UNA LOTERÍA PERVERSA

 

Hay un cuento de Jorge Luis Borges, La Lotería en Babilonia, que siempre me ha parecido una de las mejores metáforas sobre la partitocracia y sus cansinos tocomochos de urnas y papelitos.
No voy a destripar el cuento por si alguno de los pacientes lectores de EC aún no lo conoce, pero baste decir que va sobre la subordinación de un pueblo entero –una Babilonia mítica- a un juego de azar que rige los destinos individuales de cada ciudadano hasta en sus más mínimos detalles con arbitrariedad a veces grotesca.
El pueblo, convertido en una masa obsesiva y ludópata, hace de esa lotería el centro y razón principal de su existencia. Para hacerse una idea de esta fábula – magnífica como casi todo lo que escribió el malévolo y genial ciego porteño- baste citar un párrafo:
“El babilonio no es especulativo. Acata los dictámenes del azar, les entrega su vida, su esperanza, su terror pánico, pero no se le ocurre investigar sus leyes laberínticas, ni las esferas giratorias que lo revelan.”

Si cambiamos “babilonio” por “español” y “dictámenes del azar” por “resultados electorales” tendremos una definición bastante exacta de la actitud del ciudadano medio ante una convocatoria a las urnas.
Décadas de repetitivos mantras en teles, periódicos, aulas y hasta púlpitos – el-sistema-que-los-españoles-nos-hemos-dado…el-menos-malo-de-los-sistemas -posibles…etc- han hecho que casi nadie cuestione la tramoya y los engranajes tramposos que se esconden tras el telón electorero.

Con sumisión ostentosa, los españoles – agradecidos por las migajas que los amos del cotarro hacen pasar por poder de decisión- tragan sin pestañear las ruedas de molino de las listas cerradas, el valor variable de los votos según la ubicación geográfica del votante y la necesidad de avales y firmas para que las minorías disidentes nunca dejen de serlo.
Con un papanatismo admirable, los votantes parecen creer en la honestidad de los charlatanes que figuran en las listas de misteriosa composición y arcano criterio que echan en la urna. O, peor aún, asumen con resignación fatalista la más que dudosa ralea moral de los elegidos.
Con bobalicona ingenuidad o con cínico autoengaño, los votantes mantienen la ficción de que los pájaros agraciados con un escaño o un sillón ministerial van a actuar movidos por el interés general y no por las instrucciones de los poderes financieros y empresariales que han financiado sus carísimas campañas.
Con una fe casi religiosa, los españoles asumen que cualquier decisión que tomen los apoltronados “representantes de la soberanía nacional” por muy disparatada, estúpida o malvada que sea, es legítima.
Con mansedumbre de cabestro, los votantes no cuestionan el hecho de que sean artificiales y oscuros grupos de intereses llamados partidos políticos los que se interpongan entre los ciudadanos y sus unidades naturales de convivencia –su trabajo, su barrio, su familia…- a la hora de decretar legitimidades y representaciones.
Con el aspaviento ostentoso del esclavo que quiere congraciarse con sus amos, los votantes biempensantes manifiestan su reglamentaria repulsa a los que creemos que el más noble destino de toda urna es el de ser rota.

J.L. ANTONAYA

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