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LA BANDERA DE ESPAÑA

 

Los estandartes semejantes a banderas utilizados por los legionarios romanos, durante el dominio de la península ibérica por Roma, fueron las primeras insignias empleadas en España.

Los visigodos siguieron utilizando este tipo de estandartes rígidos con alguna clase de paño; pero no fue sino hasta la invasión islámica cuando se comenzaron a utilizar lo que actualmente conocemos como “banderas”, que eran guiones y estandartes representativos de los linajes o casas reales de reyes y señores, más que de territorios o naciones.

Las primeras divisas asimilables a banderas de carácter “nacional” de España son los modelos que se utilizaron en el siglo XVI, tras el matrimonio de Juana I de Castilla (hija de los Reyes Católicos) con el archiduque de Austria, Felipe «el Hermoso».
Felipe era hijo de María de Borgoña y ostentaba el Aspa de Borgoña (Cruz de San Andrés) en los uniformes y banderas de su séquito, por lo que este emblema se introdujo en las banderas españolas de la época, y así la Cruz de Borgoña se convirtió en el símbolo de España, aunque sufriendo ligeras variaciones con cada rey (Felipe II dispuso que el paño blanco donde se situaba la cruz se cambiara al color amarillo).

Al llegar al trono de España el primer rey de la Casa de Borbón, Felipe V, instauró la bandera blanca borbónica con el escudo de Armas Reales en el centro, y el Cuerpo de Navíos de la Armada española la adoptó para sus 3 Escuadras (con bases en Cádiz, Ferrol y Cartagena) por Real Orden de 1732.

El problema que presentaba la bandera con fondo blanco era el de poder reconocerla en el mar, pues países de media Europa tenían banderas muy parecidas.
Los reinos gobernados por la dinastía de los borbones, como Parma, Nápoles, Francia, Toscana, o Sicilia, también empleaban el color blanco borbónico como color de fondo. Los buques ingleses utilizaban la bandera blanca con la Cruz de San Jorge, y los buques mercantes y corsarios también enarbolaban banderas blancas con la Cruz de Borgoña en rojo.

Si ya era un inconveniente no distinguir la bandera de un barco si no había un buen viento que ayudara a identificarla o hasta no estar lo suficientemente cerca para hacerlo, en tiempos de guerra esta situación preocupaba a nuestros marinos, pues en las batallas las embarcaciones no podían atacar hasta estar bien seguras de si el contrario era enemigo o aliado.

Los mandos de la Armada española insistieron en que había que cambiar la bandera de los navíos, pues era lo que aconsejaba su experiencia en el mar, y fue esa necesidad naval el origen de la actual bandera de España.

El rey Carlos III encargó al Secretario de Estado y del Despacho Universal de Marina (Ministro de Marina), Antonio Valdés y Fernández Bazán, que creara una bandera nueva para uso naval. Valdés organizó un concurso de diseño de banderas para los buques de guerra de Su Majestad y eligió los 12 bocetos que más le gustaron. Después, se los presentó a Carlos III para que escogiese el diseño final. Tras un estudio de todos los diseños presentados, el rey optó por una bandera con 3 franjas, roja, amarilla y roja, por ser muy llamativa en el mar. Pero, hizo una modificación en las proporciones de las franjas, quiso que la central amarilla fuese el doble de ancha que las franjas rojas, ya que en el mar, con la distancia, la faja amarilla podría no verse claramente y parecer que toda la bandera era roja.
Y el diseño elegido se convirtió en la bandera de la Real Armada española para los buques de guerra por Real Decreto dado en Aranjuez el 28 de mayo de 1785:

“Para evitar los inconvenientes y perjuicios, que ha hecho ver la experiencia puede ocasionar la Bandera Nacional, de que usa mi Armada naval, y demás embarcaciones españolas, equivocándose a largas distancias, o con vientos calmosos con las de otras naciones, he resuelto que en adelante usen mis buques de guerra de bandera dividida a lo largo en tres listas, de las que la alta y la baja sean encarnadas, y del ancho cada una de la cuarta parte del total, y la de en medio amarilla, colocándose en esta el escudo de mis Reales Armas reducido a los dos cuarteles de Castilla, y León con la Corona Real encima; y el gallardete con las mismas tres listas y el escudo a lo largo, sobre cuadrado amarillo en la parte superior. Y que las demás embarcaciones usen, sin escudo, los mismos colores, debiendo ser la lista de en medio amarilla, y del ancho de la tercera parte de la bandera. Y cada una de las restantes partes dividida en dos listas encarnada, y amarilla alternativamente, todo con arreglo al adjunto diseño. No podrá usarse de otros pabellones en los Mares del Norte por lo respectivo a Europa hasta el paralelo de Tenerife en el océano y en el Mediterráneo desde primero de año de 1786: en la América Septentrional desde principio de julio siguiente; y en los demás mares desde primero del año de 1787. Trendréislo entendido para su cumplimiento.
Señalado de mano de S.M. en Aranjuez a 28 de mayo de 1785. A D. Antonio Valdés.”

Así, la bandera ganadora del concurso empezó a utilizarse en los buques de guerra y mercantes, ampliándose, por las Reales Ordenanzas de la Real Armada de 1793, su uso a las Plazas y Castillos marítimos y otros establecimientos de la Armada, como arsenales, astilleros, cuarteles, observatorios, Escuelas de Guardiamarinas, puertos y fuertes de la Marina y costas custodiados por el ejército español.

Su sucesor, el rey Carlos IV, implantó también para el Ejército de Tierra la bandera “rojigualda” (“Gualda“ son unas hierbas del género Reseda, que se cultivaban para obtener el tinte amarillo utilizado).

Con el tiempo la bandera se hizo muy popular y durante la Guerra de la Independencia Española (1808-1814), el fervor patriótico del pueblo contra el invasor francés, hizo que los españoles la hicieran suya, aunque fuera una bandera del Ejército.
Los colores rojo y gualda fueron empleados por el pueblo y para banderas de enganche de voluntarios, llegando a ser oficializados como colores de las Cortes de Cádiz y de la milicia nacional.
Llegó a hacerse tan querida y respetada, que la reina Isabel II, abandonando la blanca, declaró a la “rojigualda” bandera nacional española en el Real Decreto de 13 de octubre de 1843, ordenando que todas las unidades militares españolas utilizaran la misma bandera (Art. 1.º “Las banderas y estandartes de todos los cuerpos e institutos que componen el Ejército, la Armada y la Milicia nacional serán iguales en colores a la bandera de guerra española, y colocados estos por el mismo orden que lo están en ella”).

Desde ese momento se han mantenido invariables los colores de la bandera española hasta nuestros días. Ni la I República Española alteró los colores de la bandera, la única excepción tuvo lugar en el corto paréntesis que supuso el periodo de la II República (1931-1939) en que se diseñó una bandera con las 3 franjas del mismo ancho, sustituyendo la segunda franja roja por una en color morado.
La inclusión del tercer color buscaba el reconocimiento al pueblo de Castilla como parte vital de un nuevo estado, bajo el supuesto de que los colores rojo y amarillo representaban a los pueblos de la antigua Corona de Aragón, y para que el morado fuera un homenaje a los comuneros de Castilla, creyendo –erróneamente– que la bandera de Castilla había sido morada, cuando el color emblemático de los Comuneros de Castilla, fue siempre el carmesí (los comuneros, en la Guerra de las Comunidades de Castilla contra el rey Carlos I entre 1520 y 1521, en sus enseñas usaron cruces rojas contra las blancas imperiales, y nunca el color morado como emblema).

La actual bandera española se basa en el mismo diseño que fue adoptado como pabellón nacional de España en 1785, hace más de 2 siglos.

ROSA M. CASTRO