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EL HOMBRE DE LA BANDERA

 

Hay imágenes que son el símbolo de una época y que expresan un espíritu y un talante mejor que los más elocuentes discursos. Esa imagen es la de un hombre, sereno y firme, que sostiene una bandera y que saluda militarmente al monumento en memoria de un héroe.

Quizá lo de menos sea que la bandera que enarbola es la de los Estados Confederados de América, que el uniforme que viste es el gris de los Caballeros del Sur y que el monumento al que rinde honores es el del General Lee en Charlottesville, monumento que los fanáticos y los resentidos quieren derribar.

Lo que hace que ese hombre, en ese momento, nos represente a todos los que no comulgamos con los dogmas globalistas del Pensamiento Único es la chusma que lo provoca y lo insulta. El hombre de la bandera está rodeado por una abigarrada fauna de progres, maricas, negros y feministas, la misma clase de gentuza que en latitudes más próximas también derriba monumentos de héroes y quita el nombre de mártires a calles y plazas. La escoria progre de siempre. La versión made in USA de los talibanes de la Memoria Histórica.

Frente a las provocaciones obscenas de la gentuza que busca, sin duda, el titular y la foto sensacionalista de la respuesta enérgica que merece, el hombre de la bandera confederada permanece impasible y digno en su actitud marcial.

En esa imagen, la de la gallardía y la nobleza frente a la provocación y el insulto, se resumen dos talantes y dos cosmovisiones antagónicas: la de los hombres de honor que defienden su Historia, su Raza, su Cultura y su Identidad frente a la masa amorfa, demagógica y vociferante que pretende imponer a golpe de piqueta su visión chata, multicultural, soez y degenerada de la sociedad.

Da igual que la estatua sea la del General Lee. Podría ser la de Yagüe, la de Onésimo, la de Muñoz Grandes, la de los Héroes de España en Melilla o la de Millán Astray. El hombre de la bandera es insultado porque representa lo que más odia la escoria que lo rodea.

Y porque es la prueba de que, por muchos monumentos que destrocen, por muchas calles que renombren y por mucha bilis que estos fanáticos destilen, los héroes siempre van a tener el mejor homenaje en el corazón de un patriota anónimo que enarbola una bandera frente a la chusma.

J.L. Antonaya

 

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