AHORA QUE TODOS LOS NIEGAN

El abuelo de Víctor Manuel fue picaor allá en la mina, al menos eso cantaba en el pleistoceno el somé.

El mío también. A cielo abierto, eso sí, pero como aquél, se ganó la vida destripando terrones a golpe de sus brazos.

Y con su esfuerzo personal acabó teniendo un par de bancales propios. Oigan: un secarral infame del que cada temporada no me pregunten cómo, arrancaba cosechas.

Víctor Manuel es rico y comunista. Yo tampoco.

Fue el abuelo Juan Antonio un tío de una vez, que se dice pronto, el primero en levantarse… y el último en acostarse. Porque además de lo que cuelga, era un rato divertido, en resumen y por no hacerlo largo: el tipo de persona que todos gustamos de tener al lado, a duras y a maduras.

Tal vez por tal motivo acaparaba amigos y también, digo yo, que por tales motivos acabó enamorando a la chica más guapa del lugar y convertirla en su esposa y mi abuela.

Porque Vives Navarro “la pequeña del Tuerto” era de largo la niña más linda de la Casa Cuartel de Cullera. Créanme, que de esto entiendo: una mujer de bandera.

Un momento… ¿el Tuerto?.

Mi bisabuelo Ismael de mal nombre “el Tuerto” se había ganado galones y apodo cuando siendo Sargento Comandante de Puesto salió a reprimir una huelga anarquista en Carcagente y regresó con un ojo en el bolsillo.

Suboficial de cuchara, por su actuación en la revuelta citada fue ascendido a Brigada y al tiempo licenciado de oficial con carta personal de Alfonso XIII y todo.

Yo no le conocí, pero me juego un huevo que el viejo Ismael hubiera preferido tener ambos ojos, a la estrella en la bocamanga.

Sin embargo la pequeña Vives guardó como oro en paño durante toda su vida aquel pergamino con rúbrica: “Yo El Rey”.

A los que sí conocí bien fue a los picoletos que habían crecido de chavales en los cuarteles con mi abuelita (era el tricornio un oficio como tantos otros que se transmitía tal que una herencia), ya que regularmente pasaban a visitarla, tomar un café o un coñac, o ambas cosas que a veces el frio aprieta y en todos los oficios se fuma. Además, sin necesidad de decirlo: que supiéramos todos -nosotros, y las granjas de alrededor- que ellos andaban por allí.

A mis hermanos y a mí nos encantaban sus yegüas de “cowboys” y sus escopetones, en realidad viejos Mauser que más imponían por lo que llevaban visto que por su cadencia de respuesta. Luego vinieron en viejas Mobilettes y al cabo del tiempo hasta en un Santana de aquéllos que se fabricaban en Jaén y que nos parecía lo más chulo que habíamos visto en la vida desde Daktari.

Pero lo que nunca cambiaba, lloviera lo que lloviera, eran sus viejos capotes, las camisas raidas con la lejía, sus tocados descharolados por el abraso del sol y los surcos de sus caras, semejantes a los de los jornaleros del campo que tan bien conocíamos en casa.

La autoridad de aquellos hombres y en aquella sociedad emanaba directamente del uniforme y de nada más.

Y eso, exactamente eso, es el Honor de la Divisa.

Poca gente lo sabe porque poca gente quiere conocer la historia, pero Franco en los primeros meses de la guerra se propuso disolver la Guardia Civil visto el papel que sus mandos eligieron para el Cuerpo. Afortunadamente la actuación heroica de muchos de sus números… la Virgen de la Cabeza, la intervención de Muñoz Grandes, Jordana, Yagüe, Asensio… y otros muchos lograron disuadirle. Y la Benemérita acabó consolidándose como uno de los pilares de las zonas rurales sobre las que el Caudillo afianzó la reconstrucción de España, que empezó -no lo olvidemos- por el campo.

Despues llegaría el “milagro español” con aquella industria que hoy todos lloramos, pero el primer hambre del pueblo, ése lo quitó el campo.

Y hay que decirlo: cuatreros, robagallinas y mercheros aparte, la Guardia Civil fue el verdadero azote del Maquis, la lacra de facinerosos y criminales de la posguerra que en la tradición de Tempranillos y Candelas asolaron durante años sierras y sembrados, y que los picoletos a costa las más de las veces de su propia sangre, erradicaron. Con mano dura, que también hay que decirlo. Pero no cabía de otra.

La izquierda española, esa misma basura batiburrillo de holgazanes y “profesores sustitutos” con manitas desencalladas finas de manicura, la misma que eleva a la categoría de héroes a aquellos asesinos de campesinos que fueron “los guerrilleros” no perdona al Cuerpo precisamente su lealtad hacia al pueblo honesto, y por añadidura a la patria.

No es casual que fueran la diana preferida de ETA.

Hoy, que el tricornio es el blanco de la venganza de los resentidos, y la derechona los usa como arma arrojadiza que pueden amortizar, yo quiero romper una lanza por los “jornaleros del orden”: el Benemérito Cuerpo.

Como mínimo se lo debo al “Tuerto”.

Como mínimo.

LARREA    MAY/2020

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