ANTONIO ARRUE ZARAUZ

Muchos malintencionados (especialmente, de entre la pusilánime derecha política) han tratado a menudo de vincular al nacionalismo periférico patrio (en puridad, separatismo) con el Carlismo, cuando en realidad nada tienen que ver.

Al contrario, tal modelo de nacionalismo telúrico, provinciano y excluyente fue una excrecencia liberal que los politiqueros de la Restauración canovista fomentaron para minar precisamente aquí los principales feudos tradicionalistas, todo lo cual daría luz con el tiempo al hoy monstruoso engendro “autonosuyo” mangoneado por los PNV, PDCAT, Esquerra Republicana, etc. a cuenta del resto de españoles.

Un engendro que, eso sí, tanto en Vascongadas como en Cataluña, se ha ido apoderando (competencias educativas transferidas por el masónico Régimen del 78 mediante) de buena parte del relato y patrimonio carlista, en un malévolo a la par que espurio ejercicio de falsificación y/o vampirización histórica.

Ejemplo de ello (y de que el amor por la tierra no es patrimonio exclusivo de semejante y degenerada versión del nacionalismo) lo tenemos en la insigne figura del guipuzcoano Antonio Arrue Zarauz (1903-1976), miembro desde bien temprano de la Comunión y cuya oposición al lehendakari Aguirre le llevaría a presidir la Junta Carlista de Guerra durante nuestra Cruzada de Liberación Nacional de 1936-1939.

Acabada ésta, sus estudios en lengua, historia y cultura vascuences le convirtieron en el mejor y más prestigioso de los oradores en euskera de su época, siendo así nombrado académico de número en la muy exclusiva Academia de Lengua Vasca (la Euskaltzaindia), en otro ejemplo de libro que desmiente el mito de la persecución sistemática del idioma vasco perpetrada por el Régimen del 18 de Julio.

Elegido igualmente Procurador en Cortes por el Tercio Familiar, hay que decir que fue uno de los pocos que en aquel infausto 22 de julio de 1969 (y contraviniendo los posicionamientos de la pro franquista “familia” carlista que dentro del Movimiento encabezaba Antonio María de Oriol y Urquijo) tuvo el valor de decir NO (en base a su fidelidad a la rama dinástica legítima nacida tras la usurpación del trono por parte de Isabel II a su tío Carlos V, hermano de Fernando VII) al nombramiento del entonces Príncipe de España Juan Carlos de Borbón y Borbón como sucesor del general Franco a título de Rey en la Jefatura del Estado.

Poco tiempo después, moriría en plena Transición, en unos años especialmente convulsos marcados, dentro de las filas tradicionalistas, por las disensiones en las mismas (recordemos la deriva hacia el “socialismo autogestionario” a que las condujo el pretendiente Carlos Hugo de Borbón-Parma, decisión traumática donde las haya habido en la casi bicentenaria trayectoria de este movimiento) amén de por los asesinatos cometidos por la banda terrorista ETA contra significadas personalidades de aquéllas.

NO NOS ROBARÁN LA HISTORIA NI LA MEMORIA.

Cachús

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