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PRIMER BURKA POR LAS CALLES DE LORCA

El día 2 de agosto de 2017, por la tarde, se pudo ver por primera vez en Lorca a una persona ataviada con velo integral islámico, caminando por la vía pública. Iba acompañada de un hombre de mediana edad vestido con túnica y gorrillo blanco, y barbado, señas de identidad del colectivo salafista. Ella –presumimos que era una mujer- iba cubierta completamente, desde la cabeza hasta los pies, por un manto de color negro, sin apertura para el rostro, que posiblemente dispondría de una rejilla para los ojos, pero que, desde el punto de vista de un espectador, era inapreciable, puesto que la sensación era la de estar viendo a una persona cubierta por un saco. En las manos llevaba guantes negros. Interesa señalar que la temperatura era de 33 grados.

El suceso es sintomático. Desde hace algunos años, se sabe que estaba cristalizando una pequeña comunidad islámica radical en el municipio. Pero hasta ahora no había hecho un alarde de exhibición pública como éste, de sacar a sus mujeres a pasear con el burka.

El aluvión migratorio de la primera década del siglo trajo, en la primera oleada, una gran masa de personas de religión musulmana, poco ideologizadas, principalmente varones con motivaciones exclusivamente laborales y económicas. El elemento argelino llegó antes pero fue rápidamente desbordado y sustituido por el colectivo de procedencia marroquí.

Ese primer contingente de inmigrantes tuvo que ser depurado, mediante la acción policial y judicial, de la morralla delincuencial que arribó a España aprovechando la porosidad de la frontera, el efecto llamada de la Administración Aznar y la benignidad de nuestro sistema penal.

Llegaron después, vía reagrupación familiar, las esposas y los hijos, y se organizó la colonia musulmana, fundamentalmente marroquí, de forma más o menos integrada pero sin que haya ocasionado incidentes sociales o con calado político. La segunda generación protagoniza actualmente el esfuerzo de asimilación y de construcción de su propia identidad islámico-española, no exento de enormes dificultades, de las cuales nos avisa la experiencia de otros países europeos.

Surgen ahora ciertas amenazas, que los analistas previeron y advirtieron al principio del proceso, pero que se han venido a manifestar casi veinte años después del inicio de la gran marea migratoria.

Como sucedió en Francia, Alemania y Holanda, nos encontramos hoy en España con los problemas de la segunda fase del fenómeno. Los que tienen que ver con la formación de estructuras sociales casi autárquicas, comunidades separadas, con comportamientos que desde el punto de vista europeo y dejando al margen el componente religioso, nos parecen sectarios y contrarios a los principios más básicos de nuestra civilización.

No es esa, ciertamente, la opción de la mayoría de los musulmanes que residen aquí. En Lorca, ciudad que nos sirve de referencia, el grueso de la comunidad de confesión islámica radicada en el municipio, no participa de doctrinas radicales e incluso, en determinadas familias, se aprecia una tensión de evolución adaptativa al paradigma occidental.

Pero el hecho es que ya hay en Lorca una comunidad socioreligiosa de tipo radical, conservadora o salafista, capaz de “desafiar” las convenciones sociales y mostrarse públicamente tal cual es, burkas incluídos.

El elemento de “reto” es importante. El musulmán conoce el entorno en que habita, sabe que la visión de la señora con burka a 33 grados por las calles de nuestras ciudades suscita un rechazo institivo en la población autóctona. Y sabe que pueden producirse reacciones. Todo está asumido en el desafío. Hay un componente de orgullo, de coherencia identitaria, de asunción de las consecuencias…todo aquello que está implícito en la fidelidad al dogma… hasta el martirio. El hecho en sí, por lo que conlleva de decisión individual, de envalentonamiento, de abandono de la fase anterior de “disimulo”, de poner pie en la calle para ganar terreno, de dar la “batalla” de la visibilidad y la normalización del burka, es suficiente para inspirar miedo.

El burka no es más que la expresión de un conglomerado ideológico-jurídico, el que configura la sharia. Si hay burkas por las calles, es que la sharia ya está siendo aplicada en nuestro territorio.

Por todo ello, nos pareció preocupante el encuentro con la señora del burka. Como una aparición fantasmal, premonitoria de conflictos y sufrimientos. Como un espectro amenazante.

Este es un texto difícil y comprometido. Hemos procurado ser respetuosos con la religión islámica y con los vecinos de buena voluntad que profesan esa fe y participan del proyecto común intentando convivir en paz y con respeto a las leyes. Procuramos ser responsables de nuestras palabras; ahora bien, lo que no vamos a hacer, llegados a este punto en que los burkas comienzan a circular por la calle, es rendirnos a la hipocresía de lo políticamente correcto. El burka por nuestras calles es una señal de alerta, una bengala en mitad de la noche, un toque de aviso. Y conviene que cada cual pase la voz de alarma.

Francisco Artero Montalván

 

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