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EL TAMBOR DEL BRUCH

El 9 de febrero de 1808 el general del ejército napoleónico francés Guillaume Philibert Duhesne, invadió España entrando por Cataluña (por el paso de La Junquera, en Gerona) y a mediados de febrero ya había llegado a Barcelona.

Napoleón decía que se dirigían a Portugal, su enemigo declarado, por lo que las autoridades lo tenían como aliado. Pero, el pueblo llano mostraba una actitud reticente, ya que los catalanes aborrecían desde hacía siglos a los franceses por todas las tribulaciones que les habían causado guerra tras guerra. Además, en esta ocasión, lo que llegaban eran tropas de ideas anticlericales y revolucionarias que representaban la Francia de aquella época, y esa mentalidad chocó con los firmes sentimientos monárquicos y creencias religiosas de los españoles, lo que explica la tenaz resistencia de los catalanes al nuevo régimen francés.

Los franceses pasaron a gobernar Cataluña y esta entró en una crisis económica, principalmente por la interrupción del comercio con América.

A partir del levantamiento del Dos de Mayo en Madrid, habían ido apareciendo partidas de guerrilleros, formadas por soldados desertores y paisanos armados, que hostigaban a los franceses en cuanto salían al campo abierto. En Cataluña, la resistencia se vio favorecida por la existencia de la institución del Somatén (las milicias locales).

El 4 de junio de 1808, había salido de Barcelona una gran columna de tropas napoleónicas, con 3.800 hombres mandados por el general Schwartz, en dirección a Lérida y Zaragoza. La columna tenía la orden de pasar por Manresa (para castigar a los rebeldes por la quema del papel sellado) y por Igualada (por su situación estratégica en el Camino Real). Para llegar a Manresa, los franceses debían forzar el paso del Bruch, pero sorprendidos por un gran aguacero, tuvieron que refugiarse en Martorell.

Esta situación permitió ganar tiempo a los españoles y organizar la Batalla del Bruch. El ejército español estaba formado en parte por militares profesionales y en parte por paisanos voluntarios de los Somatenes catalanes de Manresa y su corregimiento, así como de Igualada, Tárrega y cercanías, en total eran unos 2.000 hombres dirigidos por el héroe Antonio Franch y Estalella, natural de Igualada y primer caudillo catalán en la guerra de la Independencia española.

La batalla tuvo lugar el 6 de junio de 1808 y las tropas españolas atacaron a las galas en una emboscada estratégica. El resultado fue la derrota de la columna francesa, con 300 hombres muertos y uno de sus cañones perdido al hundirse el puente de Abrera, cuando se retiraban en dirección a Barcelona.

Días después, el 14 de junio, tuvo lugar la 2ª Batalla del Bruch, mucho más importante desde el punto de vista militar y ya sin el factor sorpresa, donde las fuerzas francesas eran mucho más numerosas y estaban dirigidas por el general Joseph Chabran que era más experimentado. Los franceses llegaron al Bruch con dos columnas de ejército, una que avanzaba por Collbató y una segunda que seguía por la carretera, allí se enfrentaron a las fuerzas regulares (unos 1.500 soldados) y somatenes españoles, dirigidas por Joan Baget de los tercios de Lérida y de Tárrega, además de los regimientos suizos. Los defensores, que habían tenido tiempo de fortificarse, les recibieron con un nutrido fuego de la artillería española, que decidió la batalla a su favor. Los franceses, tras el enfrentamiento, retrocedieron de nuevo, dejando tras de sí nuevos saqueos y edificios incendiados en el Bruch.

Aquí es donde surge la historia del Tambor del Bruch (en catalán “el timbaler del Bruc”, también conocido como “El Niño del Tambor”)
La identidad del tamborilero era Isidre Lluçà i Casanoves, nacido en Sampedor (Barcelona) en 1791 y muerto en 1809.
El niño de la historia, era un pastor que no podía combatir por su edad, pero queriendo ayudar a su pueblo contra los franceses, toma un tambor de las cofradías y se pone a tocar. Los redobles del tambor fueron aumentando por el eco de las montañas de Montserrat, la reverberación del sonido del tambor hace que dé la impresión que son miles de tamborileros, creyendo la columna francesa de que les atacaban muchas más tropas españolas que las que en realidad había. Lo que oían eran las marchas propias de los Guardias Reales españoles, la élite de entre todos los regimientos de infantería, y en esa creencia de que les atacaban tropas verdaderamente profesionales, a los franceses se les encogió el ánimo, no fueron capaces de defenderse y se batieron en retirada.

Fue la primera victoria que España, gracias a los voluntarios catalanes, obtuvo sobre las armas de Napoleón que tenían fama de invencibles.

En Bruch (provincia de Barcelona), está erigida una estatua en honor a Isidre Lluçà i Casanoves, que memora además, las batallas ganadas a los franceses en los días 6 y 14 de junio de 1808.

En el monumento se encuentra una inscripción donde se lee:
“Viajero, para aquí, que el francés también paró, el que por todo pasó no pudo pasar de aquí”.

El tamborilero del Bruch tiene varios monumentos en el Bruch, en Sampedor y Barcelona.

ROSA M. CASTRO