(VÍDEO): MARCHA DE LAS ANTORCHAS 2016

MARCHA DE LAS ANTORCHAS 2016       Continuar >>

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UN CÓMIC FUTURISTA Y ANTIFASCISTA

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LA GUERRA DE LAS ALPUJARRAS

Los Reyes Católicos, a comienzos del siglo XVI, ofrecieron a los mudéjares dos opciones: o se marchaban de España o se convertían al cristianismo. Con la esperanza de que se cristianizasen, los moriscos de Granada habían recibido ventajas excepcionales, pero ellos seguían confiando en una vuelta al “Al Ándalus” (los moriscos son estos mudéjares conversos o los descendientes de ellos).

Las concesiones que se les hicieron no funcionaron como medio de integración, pues los moriscos mantenían su religión, la lengua árabe, sus ritos, vestimentas y costumbres, festejaban las victorias turcas y colaboraban con la piratería berberisca.
En 1500 se habían rebelado en Granada, con ayuda africana, y muchos practicaban el bandolerismo, y en 1505 Elche, Alicante y Málaga sufrieron serios ataques.

Ante el peligro que representaban, en 1526 la Junta de la Capilla Real de Granada da una normativa exhaustiva que regula la vida y convivencia de los moriscos entre los cristianos, acordando la prohibición de todos los elementos distintivos de los moriscos (la lengua, los vestidos, los baños, las ceremonias de culto, los ritos que las acompañaban, las zambras, etc.), pero los moriscos recaudaron dinero para que Carlos I suspendierá este Decreto durante 40 años y el Emperador lo dejó en suspenso a cambio de los 80.000 ducados que le entregaron los moriscos granadinos.

Actuando los moriscos como informadores, los piratas turcos trastornaban el comercio del levante y el sur mediterráneo andaluz. En 1535 el pirata Aruch Barbarroja tomó y saqueó la ciudad de Mahón, y su hermano Jairedín sitió Baleares. Almuñécar y Valencia fueron atacadas y sus habitantes tomados como esclavos.
En los asaltos a tierra saqueaban poblaciones y secuestraban a hombres, mujeres y niños, a las mujeres las llevaban a los harenes, a los niños les reeducaban en el islam, y los hombres les servían como esclavos o para ser rescatados a alto precio, hasta el punto de que algunas órdenes religiosas, como los Mercedarios (fundada en Barcelona en 1218), se especializaron en pagar rescates (muchas iglesias españolas conservan aún los hierros del cautiverio, ofrecidos por quienes lograban volver).

En 1558 desembarcaron en Nerja 4.000 musulmanes y arrasaron Ciudadela (Menorca), donde hicieron 3.000 cautivos, y dejaron deshabitada Formentera; en 1559 asaltaron el Castillo de Fuengirola; en 1563 el pirata turco Dragut devastó las costas de Granada y marchó con 4.000 cautivos; en 1565 derrotaron a las tropas españolas en Órgiva y capturaron a muchos hombres… Las ciudades norteafricanas albergaban miles de cautivos, 20.000 en Túnez y más de 30.000 en Argel.

Los contraataques no tenían éxito, en 1560 se perdieron decenas de galeras y 10.000 hombres en la ocupación de los Gelves ante la flota del almirante turco Pialí Bajá. Felipe II decidió entonces construir una flota realmente fuerte en los astilleros de Barcelona, Sicilia y Nápoles, pero en 1562 una tempestad hizo naufragar gran parte de ella en la costa granadina y dejó temporalmente inerme el litoral español.

En 1563 España fracasó en el asalto al peñón de Vélez de la Gomera, tras lo cual los berberiscos saquearon la costa de Andalucía oriental y levante hasta Valencia y el 18 de mayo de 1565 los turcos asaltaron Malta (base de la orden de San Juan y punto estratégico clave para el dominio del Mediterráneo occidental), pero para entonces Felipe II ya había logrado armar una flota de 100 galeras, y los Caballeros de Malta resistieron durante 4 meses, dando tiempo a llegar a la escuadra de García de Toledo, que derrotó a los otomanos (en el que fue llamado “El Gran Rescate” del ejército español). Este y el rechazo del ataque turco a Orán, en 1563, fueron los únicos éxitos importantes de los cristianos en un largo período de tiempo.

Entre la población española llegó a cundir el pánico, ya que en Granada los moriscos superaban en número a los cristianos, y en las costas levantinas llegaban a un tercio de la población. El arzobispo de Granada, Pedro Guerrero, que estaba convencido de que los moriscos mientras mantuvieran sus costumbres y tradiciones no podrían llegar a ser verdaderos cristianos, tomó la iniciativa y reunió en 1565 en un Sínodo provincial a los obispos del Reino de Granada, en el que se acordó cambiar la política de persuasión y pasar a la represión, por lo que reclamaron la aplicación de las medidas que habían quedado en suspenso en 1526. Además, los obispos pidieron al rey que se extremaran las medidas de control, proponiendo que en los lugares de moriscos se asentaran al menos una docena de familias de cristianos viejos (los que tenían ascendencia cristiana por los cuatro costados), que sus casas fueran visitadas regularmente los viernes, sábados y días festivos, para asegurarse de que no seguían los preceptos coránicos, y que se vigilara estrechamente a los moriscos notables para que diesen ejemplo, y que a los hijos de éstos «Vuestra Majestad los mandase llevar y criar en Castilla la Vieja a costa de sus padres para que cobrasen las costumbres y Christiandad de allá y olvidasen las de acá hasta que fuesen hombres».

Estas propuestas fueron discutidas por una Junta de juristas, teólogos y militares reunida en Madrid (en la que participó el Duque de Alba) que acordó recomendar al rey que aplicara las prohibiciones. Felipe II dio finalmente su aprobación y el resultado fue la Pragmática Sanción de 1 de enero de 1567.
Los moriscos intentaron negociar la suspensión, como ya lo habían hecho en 1526, pero esta vez el rey se mostró inflexible y así se lo comunicó el Cardenal Diego de Espinosa, presidente del Consejo de Castilla e Inquisidor General, a una delegación enviada a Madrid e integrada por el cristiano viejo Juan Enríquez, acompañado de 2 notables moriscos, Hernando el Habaqui y Juan Hernández Modafal. También fracasaron las gestiones llevadas a cabo por Francisco Núñez Muley ante Pedro de Deza, presidente de la Chancillería de Granada (quien le contestó que las razones que había expuesto «eran las antiguas y no bastantes para revocar la pragmática»), e incluso las del Capitán General de Granada, Íñigo López de Mendoza y Mendoza, III marqués de Mondéjar, ante el Cardenal Espinosa: “La voluntad de terminar de una vez para siempre con toda una estructura social, con toda una cultura, era clara y no había nada que hacer ante ella. Nada, salvo la guerra”.

En cuanto se conoció el fracaso de estas gestiones, los moriscos de Granada comenzaron a convocar rebelión. Felipe II tomó medidas decisivas y en 1567 exigió el desarme de los moriscos, que todos aprendiesen castellano antes de 3 años, usasen ropas como las de los cristianos, vigilancia estrecha por la Inquisición, etc. Los moriscos trataron de ganar tiempo argumentando su lealtad, alegando la compatibilidad de sus costumbres con el cristianismo y ofreciendo dinero para eludir la aplicación de las medidas; mientras, se armaban e intensificaban la relación con el Magreb.

En 1568 un moro llamado Hernando de Valor, que se decía descendiente de los califas de Córdoba (los Omeya), se proclamó rey de los moros con el nombre de Aben Humeya y extendió la llama de la rebelión contra Felipe II, formando un ejército constituido por distintos grupos, como los monfíes de la sierra o los gandules.
En Nochebuena de 1568 estalló la rebelión morisca en la aldea de Béznar (Valle de Lecrín). Los moriscos de la Alpujarra enviaron una delegación de 200 monfíes al Albaicín de Granada para animar a los moriscos de la capital a unirse a ellos, sin conseguirlo, entonces se retiraron a la Alpujarra y resistieron el acoso de las tropas cristianas al mando del marqués de Mondéjar.

Los 4.000 rebeldes iniciales pronto fueron 30.000, entre ellos 4.000 magrebíes y turcos, pues el Sultán Selim II les envió una carta de apoyo en su lucha contra los «malvados cristianos», y ordenó que recibieran ayuda desde Argel, enviando algunos miles de soldados, armas y dinero. Lo que inicialmente era una revuelta, acabó convirtiéndose en la guerra más cruenta desde el final de la Reconquista hasta la invasión napoleónica.
Durante las primeras semanas, revistió un carácter fanático, que se tradujo en la muerte, acompañada de torturas, de los curas y sacristanes, la destrucción y quema de iglesias, las profanaciones, la expoliación de las casas de los cristianos… Una de las preocupaciones de los musulmanes era la de hacer abjurar a los prisioneros, y en los casos de resistencia, que fueron todos según los historiadores, era cuando iniciaban los tormentos.

Los moriscos sublevados restauraron todos los aspectos de la civilización musulmana en las zonas que dominaban, levantaron mezquitas, celebraron solemnemente los ritos islámicos, restablecieron la antigua etiqueta de la monarquía nazarí y la autoridad de los jefes de los antiguos linajes a los que concedieron los honores y atributos que les correspondían, y celebraron certámenes deportivos y juegos como en los tiempos de los Abencerrajes. La mayor parte de los sublevados abandonaron los poblados donde vivían yéndose con sus familias y bienes a lugares montañosos, fortificándose en ellos.

Felipe II movilizó hasta 20.000 soldados para acabar con la rebelión, pero los moriscos practicaron una guerra de guerrillas difícil de vencer en las montañosas Alpujarras.

En mayo de 1569 los moriscos atacaron Berja donde tenía en ese momento su campamento el marqués de los Vélez; el 11 de julio tomaron Serón después de un sitio de un mes; en septiembre sitiaron Vera y en noviembre Órgiva, aunque no lograron tomarlas. El 20 de octubre Aben Humeya es traicionado y ajusticiado por los suyos, descontentos con su despotismo, en el Laujar de Andarax, y proclamado rey Aben Aboo que también terminó asesinado, quizá por moriscos sobornados o por querellas internas entre ellos, por no acabar de conseguir la victoria y por el insuficiente auxilio turco.

La Armada Real mandada por Luis de Requesens y Gil de Andrade se movilizó para llevar refuerzos al Ejército y proteger la costa granadina, y así evitar la llegada de refuerzos otomanos desde el Norte de África.

En enero de 1570, ante el grave cariz que tomaba la revuelta, el rey Felipe II destituyó al marqués de Mondéjar como capitán general de Granada y nombró a D. Juan de Austria.

D. Juan contaba con un ejército regular traído de Italia (los Tercios de Flandes), además había sofocado una pequeña revuelta en Cataluña y después de firmar la paz con la Corona, unos 5.000 catalanes se pusieron a su servicio y con el juramento de lealtad a Felipe II se dirigieron con él hacia Granada, este refuerzo (en el que destacaron Miguel de Montcada y Lope de Figueroa) resultó determinante para la derrota de los rebeldes moriscos en la Alpujarras, que se rindieron en noviembre de 1570, demostrando que los catalanes “eran los súbditos más leales al Rey de toda España” como dijo Juan de Austria después de la victoria.

ROSA M. CASTRO