CARTA ABIERTA DE UN PROFESOR UNIVERSITARIO

Sin ventanas a la calle
(Reflexión al viento de un humilde docente universitario)

 

Muchos de mis compañeros intentan mantener estanca su actividad docente. Llegan al aula y bien sueltan, bien evacúan (den los tintes escatológicos que quieran al término) sus clases y si te he visto no me acuerdo, que allí donde las dan las toman y yo tomo las de Villadiego.

Quizá porque mi vocación es la docencia, y no la investigación pura y abstrusa, la micropolítica, el crear fábricas de pasta de forma encubierta o cualquier otra expectativa que parece abundar por estos lares, a mí eso no me va. Dar clases, como decía ese zulú cántabro, me pone. Me pone las pilas y me acerca a la vida, que cuando a uno le quedan menos hojas de calendario por delante que las que ha ido arrancando y tirando miserablemente tras suyo, eso de estar rodeado de jóvenes y jóvenas, en palabras de la ex del ex, y ustedes disculpen la idiotez, me hace acariciar el sol.

Por eso, yo no creo en el alumno-expediente. Vale, hay algún turista que pasa por aquí como en una sucursal de porqueros sin fronteras, intentando hocicar lo que pueda y salir más sucio que limpio. Pero la especie que abunda es el chaval que intenta labrarse un futuro estudiando. La chavala que sabe que el tiempo que dedique al estudio ahora es una inversión para su trabajo de mañana. Gente buena, que pelea contra molinos de vientos. No es de extrañar que un viejo, gordo y harapiento Sancho Panza como yo intente orientar a esos nuevos Quijotes en la locura del saber, aun con el conocimiento de que me mantearán en la venta de Juan Palomeque.

Así, en asignaturas y sobre todo en esa estrecha relación que se establece entre alumno y director en los trabajos de fin de grado, intento que el tú a tú sea fructífero. Recomiendo libros docentes y no docentes, intento cuando puedo orientar laboralmente e incluso conseguirles los primeros puestos de trabajo y, aquí viene el pecado nefando, cuando veo que alguien lo necesita, intento ayudarle también en su vida extrauniversitaria.

Que soy tonto hace tiempo dejó de ser suposición para ser elevado a la categoría de certeza. Si no, no se explicaría que me metiese en la camisa de once varas de recomendar a una alumna que denunciase a su novio por majarla a palos y que se alejase de él, que esas cosas van a más y no a menos. Y que eso de que el que bien te quiere te hará llorar es un invento de cuatro tipos tras haber sobornado al guardián del zoológico para que los dejase salir a la calle. O que me convierta en el paño de lágrimas de algún alumno más que desesperado por esta puta crisis y sus consecuencias.

La débil barrera que me aconsejaron no flanquear, el hablar con ellos sólo en la universidad, lo traspasé hace tiempo. ¡Cuántas veces no he vivaqueado en un bar cutre donde el ciudadano chino de turno nos pone una ración de salmonella porque a los dos nos venía mejor por cuestiones de agenda vernos fuera! Bendita tecnología que nos permite ver un proyecto en un banco junto a la Catedral, o trazar un guión de un trabajo en una terraza atendidos por camareras que en otra vida fueron walkirias, mientras un viejo vestido de niño pijo cata el vino como si hubiera pasado su infancia correteando entre las bodegas de La Rioja.

Por ese contacto, creo y, obviamente puedo engañarme a mí mismo como no en pocas ocasiones ha sucedido, que mi visión de lo que pasa fuera es mayor que la de muchos de mis compañeros. El otro día se extrañaban mucho de que nadie se apuntase a su curso chachi piruli que tiene tantas cualificaciones, a pesar de los importantes descuentos para parados. Y yo, que acababa de hablar con un alumno de doctorado que se disculpaba porque durante dos meses había tenido que sustituir a su tío como camarero en un bar de la costa, por enfermedad de éste y bajo la amenaza del jefe cabrón de que si nadie le sustituía, su trabajo estaba en almoneda, y que entendía perfectamente las razones que le llevaban a decirme que cuando acabara la tesis se iba de este puto país allá donde le contratasen, fuera Nigeria o Canadá; yo, que hacía un par de días había despedido a una de mis alumnas más brillantes, que se iba a trabajar a Colombia con unas condiciones que me daban envidia, y que tenía fresca la partida de dos chavales excelentes a Marruecos como jefes de proyecto, ganando más que aquí los fontaneros, no podía menos que callar. Callar mientras miraba unas ventanas ciegas que no daban a la calle, y que explicaban mejor que todo este sermón que les he empaquetado todo lo que ocurre.

Callar, porque si hubiera hablado me hubieran tirado a patadas. Aunque las mayores me las he pegado yo solo.

GUTIÉRREZ

 

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