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ACERTIJO

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EL TOCATA: CHET BAKER

 

“-Mujer: ¿Encuentras aburrida la vida?
-Chet: Bajo ciertas circunstancias puede ser muy aburrida. La mayoría de las veces. Para mucha gente puede ser aburrida. Muy aburrida. Tener hambre, frío…
-Mujer: ¿Has sufrido eso?
-Chet: Oh, sí… No hace mucho, ¿tú nunca?”

En 1953, Chet Baker estaba en la cresta de la ola. La revista «Down Beat» le había señalado como el mejor trompeta del año. Abanderaba con otros instrumentistas blancos, Dave Brubeck, Stan Getz, Art Pepper y Gerry Mulligan, aquello que se llamó cool jazz y que, como decía Miles Davis, no era otra cosa que la música negra de siempre destripada.

Chet era un tipo con suerte que le sacaba dulces sonidos a su instrumento y susurraba las canciones; muy joven, blanco, con una ternura fingida y una presencia a lo James Dean que volvía locas a las mujeres. En Hollywood lo llamaban el «Shelley del bebop» y los periódicos decían de él que era más guapo que la muñeca Barbie. Conducía coches caros, y Charlie Parker, leyenda viva del jazz, le había elegido para que lo acompañase cuando visitó Los Ángeles. La serie de fotografías que Willliam Claxton le hizo en 1953 da muestra del esplendor del artista.

Ese era el Chet Baker a principios de la década de los cincuenta. Otra cosa distinta es en lo que después se convirtió cuando la heroína empezó a hacer estragos. El «caballo» no es que le venga bien a la salud de nadie, pero a los músicos les sienta fatal. A Baker, víctima toda su vida de los excesos, le cayó como un tiro, o como un chute, en la cabeza, igual que a Bird a Davis y a tantos más.

En pleno descenso a los infiernos, decidió cambiar de aires. Los primeros sesenta lo cogieron en Europa, el lugar elegido por otros músicos norteamericanos para probar fortuna y evitar la dureza de la ley con el consumo de drogas. El jazz era, además, una fuente de modernidad y seducción para los europeos más cultos, sobre todo en Holanda, Alemania, Inglaterra, Francia e Italia. Al llegar, se instaló en este último país, donde un juez, antes de condenarlo, se refirió a él como un sujeto con «cara de ángel y corazón de demonio». En Francia también tuvo problemas, igual que en Inglaterra, y en Alemania lo acabaron deportando a Estados Unidos. Su vida se convirtió en un peregrinaje por las cárceles de uno y otro lado del Atlántico y la ternura dejó paso a la pendencia. Un día de 1966, en San Francisco, le rompieron la dentadura supuestamente por no haberles pagado a los camellos que le abastecían de polvo. No hay nada peor para un trompetista que quedarse sin dientes, pero perderlos uno a uno porque al matón se le ocurra imitar a un sacamuelas debe de resultar, además, especialmente doloroso. Tampoco para un junkie es nada bueno tener a los camellos cabreados.

Muchas veces oír la voz del hombre duro susurrando ternura equivalía a escuchar a una vieja desdentada. Con la dentadura postiza, su delicada sordina no se parecía en nada a la de los años en que Hollywood vivía pendiente de él. Para comprobarlo basta con fijarse en las grabaciones de después de la década de los cincuenta. Entre 1951 y 1959 tenemos al Chet Baker auténtico, de los grandes discos; de ahí en adelante, al pobre diablo noqueado por la droga, una patética sombra de lo que fue.

La noche del 11 de marzo de 1988 dio su penúltimo concierto en el Colegio Mayor San Juan Evangelista de Madrid (España), también conocido como el Johnny. Su último concierto fue el 1 de Abril de ese mismo año en Alemania.

El 13 de mayo de 1988, cayó por la ventana de un hotel en Ámsterdam (Países Bajos) tras consumir heroína y cocaína, y falleció instantáneamente. Tenía 58 años.

¿Seguirá Chet Baker buscando al Dragón allí dónde esté? Poco importa. Nos queda su música.

A. MARTÍN