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ENTREVISTA A JEAN THIRIART ( y XII)

¿Necesita Europa un jefe común para llegar a ser independiente?

Su pregunta es grotesca y cómica. Es una pregunta marcada por las utopías del democratismo a propósito del no-jefe. Un portaaviones o un velero necesitan un capitán y no un comité.

Tres mil años de historia nos han enseñado incansablemente esto. Es evidente y salta a la vista. Como usted sabe, soy en el plano deportivo un “skipper” de velero. Es decir, un comandante de a bordo. Cuando se ha vivido algunas tempestades en un velero de 12 metros sacudido por el mar como un tapón, se vive. se siente la necesidad de la decisión inmediata. Para hacer frente a una situación peligrosa, comprometida, incluso catastrófica, la decisión se toma frecuentemente en menos de un minuto. Un velero cogido en medio de una tempestad no tardaría media hora en hundirse si fuera dirigido por un “comité” o por un “consejo de tripulantes”.

La Iglesia católica, en sus formas anteriores a 1950, presentaba las estructuras perfectas para la creación y la perpetuación de un mando. El carácter de infalibilidad del Papa -o de cualquier otro jefe- es capital. Infalibilidad no significa aquí la elección perfecta. Sino la elección indispensable entre varias. Incluso el filósofo socialista francés Alain escribía: “…cuando veinte hombres levantan un raíl, obedecen a un jefe; si discuten en la acción se aplastarán los dedos”.

Tres o cuatro años después de mi retirada de la política, en 1967, muchachitos de extrema derecha han querido crear un “partido europeo” en el que cada uno conservara su “autonomía nacional”. Pueril. Todo esto procede de una crasa incultura histórica, de una mentalidad primaria total.

Hay que acabar también con el mito del “tirano” aislado. Cada jefe tiene automáticamente un “entorno”. Se establece una simbiosis entre el jefe y su círculo de confidentes.

Ser jefe indiscutido es una función capital. La República romana ha creado el dictador.

El jefe supremo debe ser inviolable. El asunto Nixon me ha dejado perplejo. Es la negación de la política. Nixon ha caído por naderías de 16º orden. Cuando un régimen permite así abatir a un jefe de Estado, con ayuda de la prensa agusanada, no es sólido. Hace falta siempre un jefe común, árbitro indiscutido.

Pero hay que añadir a esta noción el límite de edad. Durante sus diez últimos años, Franco, Tito, Mao, ya no estaban en su sitio. Hay que prever estructuras en las que el jefe supremo se retire con honores y en las que sea inviolable después de su retiro, inviolable por su gestión anterior.

Hay que imaginar “papas” políticos reclutados en la clase de edad de 45 a 55 años y retirados, con todos los honores, a los 65 años, por ejemplo.

 

¿Por dónde empezar para liberar Europa? ¿Con quién se puede contar para tomar la iniciativa de esta tarea gigantesca?

Primero, hay que poner en orden las ideas. ¿Qué Europa? (¿límites geográficos?, ¿estilo de sociedad?). No puede tratarse de desear una estúpida Europa de las patrias. Sería volver a 1913 y a 1938, a las vísperas de las dos catástrofes, de dos enormes estupideces. Dejemos a los polichinelas la Europa de las etnias. Es folklore y niñería.

Hay que hacer una Europa en el sentido de la evolución y no en el de la involución. Hemos guillotinado a un rey el 21 de enero de 1793 para cortar con una época. Hemos creado Estados laicos totalmente separados de la religión. No hemos llevado esto lo bastante lejos. Queda pendiente tratar a los curas, los pastores y los rabinos como se debería tratar en prisión correccional a los estafadores que venden horóscopos.

Europa debe ser un paso -y un gran paso- hacia la modernidad, hacia la evolución, qué digo, hacia la mutación. La mutación del hombre.

La geopolítica nos dicta que Europa sin la URSS es tan estéril e inestable como la Europa de 1919 con una Alemania humillada o como la Europa de 1946 con una Alemania “criminalizada”. Los rusos son europeos de cuerpo entero. Lo que los rusos han adquirido en tres siglos lo han adquirido para Europa. Vladivostok es tan importante para nosotros como Rejkjavik o Lisboa.

Primero: definir la Europa que queremos. Es inútil ponernos en camino antes de saber a dónde vamos. Una Europa de las patrias -y eso sería una pseudo-Europa- sería más nefasta que la ocupación rusa o que la ocupación americana. Pues, de hecho, el Pacto de Varsovia en cierta medida, y la Otan en otra cierta medida son instrumentos históricos preparatorios de nuestra unificación.

Hace falta no conocer la historia para ignorar que la identidad argelina y la identidad marroquí actuales son simplemente el resultado de la presencia francesa durante 130 años en Argel y durante 50 años en Rabat. Sin la ocupación francesa, estos dos países norteafricanos serían todavía un mosaico de territorios controlados por pequeños jeques y fruto de sus rapiñas, una zona de balcanización total.

Francia ha creado involuntariamente la unidad argelina y la unidad marroquí. Francia ha fijado y consolidado fronteras. Luego, Francia ha realizado la unanimidad de las poblaciones locales contra ella. Ironías de la vida. Ironía habitual de la historia.

Mañana, una transformación del Pacto de Varsovia compuesto por el oso y los corderos, por el patrón y los criados, en un Pacto de Varsovia compuesto de compañeros iguales en primer lugar, por ciudadanos soviéticos después, nos conducirá a la unidad europea. Ya una decena de ejércitos están equipados con el mismo material. En el plano práctico, es un paso de gigante. Lo mismo ocurre con la OTAN, que acostumbra a los militares ingleses, alemanes, belgas, italianos, a comunicar, a coordinar sus acciones.

La vida está llena de paradojas. Pero sólo son paradojas para quien no ve lo suficientemente lejos ni mira desde una altura suficiente.

Una vez definida la Europa que queremos, podremos entonces, y sólo entonces, pasar a buscar los medios para lograrla. Desde hace mucho ya no creo en los medios pacíficos. Después de haber definido qué Europa queremos, después de haber buscado los medios de hacerla, hará falta -tercera fase- buscar con quién hacerla. Con qué tipo de hombre.

Llegamos entonces a la cuarta fase: escoger un terreno, escoger por dónde “empezar”, como dice su pregunta. Entre más de una decena de hipótesis de trabajo, está la vuelta del Ejército federal alemán contra el Ejército americano. También está la insurrección social cuando el Mercado Común tenga 25 millones de parados. También hay un posible terrorismo científico a escala de Europa (y no ya las payasadas limitadas a Italia).

Hará falta saber hablar dos lenguajes: el lenguaje de la racionalidad con el que, desde antes de su nacimiento, serán descritas las estructuras del Imperio Euro-soviético. Con la racionalidad que tenían Richelieu al consolidar a Francia, Felipe el Hermoso al crearla. Con la racionalidad de la Italia unificada que quería Maquiavelo, disgustado como estaba por las querellas suicidas entre los particularismos de Venecia, Milán, Florencia, Roma y Nápoles. Con la racionalidad de Bismarck al querer la unidad del II Reich.

A continuación, este lenguaje de la racionalidad, del “pensamiento de Estado”, de la “gestión y manipulación de los hombres”, deberá ser traducido al mito, a la ideología, traducido en términos emotivos y en esquemas simplificadores. Será entonces el segundo lenguaje, el lenguaje emotivo, el lenguaje persuasivo necesario a la “masa”, a los militantes, a los combatientes, a los guerrilleros, a los terroristas. Esto ayuda a afrontar la idea de la propia muerte. Lo lógico debe absolutamente preceder a lo persuasivo.

Resumo:

1) definir la Europa que queremos: límites y estructuras;

2) busca de los medios de hacerla;

3) escoger un terreno;

4) desde la fase 1) haber definido nuestro proyecto en lenguaje racional, en lenguaje lógico;

5) antes de pasar a la fase 3) haber traducido en lenguaje vulgar nuestra voluntad histórica: es la ideología, el mito, la épica;

6) antes de pasar a la fase 3) haber creado una ortodoxia de los conceptos, haber abandonado la confusión.

En 1902 Lenin escribía ¿Qué hacer?

Para nosotros que queremos la creación de la unidad (y no de un vago dulce bautizado “unión”) europea, hay que escribir “¿Qué hacer?”, “¿Dónde hacerlo?”, “¿Con quién hacerlo?”. Esto deben hacerlo gentes no solamente inteligentes, sino también dotadas de una gran cultura histórica. Tres mil años de historia acumulada en miles de libros de importancia capital nos permiten extraer una síntesis aplicable a la situación actual. No se trata de autoridad (intelectual) personal, sino de encontrar el mejor “legislador”. Antes de Licurgo ya existió Minos de Creta.

Acabaré citando a Demodocus: “Si sabe lo que es útil para una ciudad no es necesaria la discusión; si no lo sabe, la discusión no se lo enseñará”.

 

¿Cuáles son los axiomas de la política internacional de la Europa actual?

Antes que nada, es preciso evitar a cualquier precio un conflicto militar en territorio europeo. Si hay que hacerlo, que sea en Africa. Después, hay que asociar a la URSS a cualquier política europea, sea una política revolucionaria como la que preconizo yo (el Imperio de Vladivostok a Dublín), sea incluso una política burguesa de colaboración económica con la URSS. En fin, es preciso, por todos los medios, incluyendo el terrorismo, expulsar de Europa a los americanos. La historia de Europa se ha detenido en 1945 con la ocupación americana.

También hay que considerar el Mediterráneo como un mar interior, sustraído al derecho marítimo de alta mar. Esto significa: ningún barco de guerra no europeo en el Mediterráneo.

Hay que ampliar el Mercado Común y hacer entrar en él a España, Portugal y Turquía. Europa no puede ser retrasada para agradar a los electores de Mitterrand: los viticultores franceses del sur (el buen vino francés se exporta muy bien, es el mal vino el que no se vende).

 

¿Cuál es en este momento el talón de Aquiles de Europa?

El talón de Aquiles de Europa es la persistencia de los nacionalismos estrechos, de los nacionalismos del pasado.

Y los americanos se sirven ampliamente de ellos para balcanizar a Europa. Los ingleses han practicado esta técnica durante 250 años en la India. Con tropas insignificantes han mantenido su dominación sobre un Imperio parcelado en razas, en religiones, en tribus.

Muchas cosas vuelven idiota al hombre ordinario.

El nacionalismo es uno de los medios de volver idiota a la gente, de bloquearla mentalmente, de fijarla en su pequeño nicho.

Las razas conquistadoras llevaban su patria en la suela de sus botas. Los vikingos que marchaban a la conquista no lloraban lágrimas de cocodrilo ante la idea de “perder sus raíces” en Dinamarca, en Suecia, en Noruega.

Son los pueblos fatigados, los pueblos desgastados, los más disponibles para hundirse en nacionalismos de “repliegue sobre sí mismo”. Celtas, vascos, han sido pueblos vencidos, rechazados. Las mejores tierras se destinaban a los vencedores. Las peores a los vencidos.

Aquí también hay que abrir un paréntesis científicos sobre el apego al territorio y sus consecuencias biológicas.

La dimensión geológica, la estrechez o la expansión del territorio, han marcado el desarrollo de la especie humana con relación a los antropoides.

Es Lorenz quien hace observar que “…nuestros parientes más próximos desde el punto de vista filético, los antropoides, son todos especialistas de los espacios vitales extraordinariamente estrechos, y el paso geográficamente hablando brutal de la forma primitiva muy estenoecética (con un espacio vital muy estrecho) al modo de vida opuesto, euryoecético (con un espacio vital muy extenso) del ser humano, sería perfectamente inexplicable sobre la base de los procesos extraordinarios de evolución de la especie”. Fin de la cita.

Lorenz recoge y refuerza aquí un concepto de Whitmann.

Lo que a nosotros, los humanos, nos ha permitido abandonar el estadio de los antropoides es la “apertura al mundo”, la curiosidad. Nos ha conducido a una extensión territorial incesante, a incesantes desplazamientos territoriales. Los monos no han abandonado su bosque de origen, su nicho ecológico habitual, han quedado prisioneros de un entorno “ideal” (ideal para sus comportamientos).

El hombre se ha adaptado a todos los terrenos, la montaña, la llanura, el pantano, el hielo, el bosque, el desierto. En todas partes el hombre, que es todavía hoy el “especialista de la no-especialización”, ha dominado y se ha elevado. Porque ha tenido que hacer frente a situaciones múltiples y desconocidas.

Los nacionalistas vascos, corsos, franceses o españoles son individuos de opción “estenoecética” (con un espacio vital estrecho y que no quieren dejar ese espacio).

Los pueblos conquistadores han escogido la opción euryoecética (con un espacio vital muy extenso y capaz de desplazarse hacia otro espacio vital). Este fue el caso de los germanos y los turcos, sobre todo.

Los vascos, los catalanes, los corsos, los valones y todos esos otros miserables dependen de la opción “koala”.

El koala es lo contrario del hombre conquistador.

No abandona su árbol, no come más que una sola clase de fruta.

Para mí, el nacionalismo europeo es un medio y no un fin.

Es un “medio del poder”.

Es también un continente en el que se podrá intentar la experiencia de la mutación controlada y decidida del hombre banal hacia el superhombre.

 

jean4

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