UN CÓMIC FUTURISTA Y ANTIFASCISTA

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DON FADRIQUE DE TOLEDO

Don Fadrique de Toledo y Osorio nació en Madrid en 1580 en el seno de una familia de gran importancia en la historia de España.

Ingresó de muy joven en Armada Real combatiendo contra armadas turcas y berberiscas, iniciando una gran carrera naval que por su buen hacer y experiencia en combate le llevaría a alcanzar en 1618 el cargo de Capitán General de la Armada del Mar Océano.
Al mando de la escuadra, entabló numerosos combates contra holandeses, ingleses y berberiscos.
Entre sus hazañas, son dignas de mención su actuación en 1620, cuando cerró el canal de la Mancha a los holandeses y bloqueó las costas de Inglaterra, la batalla naval de Cabo San Vicente en 1621 donde derrotó a la armada de las Provincias Unidas de los Países Bajos y la batalla naval del Canal de la Mancha, en 1623, en la que venció nuevamente a la flota holandesa impidiendo que cruzara el canal y estableciendo un bloqueo sobre sus costas. Poco después derrota a una armada bereber en el estrecho de Gibraltar.

Por su carrera en la armada y sus victorias, el 17 de enero de 1624, el rey Felipe IV le otorga el titulo de Marqués de Villanueva de Valdueza.

En 1625 viajó a América, y con una flota de 26 navíos con 450 cañones y 3.500 soldados de desembarco fue enviado al mando de la expedición naval que debía recuperar la ciudad de Salvador de Bahía, ocupada por las fuerzas holandesas un año antes. Con una operación por tierra y por mar, el 1 de mayo de 1625, rinde la ciudad de Bahía y captura a miles de holandeses. Siguió con las operaciones militares desalojando a holandeses e ingleses de otros puntos de Brasil que habían invadido.

En posteriores misiones se apoderó de la isla de San Salvador y en 1629 venció a una flota corsaria en la isla de Nieves.
En 1629, cuando iba camino de América para escoltar los cargamentos de plata de la flota española, el general don Fadrique de Toledo, “el salvador de Brasil”, recibió órdenes de fondear en la pequeña isla caribeña de San Cristóbal y expulsar a los ingleses y franceses que la habían ocupado ilícitamente. Bastó un pequeño ejército y una rápida intervención para que el militar español pusiera en fuga a los intrusos al quemar sus plantaciones de tabaco, y restableciera así la soberanía española sobre este pequeño territorio de las Antillas.

Sus acciones le granjean una gran fama, dedicándosele obras de teatro y poesías, y su poder iba en aumento, eso le hizo chocar directamente con el autoritarismo del Conde-Duque de Olivares. En 1634, el de Olivares para alejarlo de la Corte le quiso enviar a América a recuperar la plaza de Pernambuco y otras plazas ocupadas 4 años antes por una inmensa armada holandesa que traía hasta 7.000 hombres de desembarco, pero don Fadrique no aceptó la misión por su estado de salud y por la disposición y el estado de la flota.
El Conde-Duque le envió una carta en la que entre otras cosas le echaba en cara que: “había ganado en el servicio del rey caudal y honores”, a lo que don Fadrique le contestó: “que había servido a S. M. gastando su hacienda y su sangre y no hecho un poltrón” (lo cual era cierto porque nunca cobró nada y en más de una ocasión, había pagado de su dinero desde sueldos a reparaciones de los buques).
La reacción de Olivares fue la de acusarle por desobediencia, y se le formó un Consejo de Guerra que lo apartó, humilló y castigó a una vida de penuria y descrédito, condenándolo a destierro y perdida de honores y mercedes con confiscación de bienes, siendo en principio encarcelado en su propia casa, pero solo una noche, pues a la mañana siguiente lo encarcelaron en Santa Olalla (Toledo).

La salud del hombre que desempeñó un papel de primera importancia durante la conquista de América, se fue deteriorando rápidamente y el que fuera el mejor marino español de su época murió en Madrid, el 10 de diciembre de 1634, prácticamente en la miseria, por no cumplir la misión que Olivares exigía. Al día siguiente se expuso su cuerpo en el salón de entrada de su casa, se veía de medio cuerpo hacia arriba y entre sus manos, el crucifijo y su bastón de mando, como General de la Mar que era. El pueblo, que le apreciaba mucho, comenzó a acudir en masa a presentar sus respetos, pero enterado el Conde-Duque, ordenó a su guardia que acudiera al lugar y evitara que se celebrara nada. La casa estaba llena de gente que se vio sorprendida por la entrada de la guardia que les obligó a desalojar y cerrar las puertas, llevando sus restos a escondidas al Real Colegio de la Compañía de Jesús donde, tras una Misa, fue sepultado.

La caída del conde duque de Olivares en 1643 se tradujo inmediatamente en la rehabilitación de la memoria de uno de los más valientes y destacados capitanes generales que tuvo la armada española, siéndole devueltos a su familia todos los títulos, honores y dignidades, que D. Fadrique con tanto esfuerzo había conquistado en vida.

ROSA M. CASTRO