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“EL COBARDE SÓLO AMENAZA CUANDO ESTÁ A SALVO”

Cataluña, 1934.

– 6 de octubre de 1934, sobre las diez de la noche llegaron a la plaza de la República dos secciones del primer Regimiento de Artillería de Montaña, al que precisamente pertenecía el golpista Pérez Farrás: las dos piezas iban protegidas por cincuenta artilleros de a pie, con mosquetón. Más tarde se le agregaron una compañía de Infantería y otra de ametralladoras del Regimiento núm. 10.

Al llegar los artilleros, el golpista comandante Perez Farrás, pistola en mano, salió al encuentro del comandante de Artillería señor Fernández Unzué, y le preguntó:
-¿ A dónde vais?
– A tomar la plaza y a apoderarnos de la Generalidad.
– No lo conseguiréis…
– Pues la lo veremos…
Al propio tiempo el también golpista capitán Escofet se dirigía a centro de la plaza, y enfrentándose a la fuerza que llegaba a ella, le gritó:
– ¡Alto a Cataluña!
– ¡Viva la República Española!- replicó el jefe de artillería.
Entonces el golpista Feréz Farrás dio la voz de fuego a sus fuerzas, que dispararon las primeras descargas contra la artillería.

A consecuencia de este primer choque cayó mortalmente herido el comandante de Estado Mayor señor Suárez y resultaron heridos en un hombro el capitán Künel y siete soldados, de los cuales uno falleció poco después y otro quedó en gravísimo estado.
Los artilleros a la vez, hicieron una descarga de fusilería, retirándose principalmente al interior del edificio el comandante Pérez Farrás el capitán Escofet y los Mozos de Escuadra.
Desde la generalidad, el Ayuntamiento, todos los terrados próximos y desde las calles adyacentes y por retaguardia, desde la Vía Layetana se hizo intensísimo fuego contra la tropa. Cayeron heridas algunas acémilas, y otras, al verse libres del ronzal, emprendieron fuga hacia el cuartel. Se dio orden a los soldados de que se guareciesen del intenso tiroteo, colocándose al abrigo de las fachadas. Mientras tanto, los oficiales convinieron en que para poder maniobrar las dos piezas de artillería era indispensable acallar el fuego de los terrados.
Y en efecto, el laureado capitán Lizcano de la Rosa llamó a una de las casa inmediatas. Le salió a abrir una anciana, y con ella subió hasta la azotea. Despojóse allí de gorra y guerrera, para quedar en mangas de camisa, como los “escamots” de la vecindad, y así, entre las sombras de la noche, sin despertar sospechas, pudo montar dos ametralladoras, con las que logró acallar el fuego de los terrados, circunstancia que aprovecharon los oficiales y soldados para montar en la calle las dos piezas de artillería y dispararlas contra la Generalidad y contra el Ayuntamiento.
Fácilmente, sin resistencia alguna, fueron tomados los terrados restantes por la tropa. Los “escamots” huían sin atreverse a resistir el cuerpo a cuerpo.
Abajo, en la plaza, se disparaban los cañones…

Imposible describir el efecto producido entre los golpistas que ocupaban la Generalidad ante el hecho de la colisión, disipadora de la última esperanza de los golpistas, quienes confiaban más en la traición ajena que en su propio valor.
Companys y sus consejeros, que durante cerca de una hora, a partir de la que Tauler les dio cuenta de su entrevista con el general Batet, habían estado inquietos, febriles, desasosegados, pendientes con el alma en un hilo de la decisión que éste tomara, al hallase ante la realidad para ellos tan triste, cayeron en su mayoría en el más mortal desconcierto y desaliento. Ordenaron apagar inmediatamente todas las luces, trasladaron el aparato de radio que les servía de comunicación con el público, desde el antiguo despacho del consejero de Gobernación a otro más resguardado, deambulaban por los pasillos y salones a oscuras o alumbrados por una vela y en el más lamentable y cobarde estado de inhibición mental. El ánimo de los que parecían los más esforzados empezó a decaer. Gassol, los hermanos Aguadé y demás elementos golpistas del Estado Catalán, que eran los que más habían coaccionado a Companys a violentar el buen sentido, estaban lívidos y descorazonados. Gassol, en un diván se mesaba los cabellos y se lamentaba cobárdemente de tan irreparable locura. Análogamente el secretario de Companys, Alavedra, se mostraba anonadado e increpaba miserablemente a quienes obligaron a Companys a realizar aquel acto tan catastrófico. Un mortal pesimismo y un tardío y cobarde arrepentimiento de apoderó de todos los golpistas. El retumbar del cañón les dio la certeza de que todos iban a sucumbir. Y la seguridad de una muerte cierta, sin gloria ni beneficio para nadie, puso pavor en todos los corazones.

Todos estaban derrumbados… pero Companys, que se vio atacado por una vena de locura destructora, llamaba por teléfono a los Círculos masónicos de Esquerra diciéndoles que salieran a la calle a arrebatar los fusiles a la Guardia civil y a los soldados, contestándole, que saliera él. Daba grandes voces de pánico animando a todos a morir resistiendo, a vender caras sus vidas, pero sólo eran gritos en un desierto de miedo y desesperación…..

A las dos de la madrugada se reanudó el cañoneo. El comandante Fernández Unzué había pedido dos morteros que fueron subidos al terrazo. Desde allí lanzaron dos proyectiles sobre la azotea de la Generalidad y la claraboya del Ayuntamiento, sin espoleta, a fin de que no causasen mucho daño. El continuo fuego de fusilería y algún cañonazo graduado “al mínimo” para hacer el menor daño posible, arrugó el poco ánimo que aún quedaba a los golpistas… De los 16 cañonazos que se dispararon esa noche en la plaza de la República, 11 lo fueron con pólvora sola o con granadas sin espoleta. El objetivo era asustar, y ello se logró plenamente, los cobardes se dieron a la fuga y en trance de disolución a los famosos “escamots” del “Ejercito Catalán”.

Allí quedaron, esparcidas por el suelo, las más ricas viandas y los licores más preciados… mientras los héroes del Golpe de Estado contra la República Española, huían junto a las ratas por las alcantarillas de Barcelona…..

En aquella ocasión les falló el calculo de masones significativos con los que podían contar en la guarnición de Barcelona. ¿Cuántos hay hoy?… y no sólo en Cataluña.

Lorenzo Feliu

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