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ACERTIJO

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100 AÑOS DE LA DECLARACIÓN BALFOUR

2 de noviembre de 1917 – 2 de noviembre de 2017

Mucho se está recordando el centenario de la Revolución Rusa. Desde hace meses las estanterías de la sección de Historia de las librerías están llenas de ensayos sobre este aniversario, en periódicos y revistas han aparecido multitud de artículos y se han celebrado congresos y conferencias en instituciones de todo el mundo. Lo cual es lógico, pues la Revolución Rusa de 1917 fue uno de los acontecimientos históricos más decisivos de la Historia.

Sin embargo también este año es el centenario de la Declaración Balfour que se firmó el 2 de noviembre de 1917, tan solo 5 días antes de que tuviese lugar el mitificado asalto al Palacio de Invierno de San Petersburgo que supondría el pistoletazo de salida de la Revolución Bolchevique.

Pero, a diferencia del centenario de la Revolución, el 100 aniversario de la Declaración Balfour está pasando bastante desapercibido de forma injusta, porque también se trata de un acontecimiento histórico decisivo.

Aunque menos conocidas, las consecuencias a nivel mundial de la Declaración Balfour no son menos trascendentales que las de la Revolución Rusa, ni menos terribles. Pero mientras lo que supuso la Revolución en el devenir de la Historia es bien conocido, lo que supuso la Declaración Balfour apenas se recuerda. El hecho de que la primera afectase de forma directa y en primer lugar a Europa y que los efectos de la segunda se desplegasen en Oriente Medio explica en parte esta percepción sesgada.

Pero no debemos olvidar que mientras el orbe comunista se ha derrumbado casi por completo, el sionismo sigue vivo y, en gran medida gracias a la caída del comunismo, con muy buena salud. Y tampoco debemos perder de vista que, sin lugar a dudas, el sionismo es el causante, no único pero sí necesario, de todas las guerras que han devastado Oriente Medio en los últimos años, incluyendo el nacimiento y ascenso del yihadismo. Es seguro que ninguna de las terribles convulsiones que azotaron y azotan esta estratégica zona del planeta habría tenido lugar sin la Declaración Balfour.

¿Por qué a finales de 1917 Gran Bretaña, que al frente de su vastísimo Imperio era la nación más poderosa e influyente del mundo, se implicó en dar al sionismo el espaldarazo que este movimiento llevaba años intentando conseguir infructuosamente? Veamos brevemente el contexto en el que se gestó esta trascendente declaración.

En el verano de 1917 la Primera Guerra Mundial había entrado en su tercer año y el panorama no pintaba nada bien para los británicos y sus aliados franceses y rusos. En marzo había caído el Zar Nicolás II y Rusia entró en una fase de inestabilidad política cuyas consecuencias nadie podía prever. El Gobierno Provisional se comprometió a continuar la guerra contra Alemania, pero las presiones de los bolcheviques, partidarios de salir de la contienda casi a cualquier precio, no auguraban nada bueno para británicos y franceses. En julio la última gran ofensiva rusa fracasó estrepitosamente, lo cual minó el prestigio del Gobierno Provisional y dio alas a las facciones más extremistas partidarias de la paz. Si los rusos capitulaban los alemanes podrían enviar al frente occidental a una gran parte de las divisiones del frente oriental. No obstante, la caída del Zar iba a facilitar la entrada en la guerra de los Estados Unidos. Uno de los principales escollos para que los norteamericanos acudiesen en auxilio de los aliados era el régimen zarista. El “lobby” judío americano, que ya era enormemente influyente, se oponía con todas sus fuerzas a apoyar la entrada en la guerra de los Estados Unidos en calidad de aliados de un régimen manifiestamente antisemita, como sin ninguna duda lo era el del Zar Nicolás II. La revolución de marzo que supuso la abdicación del Zar y la formación de un Gobierno Provisional burgués reformista allanaría el camino a la entrada en la guerra de los yanquis. Efectivamente, el 6 de abril, tan solo 21 días después de la caída de la dinastía Romanov, los Estados Unidos entraban en la guerra.

Aunque la declaración de guerra de los Estados unidos al Reich alemán era para los británicos una excelente noticia, en Whitehall no lanzaban las campanas al vuelo. En aquel comienzo de la primavera de 1917 el Ejército de Tierra de los Estados Unidos era una fuerza insignificante, con menos 150 mil hombres en armas. El gobierno británico sabía que pasarían meses antes de que sus nuevos aliados del otro lado del Atlántico hubiesen levantado un ejército digno de tal nombre y pudiesen desplegarlo en el frente occidental y temblaban ante la posibilidad de que el Gobierno Provisional ruso cediese a las presiones de los sectores más radicales y abandonase la guerra, liberando así a 50 divisiones alemanas que se podían lanzar sobre el Oeste. Si los rusos se salían de la guerra antes de que los norteamericanos estuviesen en condiciones de intervenir, todo podría estar perdido.

Es en este contexto en el que se debate y se va fraguando la idea que finalmente se plasmaría en la Declaración Balfour.

Los patricios victorianos que en 1917 gobernaban el más extenso imperio del planeta estaban convencidos de algo que actualmente podría conducir a la muerte civil a cualquier persona que lo hiciese público. A saber, que los judíos de los Estados Unidos y de la Rusia revolucionaria tenían un enorme poder capaz de influir decisivamente en las decisiones de política internacional de los gobiernos de estas naciones. Los dirigentes británicos eran conscientes de que los judíos estaban absolutamente sobrerrepresentados en las altas esferas de los partidos revolucionarios marxistas de Rusia. Y no ignoraban que estos judíos rusos contaban con las simpatías y el apoyo económico y propagandístico de los judíos capitalistas, también escandalosamente sobrerrepresentados en las altas esferas de los Estados Unidos, porque a unos y a otros les unía un sentimiento, el odio a la antisemita Rusia zarista.

Las élites dirigentes británicas de la época, los patricios victorianos a los que antes me referí, mantenían desde largo muy buenas relaciones con los muy acaudalados patricios judíos británicos y comenzaron, a través de ellos, a tantear la posibilidad de tener un gesto muy llamativo a favor de la causa sionista con una doble finalidad: que los judíos norteamericanos se implicasen en acelerar los preparativos de su gobierno para una rápida entrada en la guerra de los Estados Unidos y que los judíos revolucionarios rusos estratégicamente situados en las cúpulas de los partidos marxistas partidarios de la salida de la guerra presionasen para evitarla. La señal era clara. La victoria aliada era necesaria para que Gran Bretaña pudiese arrebatar a los turcos Palestina y crear allí el ansiado Hogar Nacional Judío, el principio de la culminación del sueño sionista.

Los contactos para llegar a un acuerdo con los sionistas sobre la creación del Hogar Nacional Judío en Palestina comenzaron en el verano de 1917. Y en todo momento las conversaciones tuvieron lugar a tres bandas: los líderes del Movimiento Sionista, representantes del Foreign Office británico y representantes del gobierno norteamericano. Desde el primer momento los británicos quisieron contar con el apoyo del presidente Wilson, cosa que no consiguieron oficialmente hasta octubre. Hubo muchas reuniones y se elaboraron cinco borradores de la declaración durante los tres meses y medio de negociaciones en la que intervinieron líderes sionistas británicos como Lord Rothschild o norteamericanos como Louis Brandeis, judío de origen checo que era Juez de la Corte Suprema de los Estados Uidos y asesor personal del presidente Wilson y destacados dirigentes del Foreign Office, incluido su máximo dirigente, el escocés Lord Balfour.

Finalmente, el 2 de noviembre, vio la luz este documento que iba a suponer el origen de innumerables problemas, conflictos y a generar la radicalización de grandes masas de musulmanes en gran parte del planeta.

Foreign Office,
2 de noviembre de 1917.

Estimado Lord Rothschild:
Tengo el placer de dirigirle, en nombre del Gobierno de Su Majestad, la siguiente declaración de simpatía hacia las aspiraciones de los judíos sionistas, que ha sido sometida, y aprobada, por el Gabinete:
«El Gobierno de Su Majestad contempla con beneplácito el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo, entendiéndose claramente que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatus político de los judíos en cualquier otro país».

Le quedaré agradecido si pudiera poner esta declaración en conocimiento de la Federación Sionista.

Sinceramente suyo,
Arthur James Balfour

En fin, como dejó escrito el intelectual israelí Ilan Pappé,

“En 1917, cuando Lord Balfour, el entonces ministro de Relaciones Exteriores Británico, prometió al movimiento sionista la creación de un hogar nacional para los judíos en Palestina, abrió la puerta al conflicto interminable en el que pronto se hundirían el país y sus gentes.”

Y yo añado, y que arrastró al hundimiento a la mayoría de las naciones y las gentes de Oriente Medio y de parte del Norte de África.

RINDFLEISCH