución de Octubre, Lenin ha perseverado. En diciembre de 1918 no añade más que un pequeñísimo “parágrafo 3” al capítulo II. De esta forma, Lenin en el poder sigue previendo y deseando la extinción del Estado.

Usted sabe que Lenin es una “autoridad” en nuestros días. Muchas gentes le invocan constantemente. Lenin ha dicho esto, Lenin ha escrito aquello. Lo mismo con Marx. Después de Marx, es de buen tono postular el carácter nocivo, inmoral, malvado, del capitalismo. Usted mismo no escapa a la regla. Su pregunta parece dictarme una respuesta.

Una vez más, el vocablo único de capitalismo sirve para cubrir cosas absolutamente diferentes, incluso contradictorias. El capital es la banca Rostchild. Pero el capital es también la forma moderna y casi perfecta de un método económico. Digo de un método. La URSS está organizada bajo el principio del capitalismo “contable”.

Los izquierdistas marxistas, catequistas y creyentes describen el fascismo y el nacional-socialismo como el resultado del capitalismo político. Esto era exacto con Franco y Salazar, pues han llegado al poder en estructuras capitalistas arcaicas, sobre todo en Portugal.

Era parcialmente cierto con Mussolini, que cometió o tuvo que cometer desde el principio dos errores: no liquidar la Monarquía y no liquidar políticamente a la Iglesia. Por tanto, no liquidó el capitalismo. El corporativismo mussoliniano ha debilitado considerablemente al capitalismo industrial italiano.

La burocracia, aun la ideológica, no sirve de motor, sino de freno al desarrollo industrial.

También existe el capitalismo salvaje, el fantástico “capitalismo darwiniano” de los años 1875/1925. El instrumento más eficaz que hay o que ha habido. Era muy cruel. Pero eso es moral y no análisis.

El único régimen (no comunista) en el que el Estado domesticó totalmente al capitalismo fue el III Reich. Le remito al autor americano llamado David Scoembaum (Hitler´s Social Revolution, en Doubleday and Company, New York, 1966 -traducción francesa en Laffont, 1979-). El capítulo IV está enteramente dedicado al capitalismo en el III Reich. Ya le he citado. A propósito de las empresas, Scoembaum escribe: “una vez más, el régimen aplicaba métodos darwinianos”. La experiencia nacional-socialista ha demostrado la posibilidad de un capitalismo totalmente domesticado por el Estado. Por un Estado de la “voluntad de poder”.

Cuando se ha conocido y vivido el nacional-socialismo, sólo se puede sonreír ante las explicaciones ideológicas de los literatos de izquierda, según los cuales el nazismo estaba al servicio del gran capital. Los jefes nacional-socialistas, sobre todo los de las SS, eran de la raza de hombres que no comparten el poder con nadie. Era la voluntad de poder en estado puro, el “tigre en estado de apetito”, para hablar como los chinos actuales.

Personalmente, sigo siendo partidario de un “capitalismo darwiniano” domesticado por el poder del Estado. Por el poder político puro.

El capitalismo comprende o depende de un principio de base excelente: la selección permanente.

Una empresa capitalista mal administrada es castigada inmediatamente, zozobra en 3 o 4 años y quiebra. En los sistemas socialistas-burocráticos se advierte la quiebra con 25 años de retraso. A veces ni siquiera se dan cuenta de ella.

La noción de competencia entre empresas capitalistas es una noción sana y vigorosa. En el interior de las empresas se despide permanentemente a los elementos humanos más débiles. En un sistema socialista, cuando por fin se descubre a un director incapaz, se le desplaza hacia una vía muerta, pero no se le castiga duramente. La competición capitalista es autopenalizadora. Las estupideces se pagan al contado.

Sin embargo, debo atraer la atención sobre la poderosa tendencia del hipercapitalismo hacia el monopolio. Este fue el caso, por ejemplo, de los tres grandes gigantes americanos del automóvil, entre 1950 y 1980. Mediante un juego tácito de monopolio (la competencia ya no existía de hecho), los tres grandes del automóvil vivían confortablemente gracias al gigantesco mercado interior americano. Se acabó la competencia, se acabó la competición. El resultado fue una primera ola de asalto alemana hacia el mercado americano (VW); luego, la gran invasión japonesa. En California cerca del 40 % de los vehículos son japoneses. Entre 1950 y 1980, Japón ha obedecido las leyes de la competencia, del esfuerzo. Pero los gigantes americanos ya no.

Podría escribirse una obra de 1000 páginas sobre el capitalismo: capitalismo darwiniano, capitalismo financiero, capitalismo de Estado, capitalismo monopolista, etc.

En mi opinión, el Estado debe permitir una cierta forma de capitalismo y domarla como el caballero doma al caballo. El capitalismo debe llevar al Estado. Y no el Estado llevar al capitalismo financiero como ocurre en nuestras plutocracias.

El Estado debe velar por el mantenimiento de las condiciones de competencia entre empresas. El Estado no debe tolerar ningún monopolio. Excepto el suyo en materia de Weltanschauung y de decisión de la gestión política.

Al responderle sobre el comunitarismo, preciso mi pensamiento. La doctrina del comunitarismo se inscribe en la siguiente definición: “cuanto más pequeña en dimensión es la empresa, más obedece a una gestión libre; cuanto mayores dimensiones tiene la empresa, más estará bajo el control directo del Estado”.

El comunitarismo dice que no se pueden aplicar las mismas estructuras económicas de la empresa muy pequeña a la empresa muy grande.

Los marxistas escolásticos se han roto la cara pretendiendo aplicar la economía estatal a la vendedora de flores de la esquina o al pequeño café o al pequeño restaurante. Por eso no se encuentran legumbres frescas en Moscú.

Pero todo mi pensamiento puede resumirse en esto: “primacía absoluta de lo político sobre lo económico”. Por primacía política entiendo el poder decisorio.

El sistema comunista marxista ha querido introducir la utopía en la economía. Vaya a ver los resultados en Praga, en Varsovia, en Moscú o en Belgrado: una rara pacotilla. La única tentativa de desmarxistización es la organizada recientemente por los húngaros. Se empieza a encontrar buenos restaurantes pequeños en Budapest. Simplemente, porque son administrados por pequeños patronos y no están englobados en una burocracia paralizadora.

 

¿Hay un enlace lógico entre el capitalismo y la libre empresa?

En el capitalismo monopolista (recuerde las tentativas de Rockefeller hace 100 años), la libre empresa desaparece. Pero incluso en un país capitalista como los USA existen leyes anti-trust desde principios de este siglo. El capitalismo bancario también está tentado de reducir la competencia o de suprimirla.

La Société Générale de Belgique, en la época de su esplendor, antes de 1960 y la pérdida del Congo, era capaz de comprar una empresa… simplemente, para cerrarla. Supongamos que hubiera dos fábricas de cremalleras. Y que el banco posee la primera pero todavía no la segunda. Compra en bolsa la segunda, a golpe de millones; luego, la cierra después de haber despedido al personal. Esta compra y estos despidos costarán caro. Pero serán diez veces recuperados por los beneficios obtenidos gracias a la situación de monopolio así creada. Cosas peores se han visto. Bancos que poseen ya las dos fábricas de cremalleras y asfixian a una de ellas mediante negativas de créditos o de demoras. Los grupos financieros mismos hacían quebrar a una de sus empresas. Esto les evitaba pagar indemnizaciones de despido a 5000 o 10000 obreros. Para simplificar, escribiré aquí que la libre empresa es siempre una estructura sana, pues es autopenalizadora y autorretributiva.

Y que el capitalismo puede ser lo mejor mediante una gestión sana (autofinanciación, extensión) y lo peor mediante el monopolio. O mediante la injerencia en lo político o en la política.

Personalmente, yo examino y juzgo comunismo y capitalismo en términos de eficacia. De eficacia en la busca del poder político. No soy anticomunista por estética o por sentimentalismo. No soy anticomunista más que cuando el comunismo es ineficaz. Tengo la misma actitud hacia el capitalismo.

jean6

 

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