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EL REINO DE CERRO BELMONTE

Cerro Belmonte, barrio del distrito de Valdezarza (Madrid), contaba con poco más de 200 habitantes, mayoritariamente personas mayores. Estaba limitado por la autopista de Sinesio Delgado y lindaba por una parte con la calle Villaamil y con la zona de Peña Chica por la otra. Se trataba de un barrio de amplias viviendas de planta baja con algo de terreno, casi un pequeño pueblo dentro de una gran ciudad.

El 29 de marzo de 1989, el Pleno del Ayuntamiento de Madrid aprobó la expropiación forzosa de las fincas de Cerro Belmonte para construir una colonia de chalés adosados.
Los vecinos comenzaron a recibir las notificaciones a comienzos de abril, enterándose indignados, que les iban a pagar la cantidad irrisoria de 5.018 pesetas por metro cuadrado para realojarlos en bloques de pisos de 40 metros cuadrados en zonas como Vallecas o Villaverde, muy lejos de su barrio.

Era la época del “boom” inmobiliario, y junto a Cerro Belmonte, una inmobiliaria ofrecía pisos de 90 metros cuadrados a precios que rondaban los 20 millones de pesetas. Los vecinos sospechaban que la expropiación de sus terrenos, más barata al tratarse de viviendas unifamiliares, pudiera ir seguida de recalificaciones para construir pisos en altura. Las familias de Cerro Belmonte decidieron que por menos de 200.000 pesetas por metro cuadrado, no se moverían de allí, salvo que fueran realojadas en los nuevos chalés adosados.

Miguel Ángel Blesa, adjunto al gerente de Urbanismo del Ayuntamiento de Madrid, en unas declaraciones decía que se limitaba a cumplir las indicaciones del Plan General de Madrid y así zanjaba el asunto, el alcalde, Agustín Rodríguez Sahagún, no les recibía y no conseguían hablar con ningún alto cargo municipal.

Los vecinos de Cerro Belmonte no estaban dispuestos a que los echaran de sus casas contra su voluntad por cuatro duros, y comenzaron su lucha con cortes de calles (2 vecinos resultaron heridos leves al saltarse un vehículo la barricada), el encierro en una parroquia de la calle Atocha, una manifestación frente a la casa del alcalde, hasta una huelga de hambre llevada a cabo por 69 ancianos (con la consiguiente amenaza de llevar el caso al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo).
El 17 de julio de 1990, los vecinos de Cerro Belmonte al ver que no conseguían nada, llevaron su revuelta a la puerta del Consistorio, con pancartas contra el alcalde: “Sahagún, te vas a ver como el betún para sacarnos”.

Entre los afectados se encontraban los padres de una abogada, Esther Castellanos, que se convirtió en el auténtico cerebro de la protesta.
Como el Ayuntamiento seguía negándose a negociar, y en ese momento España mantenía un conflicto diplomático con Cuba, a la abogada se le ocurrió acudir con varios vecinos a la embajada cubana en Madrid para entregar una carta pidiendo asilo político al régimen castrista. Lo que solo pretendía ser un acto simbólico, se les acabó yendo de las manos… al día siguiente pasó a recogerla un coche y la llevó a la embajada cubana, allí le preguntaron cuántos de los vecinos se irían a vivir a Cuba.
Unos españoles mudándose a Cuba era un contraataque propagandístico perfecto para Castro, que en uno de sus discursos dedicó más de 20 minutos al barrio de Cerro Belmonte, hablando de la opresión del gobierno español, de revolución, de la lucha de los vecinos, de héroes y mártires…

La abogada reconoció entonces que aquello de pedir asilo político había sido una maniobra de marketing y visibilidad para negociar unas expropiaciones, pues nadie en el barrio tenía pensado irse a vivir a Cuba. Al final, la abogada negoció que los vecinos visitarían Cuba, siempre y cuando los gastos del viaje y la manutención corriesen a cargo del gobierno cubano. Aquello no fue un problema, Castro compró 25 pasajes para que los “rebeldes” de Cerro Belmonte visitasen La Habana a mediados de agosto (y así coincidir con el cumpleaños de Fidel, que era el día 13).

A los pocos días se celebró un sorteo en el barrio que determinó qué 25 personas viajarían a Cuba, los agraciados eran principalmente de avanzada edad, aunque también había una niña de 10 años.
El 12 de agosto de 1990 aterrizó en el aeropuerto de La Habana, previa escala en Canadá, el vuelo procedente de España. El gobierno castrista lo recibió en el pabellón de autoridades, como a los jefes de estado. Fidel Castro les esperaba en el Palacio de la Revolución, y tras un almuerzo privado de 4 horas, les regaló puros, libros, se hizo fotos con ellos y les ofreció casas, trabajo y asilo político, pero esto no convenció a ningún vecino, pues a los de Cerro Belmonte les gustaba más España. El dictador cubano, al despedirse de ellos, aconsejó a los litigantes que buscasen el apoyo de otros sectores sociales y la solidaridad de América Latina.

Ya de vuelta en Madrid, los vecinos vieron que el Ayuntamiento seguía sin ceder, y no entendían que les recibiera el jefe de Estado de un país extranjero y su alcalde no lo hiciera. Pero habían adquirido protagonismo con su viaje a Cuba, casi todos los medios de España se habían hecho eco del desafío independentista a España y de la respuesta de Cuba. La prensa cubana hablaba de Cerro Belmonte, el diario ABC se hacía eco de la noticia y el diario Egin les entrevistaba a menudo en su canal de radio. Había llegado el momento de desarrollar la otra parte del proceso independentista de Cerro Belmonte: el referéndum para proclamar la independencia

El referéndum se celebró la primera semana de septiembre en casa de Desideria Becerril, una de las vecinas más ancianas del barrio. Las urnas eran de cartón y las papeletas se hicieron a mano. El censo electoral de Cerro Belmonte y aledaños era de 214 personas y en el referéndum salió independencia con un resultado de 212 a 2. Los disidentes fueron 2 vecinos mayores que no acababan de ver claro aquello de montarse un país por su cuenta, pero respetaron la voluntad del barrio y así se constituyó el “Reino de Cerro Belmonte”, un reino sin rey (lo de “reino” fue porque ese fue el nombre que más le gustó a la gente). El nuevo reino aglutinaba también el “Principado de Villaamil” y el “Condado de Peña Chica”.

Los vecinos cerraron fronteras con unas vallas de obra, cortaron la circulación en las calles principales y montaron tiendas de campaña en el campo de fútbol, donde hacían guardia (en aquel momento intervinieron los agentes de la Policía Municipal, pero hacían la vista gorda con los ancianos).

Durante la semana de la independencia, en Cerro Belmonte dotaron al nuevo país de elementos de identidad propia. Lo primero que hicieron fue diseñar una bandera, la tela la cedió un vecino y el diseñador de la bandera fue Gregorio Bravo Becerril, el hijo de Desideria, que era delineante. Así nació la bandera de Cerro: 3 franjas horizontales, roja, blanca y roja (“roja por la lucha y blanca porque el Ayuntamiento pretende dejarnos sin blanca”), con un triángulo blanco en un lado (como la de Cuba o la Estelada) y en el centro, una de las estrellas de la bandera de Madrid, que decidieron “robar” para ellos, (llegaron a presentar una instancia en la Comunidad, exigiendo que quitasen una de las 7estrellas de la bandera madrileña, porque se la habían llevado ellos).

El diseñador de la bandera también fue el encargado de emitir la moneda y creó una divisa llamada “belmonteño”. Cada billete valía 5.018 pesetas, que era el precio que el Ayuntamiento quería pagar a los vecinos por metro cuadrado. El billete estaba impreso en papel normal, no en papel moneda, y tenía dibujado el mapa del barrio por una cara y la estrella expropiada a Madrid por la otra.

Y como todo buen reino, también tenía Constitución, que fue redactada por el mismo que diseñó la bandera y los billetes. Se aprobó el 12 de septiembre de 1990. En su artículo primero, abogaba por la FELICIDAD (en mayúsculas en el documento original) de sus habitantes. También concedía asilo político a todas las personas que se considerasen maltratadas por el Ayuntamiento de Madrid.

El sostenimiento de la economía del nuevo reino nunca fue un problema para los vecinos: el barrio estaba limitado por un extremo por la autopista de la calle Sinesio Delgado y tenían claro que instalando un peaje ahí, los ingresos entrarían a espuertas.
Todos estos símbolos se presentaron cuando se celebró la gran Fiesta por la Independencia en el campo de fútbol, a la que no faltó ningún vecino. Los invitados de honor fueron los funcionarios de la embajada de Cuba en Madrid, aquellos que les gestionaron el viaje a La Habana. Uno de los momentos más emotivos de la noche fue la presentación del himno de Cerro Belmonte.
El himno lo compuso Juan Carlos Parra, “Podrido”, vocalista del grupo “Kaduka 92”, que eran unos punkis que vivían en el barrio y habían montado una banda. La letra que escogieron era sencilla: “No queremos pan, no queremos vino, queremos al alcalde ‘colgao’ de un pino” (puro punk hardcore).

La fiesta fue un éxito, no sólo de asistencia si no repercusión. Empezó a correr como la pólvora que aquellos rebeldes madrileños se habían independizado y comenzaron a reclamarlos medios de todo el mundo. El Times Magazine les dedicó un amplio reportaje, Der Spiegel de Alemania les dio una página entera y la BBC les entrevistó en el programa “Wicked world”, el diario Egin los sacaba en portada y los medios españoles los llevaban a los programas matinales. Incluso recibían llamadas de personas en el extranjero que se ofrecían para ser “cónsules” de Cerro Belmonte y llevar así las relaciones diplomáticas exteriores.

La última medida adoptada por los cerrobelmonteños fue dirigirse a la ONU para que reconociesen la independencia del nuevo estado. Pero no hizo falta seguir con el plan, finalmente el Ayuntamiento se dio por enterado, pues la repercusión mediática aconsejaba sofocar el conflicto con diálogo.
El Ayuntamiento de Madrid se puso en contacto con los vecinos a finales de septiembre para comunicarles la rendición del Ayuntamiento: Cerro Belmonte había ganado.
El barrio salía de aquel Plan urbanístico y las expropiaciones quedaban sin efecto. La zona se incluiría en el siguiente Plan, lo que daba tiempo a los vecinos a negociar de forma individual sus terrenos con constructoras privadas, consiguiendo unas cotizaciones mucho mejores. Además, el realojo de los vecinos se hizo en pisos nuevos del mismo barrio o alrededores, no en Vallecas y Villaverde como estaba previsto.

El gobierno de Cerro Belmonte y aledaños derogó la independencia y volvió a unirse a España, de la que nunca quiso separarse.

ROSA M. CASTRO