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EL ESTILO DEL MONTAÑERO SEGÚN JULIUS EVOLA

 

Todos los que hacen montañismo en serio, que escalan, que superan crestas, paredes, salientes, canales helados y comisas, se apropian una especie de modo de ser común, los rasgos principales del cual recuerdan a los más característicos del hombre de raza ario-romana y ario-nórdica, mientras que se oponen a los propios de un comportamiento de cierto tipo «mediterráneo». Ahora bien, en eso nos inclinamos precisamente a ver el efecto de una selección natural. Casi de un renacimiento, propiciado por las tareas y las pruebas precisas y por un determinado ambiente.

Primer punto: la castidad de la palabra y de la expresión. La montaña enseña el silencio. Hacer perder la costumbre de las chácharas, de las palabras inútiles, de las inútiles y exuberantes efusiones. Ella simplifica e interioriza. El signo, la alusión, son aquí más elocuentes que un largo discurso. Esto, naturalmente, en el grado máximo cuando se está empeñado en la escalada, en la travesia, se afirma espontáneamente el estilo militar, el laconismo de la advertencia, del mandato, de la sanción. Pero, desde la fase del ascenso, este estilo se extiende a la vida de montaña en general. Ciertamente, a veces hay decaimientos, especialmente entre los jóvenes de nuestro pueblo, en la algazara y la exuberancia de los refugios. Pero esto no tiene nada que ver con lo esencial, tiene, casi, el valor de una super-compensación y sucede raramente entre los verdaderamente alpinistas, entre los tipos más calificados, para los cuales la montaña es algo más que una aventura esporádica y una emoción pasajera.

El segundo punto, inmediatamente relacionado con el precedente, es la disciplina interna, el control completo de los reflejos, el estilo de una acción precisa, lúcida, de acuerdo con el objetivo, la audacia lejana de la temeridad y de la irreflexión, pero relacionada con un conocimiento de los limites de las fuerzas y de los terminos exactos del problema que debe ser resuelto. En relación con esto, también, el dominio de la imaginación, la facultad de neutralizar instantáneamente todas las agitaciones inútiles y dañosas para el ánimo. Son, éstos, elementos de estilo que tienen rasgos en común con los ascéticos, pero que se aplican a la acción, considerándose como presupuestos de cualquier empresa alpinista de algún relieve.

La concentración lúcida conforme al objetivo; he aquí, pues, otra cualidad que la práctica del montañismo despierta y estabiliza, hasta el punto de transformarla, en muchos casos, en manera natural de ser, en una especie de habitus. Quien, en una travesía sobre una cresta de hielo, piensa en algo que no sea el siguiente paso que debera dar con sus crampones, o quien, en una escalada, se deja dominar por el pensamiento del peligro y deja que su imaginación se ocupe del vacío sobre el cual pende, en vez de fijar su espíritu en la rápida y exacta solución de los diversos problemas del peso, del equilibrio, del apoyo idóneo, ese hombre, una vez haya terminado la aventura, dificilmente vuelva una segunda vez a la montaña. En cambio, volver a ella, afrontar y amar los mismos riesgos, dominar la técnica necesaria, significa dar una cierta forma al propio ser, forma que, de nuevo, en muchos no deja de repercutir también en el comportamiento general de cada dia. Es este realismo activo, este instinto lúcido y perfectamente dominado, este estilo de un espíritu que tiene completamente alucinada al «alma» y a todas las reacciones irracionales, lo que encontramos, por otra parte, como caracteristicas del estilo general nórdico-ario y ario-romano.

Ciertamente, análogos rasgos de estilo, son, en parte, propiciados también por varios deportes. Pero la práctica del montañismo contiene una serie de elementos que conducen igualmente a su espiritualización, eliminando, además, el peligro de la mecanización propia de quien se ha reducido a un haz de reflejos bien controlados.

La práctica del montañismo, en tercer lugar, habitúa a una clase de acción que no se ocupa de los espectadores, de un heroísmo que huye de la retórica y del gesto. De nuevo, es el mismo ambiente quien propicia esta purificación de la acción, esta superación de toda vanidad, esta activa impersonalidad. Si un cierto tipo de hombre, «mediterráneo», se caracteriza por la necesidad de un público, por la inclinación a hacer cualquier cosa en cierto modo con el espíritu de un actor, la práctica del montañismo representa uno de los mejores antídotos contra la componente «mediterránea» en tal sentido, que puede esconderse en alguna parte de nuestro espíritu. El que practica verdaderamente el montañismo experimenta un gozo opuesto al del tipo recién indicado: el gozo, especialmente, de estar sólo, abandonado a sí mismo entre la inexorabilidad de las cosas: a solas con su acción y su contemplación. Que, normalmente, la mayor parte de las empresas alpinas se desarrollen en cordadas, no contradice este punto, porque no es un alpinista serio quien no ha comenzado, en una cierta medida, por afrontar él sólo la montaña. Y los compañeros de una cordada no son nunca un «público»: son elementos silenciosos que se reparten las tareas particulares de una acción común. Cada uno sabe, más bien que en la cordada se le pide más que si estuviera sólo, por las consecuencias que una imprudencia o una debilidad podrían acarrear a los demás.

Esto nos lleva por otra parte a considerar un cuarto elemento de estilo, que se refiere a una especial manera de ser y de actuar. Camaradería, a este respecto, es una expresión demasiado generica. El vínculo, aquí, es más diferenciado y más personalizado. El elemento sentimental y afectivo ocupa una parte aún menor que en los casos genéricos de camaradería, aunque con efectos de una mayor intensidad. Podemos definirlo así: estar solos y estar simultáneamente juntos ——relación esencialmente lograda mediante la acción. Guiar o conducir sirve típicamente como ejemplo, como la indicación de los términos de una tarea, que deben siempre ser resueltos con las propias fuerzas. Tal vez sólo algunas formas de camaradería que se manifiestan en la guerra, en la lucha, pueden propiciar, como la práctica del montañismo, este mismo sentido especial de solidaridad activa, que mantiene la distancia y que presupone una plena armonización de las fuerzas, una confianza que es medida precisa de las posibilidades de cada uno. Virilidad sin ostentaciones. Prontitud en la ayuda recíproca, pero entre elementos que están en un mismo plano y sobre la base de un fin libremente escogido y concertadamente deseado.

Así este último elemento, con las debidas trasposiciones, hace recordar el tipo de comunidad que fue más característica en las antiguas razas arias y, en resumidas cuentas, del mismo hombre ario-romano. Tal forma de comunidad, a pesar de lo que ha sido supuesto por algunos, fue absolutamente ajena a cualquier «socialismo». Como elementos propios no tenía ni un ente colectivista, ni el átomo del individualismo, sino la personalidad. Por ley tenía la acción. Las relaciones entre los hombres se cimentaban en la confianza, en la lealtad y en la verdad, junto al supuesto de una igual dignidad de raza. Las subordinaciones, que no humillaban, existían por la precisa visión del conjunto y de lo que, en este, le correspondía a cada uno.

Estos son los principales elementos que, mediante la selección propiciada por el ambiente y por la prueba de la acción, en aquellos que seriamente hacen la experiencia de la montaña vienen en primer lugar y, a decir verdad, con una significativa uniformidad, rectificando o neutralizando otras inclinaciones y cualidades que, contrariamente, en la vida trivial de las llanuras y de las grandes ciudades son fatalmente agravadas. De la nada, ciertamente, no se crea nada: de aqui que las presentes consideraciones no sean válidas para el hombre moderno completamente bastardizado y reducido a la condición de animal deportivo y laboral, aún cuando para el hombre en el cual el sentimiento de raza -raza, en sentido superior— signifiquen todavía alguna cosa y representen el principal punto de partida para una voluntad de liberación y de resurgimiento. A este hombre, repetimos, el mundo de la alta montaña le va a hablar de una herencia primordial, para que pueda hacer emerger lentamente el sentido de aquella libertad más que humana, que no significa evasión, sino que es el principio de una fuerza pura y en el límite, en la concentración, en la acción precisa, en el completo y lúcido dominio de la parte irracional del ser humano y, en fin, en la prontitud en transformarse libremente en un elemento de una acción solidaria cuyo fin está por encima de cada uno, y va a sentir su más perfecta expresión.

Julius Evola. Meditaciones de las cumbres. Págs. 81-85.
Ediciones Nueva República. Barcelona 2003.

[En la fotografía, una Centuria de Montañeros del Frente de Juventudes]

 

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