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A CONFESIÓN DE PARTE

 

Dice un lema de raíz jurídica “a confesión de parte, relevo de prueba”. Y las feministas confiesan que lejos de querer ellas ser amas de casa, antes más bien prefieren ser putas. Bueno. Como la confesión fue hecha, solo restan unos meros comentarios.

Quienes piden no ser ultrajadas cuando transitan por la vía pública, son las que utilizan la vía pública para ultrajar. Quienes no desean ni un simple piropo, confiesan sin rodeos un gusto por el revoleo de cartera. Quienes detestan a los hombres, admitirían en alguna instancia recibir dinero de ellos y usar el cuerpo como objeto contractual de satisfacción pasional. Si son los “patriarcales machistas” los que cosifican a la mujer, ¿cómo es que ahora gustosas admiten autocosificarse con algo que, según dicen, es del patriarcado? ¿A qué se deben situaciones así?

Sucede que una mujer ama de casa gusta de la decencia; no de pasearse desnuda por las calles como las feministas superando a las prostitutas (éstas al menos tienen algo de ropa). Sucede que una mujer ama de casa es una gran trabajadora: tiene muchísimas cosas que hacer en su hogar; no anda como una chiflada salida de un manicomio causando espanto por las aceras. Sucede que una mujer ama de casa es educada; no se dedica a dar pruebas de mala educación dejando en paredes inscripciones soeces, hirientes, bajas y blasfemas. Sucede que una mujer ama de casa ama a los hijos; no es una ferviente partidaria del asesinato de indefensos. Sucede que una mujer ama de casa tiene un concepto elevado de la belleza; no desprecia su físico mostrando un gusto marcado por la decadencia. Sucede que una mujer ama de casa beneficia a la sociedad; no desea su hundimiento. Sucede que una mujer ama de casa tiene respeto por la naturaleza; no quiere ser un flagelo para ella. Ser ama de casa es tener dignidad; por eso se entiende con facilidad por qué las feministas no quieren ser amas de casa.

Las feministas ni con las rameras pueden compararse. No profundizaré la afirmación, pero solo diré esto: las primeras superan a las segundas en su desprecio por la naturaleza.

Tomás I. González Pondal

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