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La democracia tiene una semántica que engatusa con facilidad a los incautos y una aritmética bastante más farragosa a la hora de aplicar aquello de “un hombre, un voto”.
Recientemente en Cataluña lo hemos podido comprobar.
Y aunque lo cierto es que “Teruel existe”, hay capitales en España que para el señor D’Ondt son de segunda división, como Zamora, Guadalajara o Cuenca…
Aunque, cuidado, que donde menos se lo esperan los prebostes del Sistema, prende la mecha de una traca largamente acumulada.

Indalecio Prieto, Don Indalecio para sus acólitos, era de largo el tipo más listo de su partido y además, él lo sabía.
Pero desde hacía bastante tiempo libraba una batalla particular por el liderazgo con Francisco Largo Caballero -Paco para sus acólitos- que desde su cargo en la UGT y sus soflamas incendiarias se había granjeado a buena parte de la militancia.
Paco, arremetía en sus mitines con tal fiereza que sus oyentes, enardecidos, salían cerilla en mano a prender fuego a todo aquello que no encajara dentro del mundo que el Lenin español acababa de prometerles.
Aquello preocupaba y mucho a Prieto.
Y no es que Don Indalecio no comulgara con la dictadura del proletariado -no se llamen a engaño- es que, desde el fiasco del 34 en Asturias había llegado a la conclusión de que España no estaba madura para determinadas estrategias.

En aquellos días del mágico octubre, miles de armas acumuladas en el caudal de la cuenca minera quedaron huérfanas de manos y cientos de militares previamente infiltrados para la “causa obrera” habían permanecido en posición de descansen, acuartelados y apesebrados.
Solo alguno muy comprometido se significó y acarreó con las consecuencias.
Con éstos, hizo Don Indalecio almohada de su lecho.
Les llamó, La Motorizada.

El primero de mayo, el “Don” hizo una llamada a Enrique Puente, jefe de las JJSS madrileñas y de facto también de la Motorizada y le emplazó a una comida con sus hombres de máxima confianza para una misión de extraordinaria importancia para el futuro de la República.
“Casa Camorra”, restaurante discreto y de excelente comida en las afueras de Madrid (aún existe con otro nombre y sus jardines suelen acoger bodas y eventos) fue el escogido para la reunión.
A ella acudieron además de Puente, el capitán Faraudo y los tenientes Castillo y Condés, además del pistolero Luis Cuenca -guardaespaldas de Prieto- , así como Casto de las Heras que sería el que relataría años despues al historiador Gibson lo que en el restaurante se coció.

El “Don” Prieto, que como hemos señalado tenía una vista sin igual para leer la política, no solamente había interpretado correctamente el fracaso de la revolución de Asturias, sino que había extraído acertadas conclusiones del entierro del alférez Anastasio de los Reyes donde comenzó a cristalizar la unidad por las bases de, derechas, militares, falangistas y de todo aquél que no se resignaba a sentarse a esperar placidamente a que vinieran a matarlo.
La mirada de águila del bilbaino pronto visualizó que a aquella gente de variopinta procedencia política que se había enfrentado decididamente a la Guardia de Asalto en las calles de Madrid, tan solo le faltaba un liderazgo carismático y de consenso para convertirse en una fuerza terrible.

Por Cuenca y en segunda vuelta se presentaba una candidatura unitaria donde destacaban sobre otros importantes, los nombres de Antonio Goicoechea y José Antonio Primo de Rivera (en aquel momento en prisión, pero al que la titularidad de un Acta, excarcelaría).
De hecho, la presencia del lider de Falange en las listas había provocado no poco malestar entre las derechas que incluso maniobraron para eludirla, pero la autoridad y personalidad de Goicoechea se impuso y Primo de Rivera fue incluido.
Ante esta situación y el hecho de que en Febrero las derechas habían arrasado en Cuenca, Prieto convocó a su guardia pretoriana y expuso su plan para neutralizar “la amenaza” aunque de paso se ciscase en la democracia, asunto éste menor y que le importaba un carajo.

El 2 de mayo y en tres autocares, 120 miembros de las JJSS madrileñas escoltados por la Motorizada se presentaron en Cuenca donde el Gobernador Civil les arengó: “Creo como el sr. Casares que hay que ganar estas elecciones y en sus manos está ello”.
El pucherazo -histórico y perfectamente documentado- de las actas robadas a punta de pistola en los colegios electorales y sustituidas por otras, o sencillamente garabateados los recuentos, dio la victoria en Cuenca al Frente Popular y mantuvo en prisión a José Antonio de donde ya no saldría con vida.
Pero dio mucho más que eso, demostró a Don Indalecio que ya estaba en condiciones de suplantar al Estado de Derecho y a las Fuerzas de Orden Público por hombres dispuestos a todo.

En las semanas siguientes, cientos de falangistas por toda la geografía hispana dieron con sus huesos en la cárcel con acusaciones arbitrarias. Tampoco, la mayoría, salvaría la vida.
De esta manera, las elecciones de la pequeña provincia serrana, acortaron los plazos de la tragedia que iba a asolar España.

Eso de confiar la suerte de una nación a las urnas, nunca trae buenas consecuencias.
Mire la que ha liao, sr. Rajoy.
Y ya veremos como acaba.

LARREA    DIC/2017

 

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