EXTRAÑAMIENTO DEL MILITANTE CATÓLICO. EN TU PROPIO SOLAR QUEDASTE FUERA

Se ha celebrado un año más el Día de la Constitución. En las redes sociales han circulado pasquines y carteles de propaganda del referéndum en que fue aprobada.

Resulta curiosa, vista con perspectiva, la posición que algunas organizaciones y sectores sociales adoptaron frente a aquella votación. Fuerza Nueva y algunos obispos en minoría, pidieron el “no”, entre otros motivos, porque el proyecto constitucional introducía la aconfesionalidad del Estado, si bien la interpretación que estos grupos hacían de dicha aconfesionalidad equivalía a un laicismo activo y hostil y, en esto, el tiempo ha terminado por darles la razón.

En cierta cartelería de Fuerza Nueva se podía leer: “Sin Dios no hay ley ni Constitución justa”. Xavier Casals escribiría, en uno de sus estudios sobre la extrema derecha en España, que en realidad, FN no defendía un sistema o un programa político, sino que se había quedado sola en la defensa de una cosmovisión periclitada. Años más tarde, con cierta distancia respecto de la época, Ernesto Milà criticaría el empeño inútil del proyecto político que supuso Alternativa Española, de centrar su mensaje en temas que sólo despertaban interés en el reducido nicho de votantes de los católicos-practicantes-tradicionales, cuando, ahora sí, a diferencia de cuando Azaña pronunció la célebre frase, España ha dejado de ser católica.

Personalmente, no he sido nunca capaz de separar completamente mi fe católica del resto de mis convicciones, especialmente las políticas. La formación recibida desde la infancia no es ajena a ello. En los años 70, todavía la religión era omnipresente en todos los aspectos de la vida social, y muy especialmente en la vida de los niños. En los colegios nacionales –ahora llamados “públicos”, como si antes no lo fueran- se impartía la asignatura de Religión, con carácter obligatorio para todo el alumnado y aunque tuviera la consideración de “maría”; pero sobre todo, la vida de los colegios palpitaba a ritmo del año litúrgico con toda suerte de manifestaciones que hacían muy presente la catolicidad del Estado: en las paredes, crucifijos e imágenes de la Virgen, belenes en Navidad, la imposición de la ceniza en Cuaresma, la Semana Santa se celebraba a todo trapo, etcétera. Podrá alguien decir que las generaciones de niños del franquismo son precisamente las que han renegado del nacional-catolicismo y han creado la nueva sociedad española, laica y de espaldas totalmente a lo religioso; y no le faltará razón a quien tal cosa piense.

Sin embargo, para las últimas hornadas de militantes juveniles del tardofranquismo, la vivencia de aquel sistema unitario y homogéneo fue algo real, intenso, palpable y que pudimos experimentar, en muchas ocasiones concretas, como algo bueno, algo que merecía la pena. En mi caso particular, desde el año 1973 en que me incorporé a la OJE como flecha, la experiencia religiosa vinculada a las actividades de aire libre me marcó mucho. El tiempo dedicado a lo religioso, en el día a día de las unidades de la OJE, no era mucho, pero sí es cierto que se acometía con seriedad, y con la sencillez de lo verdadero. Las oraciones de la mañana y de la noche, la misa de campaña dominical, y sobre todo, la gravedad y solemnidad del primer punto de la Promesa, “amar a Dios y levantar sobre este amor todos mis pensamientos y acciones”, no convertían a la Organización en una institución eclesiástica ni confesional, ni mucho menos, pero sí facilitaban la interiorización y la práctica de la fe en el marco de la Naturaleza y en aquella Pequeña Comunidad Perfecta que era la Ciudad de Lona… de tal modo que muchos camaradas de aquel tiempo me confesaron, muchos años después, que la religiosidad de la OJE les llevó a creer en un Dios personal muy parecido al Gran Manitú de los indios de las praderas.

Aquel mundo infantil-juvenil en el que lo patriótico, lo social, lo eclesial, todo se presentaba entrelazado, tenía, para nuestros ojos ingenuos, la virtud de la coherencia. Aquella sociedad se nos ofrecía como un todo ordenado, un sistema cerrado, homogéneo, sin fisuras. Comprendo que no tuvimos tiempo de desencantarnos, como las generaciones anteriores, entre ellas, la de los militantes del Frente de Juventudes, quienes sí sufrieron, al madurar, la lacerante lucidez del desengaño. Los jóvenes de los 60 y 70 que nos creímos todo aquello, y que llegamos a comprometernos interiormente con lo que la sociedad nos inculcaba, nos encontramos de repente con que el hermoso y coherente edificio clásico del Estado, aquella “Monarquía católica, social y representativa” que algunos aceptaban con la reserva de algún día transformarla en República Nacional-Sindicalista, se derrumbaba ante nuestros ojos, no quedando en pie ni los cimientos. A la sociedad le ordenaron dar media vuelta y, disciplinadamente, el pueblo español volvió sobre sus pasos hacia la democracia liberal, repudiando del régimen del que venía y al que hasta hacía meses sostenía pacífica y mayoritariamente.

Entretanto se impuso, y esto ya fue un fenómeno global, el paradigma del agnosticismo teórico que, en la práctica, funciona como un ateísmo beligerante. España finalmente dejó de ser católica. Las estadísticas en 2017 son significativas: número de bautizos, número de primeras comuniones y confirmaciones, número de bodas por la Iglesia (y de divorcios subsiguientes), asistencia a la misa dominical, número de vocaciones sacerdotales y religiosas… la debacle del catolicismo es espectacular en toda Europa, en el primer mundo en general, y en los países de tradición romana en particular. La misma Iglesia se configura ahora como un cuerpo compuesto de múltiples pequeñas agrupaciones de fieles con distintas visiones de la fe, que pugnan entre sí por dominar e influir en la jerarquía. Y en lo tocante a Teología y Doctrina, desde el Concilio Vaticano II, la Tradición y el Magisterio se estiran más y más y a veces parecen ser deformadas y transformadas, para adaptarse a las nuevas realidades sociales y evitar la desconexión definitiva con los últimos reductos de población cristiana.

La Transición mantuvo, por inercia, entre las organizaciones juveniles de las “fuerzas nacionales”, una posición oficial católica. En una entrevista, Juan Ignacio González Ramírez, líder del Frente de la Juventud, contestaba a los periodistas sin ningún rodeo: “somos católicos”. Sin embargo, el nuevo paradigma estaba ya penetrando en las filas de la militancia y hoy, bien es cierto que han pasado cuatro décadas, de entre los camaradas de aquel tiempo que siguen leales y activos –muy pocos-, una gran mayoría se declara ateo y, si bien mantienen un respeto por la cultura tradicional española, que es católica, rechazan completamente toda aproximación de lo político a lo religioso o de lo religioso a lo político.

La marea ideológica alcanzó a nuestras propias organizaciones y Dios, primero el Dios católico, después la misma idea de Dios, fue paulatinamente postergada, silenciada después y finalmente, erradicada y prohibida de los documentos de formación, de los programas políticos, de los boletines de difusión y hasta de las conversaciones entre militantes.

Cercanas las fechas de la Navidad, ayer estuve con mis hijas en el cine a ver la fantástica producción de Disney, “Coco” –recomiendo verla en 3D-. Antes, y como “extra”, proyectaron un “corto”, que no era tal por su duración, sino casi una segunda película, con los personajes de “Frozen” y temática “navideña”. Y he entrecomillado “navideña” porque definitivamente el concepto de la Navidad se ha separado de forma absoluta de su primigenio sentido fundamental, la celebración de la encarnación de Dios en una mujer, su comparencia como Hombre en el mundo, el nacimiento de un Niño que, durante dos siglos, se consideró el acontecimiento más importante de la Historia. Todo el relato del filme de animación es navideño y a la vez no tiene nada que ver con la Navidad, ni con Dios, ni mucho menos con el nacimiento de Cristo. Nada sorprendente si no fuera por la radicalidad y la naturalidad con que se presenta. Como si aquella otra Navidad del Niño Jesús de los dos siglos antecedentes, no hubiera existido jamás.

Algo así sucede en lo que antaño se denominaban “fuerzas nacionales” y ahora “grupos patrióticos” o, dicho en jerga, el “mundillo” o el “área”. Dios ha muerto también para nosotros. Dios es tabú. Dios no debe ser nombrado, ni recordado. Si acaso, podrán emplearse eufemismos como “espiritualidad” o “trascendencia”; se podrá invocar retóricamente o poéticamente a “los dioses”; y se podrá citar los textos de otras tradiciones religiosas, sean los vedas, sea el canon del budismo, aunque ni quien escribe ni quien lea posea los rudimentos culturales necesarios para entender de lo que se está hablando.

Me siento extraño ante este estado de cosas y, en cierto modo, ajeno a esa “cosmovisión” (el ateísmo y el agnosticismo entrañan cosmovisiones concretas). Me cuesta conciliar los aspectos positivos de la acción cultural y política de nuestras organizaciones –que los hay, y muchos- con la indiferencia, cuando no beligerancia, con que se trata el fenómeno religioso, la idea de Dios, y nuestra tradicional fe católica.

Estos párrafos no tienen más propósito que el de hacer de “bengala en la noche”. Estoy convencido de que otros muchos camaradas experimentan mi mismo extrañamiento y me gustaría hacerles saber que hay otros militantes sosteniéndose en las frías y oscuras aguas del naufragio, a la espera de ser recogidos por un navío bien pilotado y con el rumbo puesto “en las estrellas”.

Francisco Artero Montalván.

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