Y MIENTRAS TANTO, ¿QUÉ PASABA EN EL MUNDO?

“Se hace necesario gritar la verdad hasta que ésta aparezca”
(P.D. La Rochelle)

No es, ni muchísimo menos frecuente, pero en alguna ocasión te sorprendes metido en un debate con alguien de mente abierta, conversación pausada y destacable formación, tanto intelectual como histórica, que reconoce que el holocausto no se sostiene, pero que incluso aún admitiendo que fuera un invento de los vencedores, lo realmente detestable y punible fue la política belicista y expansionista del NSDAP y sobre todo, la persecución implacable a seres humanos, en este caso a la población judía.

Es todo un debate, porque se sale de lo habitual y tu interlocutor no es el “anti-nazi-del-diario-de-anafrank” sino una persona cuyo antagonismo es producto de reflexiones alcanzadas a través de un análisis mucho más riguroso.
En este caso, contextualizar el debate es siempre la mejor manera de sostener la conversación. Porque no se puede debatir sobre sucesos históricos sin situarlos correctamente en su tiempo y lugar.

La “noche de los cristales rotos” representa el umbral del antes y el después de la política antisemita del régimen nacional-socialista.
La noche del 9 de noviembre de 1938 y como consecuencia del asesinato del secretario de la embajada alemana en París a manos de un judío medio polaco, medio alemán, un gran número de ciudadanos alemanes acompañados por milicias de las SA, asaltaron comercios y viviendas de propiedad judía. Además, ardieron un gran número de sinagogas y el total de la revuelta alcanzó la cifra de 90 muertos.
La “Kristallnacht” no era sino la consecuencia lógica de la política alemana impulsada por Hitler desde su llegada al poder y que comenzó en 1933 con el boicot “alemán, defiéndete, no compres a los judíos”, ratificado en 1935 con las Leyes de Nuremberg y toda una serie de medidas antisemitas que restringieron los derechos de éstos en comparación con la población alemana.
El objetivo del -reconozcámoslo- brutal acoso, finalmente no era otro que el de forzar la emigración voluntaria de los judíos a cualquier lugar fuera de Alemania.

El problema que había era el de siempre en la vieja Europa: ningún país estaba dispuesto a aceptarlos.
Tomemos como ejemplo el caso de la “Polenaktion” y los 17.000 judios polacos residentes en Alemania que fueron deportados el 28 de octubre de 1938 a los que las autoridades polacas negaron la entrada quedando atrapados en la frontera, a la intemperie, durante varias semanas. Tras largas negociaciones entre ambos gobiernos, finalmente Polonia solo aceptó a 4.000 de sus paisanos, teniendo que crear Alemania un campo de confinamiento para albergar al resto.
Tampoco los progromos eran ninguna novedad para la población hebrea que llevaba siglos errando por toda la geografía europea.
Sin ir más lejos, en Berlín durante la hiperinflación de 1922 se dió el progromo de Scheunenviertel sobre judios que ya habían llegado huyendo de los progromos de Ucrania o Hungría.

En fin, que en definitiva, “el problema judio” era una preocupación compartida por todas las naciones europeas y no un “tic nazi”.
Pero, mientras tanto, ¿qué pasaba en el resto del “mundo libre” con sus minorías?

“Una víbora es una víbora, sin importar dónde se abra el huevo. De la misma manera, un japonés-estadounidense, nacido de padres japoneses, se convierte en un japonés, no en un estadounidense”
(Los Angeles Times)

EEUU, ese país que impartió lecciones en Nuremberg, tenía -y tiene- en su Quinta Enmienda la prohibición de discriminación por raza.
Fue papel mojado.
El 7 de diciembre de 1941 los japoneses bombardean Pearl Harbor, dando el visado al Tío Sam para su entrada en el conflicto mundial.
Desde esa fecha hasta finales de 1947 fueron internados en campos de concentración unos 120.000 norteamericanos de origen japonés (en ocasiones, simplemente por rasgos asiáticos), además de 25.000 alemanes también ciudadanos o residentes USA.
En el caso de los alemanes llovía sobre mojado, ya en la Gran Guerra unos 2.000 norteamericanos de origen germano habían sido confinados hasta finales de 1918.
Los campos de concentración, instalados en lugares recónditos y alejados de los ojos de cualquier población, estaban vallados con alambradas de espino y vigilados por la Guardia Nacional. Cualquier intento de fuga del campo acabó con el abatimiento del recluso.

Para respaldar la medida gubernamental -manifiestamente anticonstitucional- la prensa filtró informaciones acerca de que 20.000 “nisei” (japoneses nacidos en EEUU en segunda generación) podrían estar preparando una revuelta armada, incluso se citaba la ciudad de San Francisco como objetivo de los sublevados.
Cundió la histeria, el FBI realizó miles de registros en domicilios particulares y se produjeron saqueos de comercios y agresiones contra asiáticos (¿remember Kristallnacht?) que terminaron de justificar la reclusión “por la seguridad de la nación y la propia seguridad de la minoría recluida” (curiosamente, ese mismo argumento había sido el utilizado por Hitler en relación a los gehttos judios).

Los “etnojapos” fueron obligados a vender sus viviendas y negocios en una semana, aunque en algunas localidades se rebajó a cuatro días. Aparecieron los clásicos buitres que se hicieron con las posesiones “japonesas” a precios ridículos. Muchos etnojaponeses colocaron sus propiedades en almacenes, confiando recuperarlas después de la guerra, pero todas fueron saqueadas y robadas. Algunos arrendaron sus casas, pero los ocupantes rehusaron a pagar el alquiler. Hubo dueños de plantaciones agrícolas que, después del confinamiento, descubrieron que sus trabajadores habían vendido las tierras. Otros que decidieron no vender sus propiedades, encontraron que sus casas habían sido, u ocupadas, o expropiadas por no haber pagado los impuestos. Todos los ahorros (400 millones de dolares de la época) fueron confiscados por el gobierno por ser considerados “propiedad enemiga”.
Una buena parte abandonó los EEUU para siempre.

¿Fue aquella actuación de gobierno, poder legíslativo, prensa y sociedad al unísono una medida justificable desde el punto de vista de una nación en guerra? A día de hoy muchísima gente sostiene que sí. En tal caso, ¿qué diferencia hay entre estas medidas de la “muy democrática” Norteamerica y la Alemania del nacional-socialismo?.
Pero, aún hay una pregunta mejor: ¿fueron una excepción en la “tolerante” sociedad de Yankilandia?.
Ciertamente, no.

LAS LEYES JIM CROW

¿Quién fue Jim Crow?, ¿acaso un senador?, ¿un congresista?, ¿tal vez un fiscal general o un prestigioso legislador?… ¿siquiera un alcalde de un pueblucho del desierto de Nevada?.
Pues nada de eso amigos, el sr. Crow nunca existió.

Jim Crow era el nombre de un payaso que en un ocurrente y tremendamente popular espectáculo de variedades se maquillaba con betún para hacer mofa y befa de los negros.
Y con ese curioso personaje fue bautizada la batería de leyes -estatales o locales- que desde 1876 hasta ¡¡1965!! sirvieron para ciscarse en la igualdad ante la ley de negros y blancos, legalizando de facto y de iure la segregación racial. Tanto en el profundo Sur como en el liberal Norte.

Es decir, que en la época en que el NSDAP alcanzó el poder en Alemania por sufragio universal, en los USA los afroamericanos tenían derecho al voto… pero no eran censados. Tenían derecho a la libre circulación, pero existían leyes que limitaban sus horarios para hacerlo. Podían acceder a la educación, pero no eran matriculados en las escuelas y muchísimo menos en la universidad. De hecho, ni siquiera podían sentarse en el transporte público en el mismo lugar que los blancos o incluso beber agua de la misma fuente pública. Por supuesto, restaurantes, clubs, teatros, cines e incluso bares tenían reservado su derecho de admisión a “black man” o directamente “no niggers”. O leyes que prohibían los matrimonios mixtos y, ni qué decir tiene que los linchamientos de afroamericanos eran moneda común, tanto como la impunidad de los autores.
Como comentario adicional: la mayoría de estas leyes fueron promulgadas por miembros electos del Partido Demócrata.
Con esto queda claro por qué el gran Jesse Owens se sintió tratado en la Alemania de Hitler “mucho mejor que en mi propio país”.

LARREA  EN/2018

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    2 thoughts on “Y MIENTRAS TANTO, ¿QUÉ PASABA EN EL MUNDO?

    1. Excelente artículo Sr. Larrea. Lamentablemente, es prácticamente imposible encontrar estos análisis historicos en cualquier libro/reportaje dirigido a la población en general.

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