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ACERTIJO

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SALUDO A NUESTRO ESTILO

 

Aún tienen los camaradas -los de verdad- esa capacidad de emocionarme en algunas ocasiones; y en todas, cuando es de ti de quien hablan.

Hace pocos días, Alvaro y yo intentábamos en la radio glosar tu enorme figura y no creo, sinceramente, que consiguiéramos siquiera entregar un atisbo.
Cumplimos con nuestro deber, eso sí, e incluso Alvarito me sacó alguna lágrima a traición cuando relató con su parquedad de palabras habitual aquella llamada de tu madre: “nos lo han matado”.
37 años después y sigue doliendo.
37 años después y nos siguen faltando las palabras.

Te fuiste joven y bello, como el revolucionario, dejando tras de ti la estela eterna de tu sonrisa franca y tu gesto socarrón de castizo de pies a cabeza.
Pero dejaste más, nos dejaste mucho más que “el magnífico ejemplo de tu silencio”, nos dejaste un juramento de lealtad sellado con sangre que nos impide abandonar, atados de por vida a la Causa por la que te mataron.
Y ese es el mayor obsequio que nos hiciste.
Porque ya ninguno hemos vuelto a conciliar el sueño sin hacer de nuestro descanso un anhelo de Patria, Justicia y Revolución.

Nunca fue fácil -y tu lo sabes bien- ser portador de nuestros valores y los últimos tiempos se han convertido en especialmente complicados.
“Ellos” degradan todo lo que tocan y se afanan con toda la fuerza del inmenso poder que controlan por destruir todo lo bello que existía en este mundo.
Degradan los pueblos, las culturas, degradan la pureza de las distintas razas que habitan la tierra, degradan la naturaleza, el arte, degradan al ser humano internándolo en un laberinto de identidades confusas, degradan la familia y cualquier pilar que haya sido de nuestra civilización. Y degradan al hombre, arrastrándolo a una existencia boba y consumista donde solo el “tanto tienes, tanto vales” es referente de convivencia.

En una sociedad mercantilizada y decadente, apenas si queda sitio para el honor, el orgullo de estirpe, el valor del esfuerzo o el amor a la patria.
Y sin embargo, son todos esos valores los que elevaron a través de los siglos a la humanidad y acerca de los que ésta ha escrito sus grandes gestas.

Supongo que hay generaciones a las que les tocó definir una idea revolucionaria, generaciones a las que tocó combatir y generaciones que solamente podemos aspirar a transmitir el fuego. No importa, si esa es nuestra misión la aceptamos como tal y en ella empeñaremos hasta el último aliento.

Hubiéramos dado cualquier cosa, incluso la vida, por formar prietos y marciales junto al lecho donde descansas, con nuestras banderas y guiones, y poner a tus pies los despojos arrastrados de tus verdugos.
No fue posible.
Pero estoy completamente seguro, que desde tu lucero sonríes complacido porque tu sangre se hizo fértil y nadie desertó ni por impaciencia, falta de fe o cobardía.

Somos tus soldados, como diría Giovanni “de abollada armadura y costurones”, tal vez incluso hechos jirones, añadiría yo, pero leales hasta el final.
Como aquellos legionarios que regresaron al bosque de Teoteburgo a recuperar el Aguila perdida, como aquellos fusileros que se aferraron a su bandera en una aldea filipina, como aquellos soldados que eligieron morir en posición de firmes en Berlín.
Somos hombres de honor, y en gran parte te lo debemos a tí.

Saludo a nuestro estilo, camarada Juan Ignacio.

LARREA    12/12/2017