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ACERTIJO

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LA BATALLA DE PAVÍA

A finales de 1524, siendo Toledo capital del Imperio Español gobernado por Carlos V, llegó la noticia de que en Pavía (posesión española en el Milanesado), las tropas de Antonio de Leyva estaban sitiadas por 30.000 soldados y 53 piezas de artillería al mando del rey de Francia, Francisco I, acérrimo enemigo del Emperador.

El navarro Antonio de Leyva, veterano de la Guerra de Granada, estaba defendiéndose bien y resistiendo con 6.300 hombres, pero empezaron a faltar municiones y dinero, lo que hacía peligrar la lealtad de los alemanes. Para pagarles, Leyva aportó su fortuna personal y las tropas españolas aceptaron otro retraso en sus pagas. El ejército español de socorro aún no estaba listo por la misma falta de dinero. La miseria y el hambre ya amenazaban a los defensores.

Por fin, se envió en ayuda de los sitiados a los españolísimos Tercios, al mando de Fernando de Ávalos, Marqués de Pescara, el hombre que llevaba en su escudo la frase que las madres espartanas decían a sus hijos: «Aut cum hoc aut in hoc» («Retorna con él o sobre él»).

El rey francés, conociendo la llegada de los Tercios y sabedor de los problemas económicos de los sitiados, intentó sobornar a los españoles con 200.000 escudos pero el jefe español respondió a los mensajeros que había enviado Francisco I: “Decid al rey que si dineros tiene, que se los guarde, que yo sé que los habrá menester para su rescate”.

Cuando Pescara llegó, el grueso del ejército francés estaba acampado en el parque del Castillo del Mirabello, a las afueras de Pavía, (el parque estaba rodeado por una muralla de más de 10 km. de longitud y de 2,5 m de alto).

La noche del 24 de febrero de 1525 la infantería española se puso las camisas blancas (los llamados “encamisados” llevaban las camisas blancas encima de las armaduras, como uniforme de guerra nocturna que les permitía reconocerse de noche), dispuestos a actuar.

Pescara ordenó a 2 compañías de encamisados avanzar en silencio hasta el cercado del Castillo de Mirabello, donde estaban atrincheradas las tropas francesas, y abrir brechas en sus muros. A las 5 de la mañana, los encamisados habían abierto 3 brechas por las que al amanecer pasó Pescara con sus escuadrones de piqueros flanqueados por la caballería. Los tercios y lansquenetes pasaron en formación compacta, protegiendo a los arcabuceros que atacaron y saquearon el Castillo.

Cuando la artillería española aguardaba turno para cruzar, Francisco I ordenó cargar a la caballería, pero los 3.000 arcabuceros de Fernando de Ávalos rápidamente terminaron con la primera línea de la caballería pesada francesa. Después los alabarderos y piqueros entraron en combate cuerpo a cuerpo.
Mientras tanto Carlos de Lannoy, al mando de la caballería española, y el marqués de Pescara, en la infantería, luchaban ya contra la infantería francesa comandada por el comandante Ricardo de la Pole y Francisco de Lorena.
Antonio de Leyva reaccionó ante la situación favorable de los españoles y ordenó la salida de la ciudad de sus hombres para apoyar a las tropas que habían venido en su ayuda. Esta acción de Leyva sobre el ala derecha de los franceses, atrapó al enemigo entre dos fuegos que no pudieron superar.

La batalla fue dura y reñida y durante la misma el rey francés cometió un error fatal, cargó él mismo al frente de su caballería contra las tropas españolas, por lo que la propia artillería francesa (superior en número) tenía que cesar el fuego para no disparar a sus hombres. Aquello fue la perdición de los franceses ya que las tropas españolas aprovecharon para romper las líneas del enemigo y arrollarlo, juntándose las tropas sitiadas con las que habían llegado en su auxilio.
Las tropas de Leyva cercaron a la retaguarda francesa y les cortaron la retirada. Guillaume Gouffier de Bonnivet, el principal consejero militar de Francisco I, se suicidó. Muchos franceses, viendo la derrota, intentaban escapar. Al final las bajas francesas ascendieron a unos 8.000 muertos y 2.000 heridos.

“Yo no sé qué diga, sino que ellos son cinco mil españoles que parecen cinco mil hombres de armas, y cinco mil caballos ligeros, y cinco mil infantes, y cinco mil gastadores, y cinco mil diablos que los soporten…” (Clonard).

La situación era dramática para las tropas francesas; se luchaba cuerpo a cuerpo y los Tercios no perdonaban la vida de los franceses. El rey de Francia, con un grupo de leales, también combatía a pie, en un momento de la batalla Francisco I cayó y al intentar levantarse se encontró con el estoque de un soldado español, era el vasco Juan de Urbieta Berástegui y Lezo, que se frenó de degollarlo al vislumbrar su cuidada armadura y suponiendo que se trataba de un noble por el que darían un importante rescate.

Juan de Urbieta, junto al granadino Diego Dávila y el gallego Alonso Pita da Veiga, no eran conscientes de a quién acababan de apresar, su prisionero resultó ser el mismísimo rey de Francia.
La noticia corrió como la espuma por todos los territorios europeos. Francia había sido humillada por la captura de su monarca a manos de los Tercios españoles.

En la batalla murió lo más granado de la nobleza francesa, como los comandantes Bonnivet y Luis II La Tremoille, La Palice, Suffolk, y Francisco de Lorraine.

El 12 de agosto de 1525, prisionero de los españoles, Francisco I fue llevado a Madrid, quedando preso inicialmente en la Torre de los Lujanes, situada en la actual Plaza de la Villa de Madrid. Días más tarde, el rey francés, escribió una carta a su madre, María Luisa de Saboya, y en ella decía la famosa frase: “De todo, no me ha quedado más que el honor y la vida, que está salva”.

La espada que Francisco I entregó en señal de rendición pasó a la Armería Real del Emperador Carlos, junto con la borgoñota, la manopla, la tarja (especie de escudo adosado a la armadura), la testera de su caballo, una daga, etc. Pero siglos adelante, en plena rendición a la voluntad napoleónica, Murat ordenó que se le diera la espada del rey de Francia y así se hizo sin oposición.

El 14 de enero de 1526, por imposición de Carlos I, Francisco I firma el Tratado de Madrid, por el que renunciaba a sus derechos sobre el Milanesado, Génova, Nápoles, Flandes, Artois y Borgoña en favor del Emperador Carlos I. Además, Francisco I se comprometía a casarse con la hermana de Carlos I, Leonor, y a enviar a dos de sus hijos a España como garantía del cumplimiento del Tratado.

Durante las negociaciones de paz y de liberación de Francisco I, el emperador Carlos V renunció a usar su lengua materna (francés borgoñón) y la lengua habitual de la diplomacia (italiano) para hablar por primera vez de manera oficial en español.

Firmado el Tratado, Francisco I quedó en libertad, pero nada más pasar los Pirineos, el Tratado fue papel mojado e inmediatamente los franceses volvieron a atacar las posesiones españolas en Italia.

ROSA M. CASTRO