25 DE NOVIEMBRE: MISHIMA versus MARADONA

“El mundo necesita más Mishimas y menos Maradonas”…

El proceso de divinización de una persona es una constante histórica. Yo creo ciertamente que un hombre puede, mediante la vía heroica, convertirse en un dios. Sin embargo ¿Es este el caso del supuesto “dios del fútbol” recientemente fallecido?

En vida Diego Armando Maradona fue considerado un dios, se fundó una Iglesia en Argentina que lleva su nombre y ciertamente y sin exagerar se le venera como tal. Es un proceso similar a la divinización de Elvis Presley o de otros personajes. Recuerdo que cuando estudié el proceso de divinización de Jesús de Nazaret siempre se ponían estos ejemplos modernos. Es común en el ser humano. Los caballeros medievales divinizaban a la dama de sus desvelos. Todas las religiones antiguas se basan sobre todo en la divinización de los ancestros. En este sentido Maradona podría cumplir bien ese papel.

No obstante el destino, caprichoso o no, ha querido que la muerte de Maradona coincida con el 50 aniversario de la de Yukio Mishima. Si uno compara la trayectoria vital de estas dos figuras, no puede sino reflexionar.

En estos tiempos modernos (o posmodernos), debido al nihilismo y el materialismo que nos asola, se tiende a confundir la esencia con las circunstancias. Un hombre rico puede eventualmente estar en quiebra, pero seguirá siendo rico. Un hombre pobre puede eventualmente volverse multimillonario, pero seguirá siendo pobre. Un rey sigue siendo un rey aun cuando vaga en el exilio con un grupo de leales. Un usurpador seguirá siendo un usurpador, aun cuando vista de armiño y reciba el inmerecido tratamiento de Majestad. Puedes comprarte un cinturón negro y ponértelo, pero no sabrás combatir si no te lo has ganado. Como se decía en el siglo XVII cuando la ya decadente Monarquía Hispánica regalaba títulos a casi cualquiera con dinero: “el rey puede hacer un noble, pero no un caballero”.

Esto es lo que sucede con estas dos figuras. ¿Quién era Diego Armando Maradona? Un desarrapado nacido en una de las “villas miseria” de Buenos Aires. Un despojo social en una Argentina decadente que venía de ser una de las cuatro primeras potencias del mundo. Un paria… al que se le dio bien el fútbol y con ello tuvo la oportunidad de cambiar su vida y ser un referente para millones de personas, que en efecto lo convirtieron en un dios. Sin embargo, no lo hizo. Ganó todo lo imaginable como deportista, pero no fue un deportista. No tuvo presentes los valores del deporte. No asumió la responsabilidad de ser un modelo de conducta para miles de jóvenes de todo el mundo que lo adoraban. Argentina lo cubrió de gloria y lo alzó a los altares y él la cubrió de vergüenza con su comportamiento. Pudo, en efecto, sentarse en el trono celestial… pero su esencia no era de héroe sino de villano. Y su esencia no cambió. Su esencia le llevó a empezar a destrozar copas en las vitrinas del Barça, club que lo había convertido en estrella, porque Núñez no quiso subirle el sueldo. Su esencia le llevó a la droga y a dilapidar todos los millones que había ganado con el fútbol. A la degeneración y finalmente, como seleccionador nacional, a llevar a Argentina, el país que lo convirtió en dios, a uno de sus ridículos más espantosos en un Mundial. Su miserable esencia le llevó a compadrear con un dictador infame como Fidel Castro.

Maradona es el producto perfecto de la Modernidad. Si fue un dios, fue sin duda un dios de la Modernidad. Un ídolo de barro. La encarnación de todos los vicios. Divinizado por la adoración ciega de de una masa analfabeta. La misma que hoy se congrega en plena pandemia para despedirlo, de manera desordenada y caótica. La personificación de los antivalores. Un icono de estos tiempos en los que se aplaude a los tramposos, como cuando le marcó el gol con la mano a Inglaterra. Es un dios, sí. Un dios miserable para un mundo sin dioses.

En el otro extremo tenemos a Mishima. Un niño débil y enfermizo que contra todo pronóstico sobrevivió. Un joven que sobrevivió a la aniquilación absoluta, material y metafísica, de Japón. Un hombre que a los 30 años, una edad en la que muchos pusilánimes de hoy piensan que ya se es demasiado viejo para cambiar, comenzó a practicar artes marciales y llegó a ser 4° Dan de karate y de kendo, cultivó su cuerpo y fue de menos a más, demostrando que nunca es tarde si la dicha es buena. Como escritor estuvo a punto de ganar el Nobel y se convirtió en el autor japonés más conocido en Occidente, revitalizó el teatro clásico japonés, fue cineasta… su vida se basó en tres principios: el arte, el ejercicio físico y la espiritualidad trascendente. No cabe la menor duda de que él siguió la vía del héroe. Aunque en un Japón derrotado y humillado, su esencia era noble. Descendiente de una estirpe guerrera, su esencia no cambió pese a las circunstancias adversas.

Mishima pudo haber elegido vivir hasta los 80 o 90 años (Japón es el país con mayor esperanza de vida) pero ante la posibilidad de morir viejo y achacoso, quizás con demencia senil en una residencia, cuidado por un robot mientras su nieto se convertía en un hikikomori que vive en un piso de 15 m² y dedica sus tardes a masturbarse viendo hentai (porque eso es el Japón moderno que él tanto detestaba), eligió la muerte heroica de un samurái. Frente a la muerte como tragedia eligió la muerte como performance. Hasta su muerte fue una obra de arte. En modo alguno fue un suicidio. Fue un héroe en el sentido wagneriano, aunque perteneciente a otro contexto cultural. Su muerte fue un acto redentor por Japón, la redención por el amor a través del arte. Un sacrificio más que un suicidio, como la muerte de Cristo en la cruz o la muerte de Gandalf a manos del balrog en las minas de Moria. Morir para salvar a otros y renacer, venciendo a la muerte.

Mishima, no me cabe duda, sí se convirtió en dios. El 25 de noviembre de 1970 se produjo su apoteosis. El mundo necesita más Mishimas y menos Maradonas.

J.M.VISIGODO

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