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LA HAMBRUNA DE BENGALA. 75 AÑOS DE UN GENOCIDIO OLVIDADO

 

En 1943, hace ahora 75 años, en la Bengala sometida al dominio del Imperio Británico una terrorífica hambruna se llevó por delante la vida de tres millones de bengalíes.

La causa de esta hambruna no es otra que la desaprensiva utilización de los recursos y de la población nativa de la India para colaborar en el esfuerzo bélico de la causa aliada durante la Segunda Guerra Mundial.

Mucho se habla del trabajo esclavo de los nazis. Pero muy poco de que este trabajo esclavo tuvo su equivalente en el bando aliado en la salvaje explotación de la mano de obra de nativos de las colonias británicas.

Un repaso al contexto, antes llegar a las conclusiones.

En 1942 los japoneses estaban expulsando a los británicos de todo el sureste asiático. Singapur, Malasia, Hong Kong habían caído en manos de los victoriosos ejércitos nipones. Y a mediados de 1942 habían expulsado también a los británicos de Birmania y se acercaban a la Joya de la Corona, la India. Bengala era la puerta de entrada al resto de la India desde Birmania y pronto los japoneses se plantaron en la frontera con la intención de proseguir su avance y arrebatar también la India al Imperio Británico. Las autoridades coloniales entraron en pánico y comenzaron a adoptar medidas drásticas destinadas a impedir el avance japonés a cualquier precio a costa de la población civil bengalí. Requisaron las existencias de arroz para asegurarse de que no caerían en manos del enemigo y para alimentar a las tropas destinadas a defender la frontera. No contentas con eso, las autoridades británicas ordenaron hundir todos los barcos de los civiles bengalíes con la intención de impedir que cayeran igualmente en manos de los japoneses. Según el historiador inglés Keith Lowe, poco o nada les importó que aquellos barcos fuesen “el único medio de sustento y de comunicación de la inmensa mayoría de las personas que vivían en aquel distrito”.

También según Lowe, la expropiación por parte del ejército británico de tierras fértiles destinadas a la agricultura “para construir carreteras, campamentos, aeródromos y campos de entrenamiento” aumentó aún más el impacto negativo sobre la población de Bengala.

La escasez de arroz provocó que los especuladores que conservaban existencias lo vendiesen a más de diez veces el precio normal. Los británicos podían haber impedido esta especulación, pero no lo hicieron. A fin de cuentas, sus tropas tenían todos los alimentos necesarios, y eso era lo importante.

Mientras una parte de la población se moría de hambre los británicos exportaban alimentos de la India al Reino Unido. Pero además hicieron algo tal vez peor. Subordinaron la economía, no solo de Bengala, de toda la India, para ponerla al servicio del esfuerzo bélico angloamericano.

En plena guerra, 1944, uno de los más distinguidos colaboradores del presidente Roosevelt, Edward R. Stettinius que había sido nombrado administrador del Préstamo y Arriendo y acababa de ser nombrado Secretario de Estado, escribió un libro titulado “El arma de la victoria”. Fue editado en España en 1945. En él dedicaba una parte a explicar el papel tan importante que estaba suponiendo la economía de la India en el mantenimiento del esfuerzo de guerra aliado.

“Se pedía a la industria índica (sic) que auxiliase a América y a la Gran Bretaña en el envío de municiones y la India era un país mucho más industrial de lo que la mayoría de americanos piensa”.
“Pequeños talleres por toda la India habían sido adaptados a la producción de material de guerra”.
“La India poseía la mano de obra, las materias primas y las fábricas”.

Y la zona más rica en industrias de la India, según el propio Stettinius afirma en su obra, se encontraba en el triángulo situado a 300 kilómetros al Oeste y Noroeste de Calcuta; es decir, Bengala.

Cuando la escala de la hambruna comenzó a revelarse en toda su magnitud hacia mediados de 1943 probablemente ya habían fallecido más de un millón de indios en apenas cuatro meses. Habrían de morir dos millones más antes de que las autoridades británicas, tanto las locales como las de la metrópoli comenzasen a tomar conciencia de la catástrofe que estaba asolando el país. El gobierno de la India, el Raj, básicamente estaba a cargo de las autoridades británicas locales, con un virrey al frente, que a la sazón era el general Archibald Percival Wavell (primer Conde de Wavell) pero, dada la enorme importancia de la India, en el gabinete de Su Majestad existía el cargo de Secretario de Estado para la India, que en 1943 recaía en Leopold Charles Maurice Stennett Amery, más conocido como Leo Amery, un judío británico y fervoroso sionista, que en 1917 había jugado un papel protagonista en la redacción y aprobación de la Declaración Balfour.

Cuando bien entrado 1943 sonaron las primeras alarmas y Bengala rebosaba de muertos y de esqueletos vivientes, los responsables británicos en la India comenzaron a pensar que la cosa se les había ido ligeramente de las manos y advirtieron al Primer Ministro, Winston Churchill y a su gabinete de que convenía enviar ayuda a la India, se encontraron, como señala el periodista e historiador inglés Max Hastings, “con una insensibilidad brutal”. En respuesta a un telegrama desde Delhi solicitando ayuda, Churchill respondió, con ese particular ingenio que tanto gusta a sus admiradores: “Si están muriendo tantos indios de hambre ¿cómo es que Gandhi no se ha muerto todavía?”

El Imperio Británico disponía de enormes reservas de alimentos almacenados en diferentes lugares, desde Canadá a Australia, pasando por Oriente Medio. Pero Churchill se negó rotundamente a que parte de estas reservas fueran enviadas a Bengala. El Primer Ministro quería que todos los recursos disponibles fuesen destinados permanentemente a mantener el esfuerzo bélico y no estaba dispuesto a destinar ni un solo barco a transportar alimentos que según él, hacían mucha más falta en otros lugares.

En 1943, en el momento álgido de la hambruna, el transporte marítimo a la India no solo no aumentó, descendió en un 60 por ciento porque miles de buques fueron destinados a nutrir los convoyes de auxilio a la Unión Soviética y otros a apoyar los desembarcos aliados en el Mediterráneo y en Francia. Cuando el Raj en Delhi comenzó a reclamar a Londres el envío de ayuda alimentaria, según Hastings el gobierno de Churchill “solo atendió al 25 por ciento de la ayuda solicitada”.

El ya citado Keith Lowe no se muerde la lengua: “Incluso cuando Canadá se ofreció a abastecer con 100 mil toneladas de trigo a Bengala, Londres declinó su oferta. Se dejó morir de hambre al pueblo bengalí”.

Poco más cabe añadir, salvo que la política de explotación salvaje de las colonias que efectuaron los británicos durante la guerra no se limita a la India. En Tanganica los “trabajadores” de las plantaciones fueron sacados de sus casas y recluidos en barracones vigilados por guardas armados y quienes se negaban a trabajar eran azotados y/o privados de sustento. En Nigeria más de 100 mil nativos fueron secuestrados de sus hogares y obligados a trabajar en las minas de estaño, en Rodesia las autoridades permitieron a los colonos blancos reclutar a la fuerza a decenas de miles de nativos para trabajar en sus haciendas a cambio de poco más que la subsistencia…

Pero, seguramente, en este 75 aniversario de la hambruna de Bengala no veamos muchas películas, series de televisión, documentales, artículos o libros sobre el tema. Ni oiremos a nadie hablar del trabajo esclavo del que se beneficiaron los vencedores de la guerra.

[Edward R. Sttetinius, El arma de la Victoria. Editorial Victoria, 1945.
Keith Lowe, El miedo y la libertad. Cómo nos cambió la Segunda Guerra Mundial. Galaxia Gutenberg, 2017.
Max Hastings: La guerra de Churchill. Crítica, 2010.
Se desataron todos los infiernos. Crítica, 2011.]

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