AQUARIUS

Aquarius

Cómo intentar vencer en la sociedad líquida de hoy

Documento Político

Primavera 2018

 

Vivimos en una época de transformaciones rápidas y radicales que sobrepasa todas las expectativas.

Lo que llamamos Globalización se caracteriza por una revolución tecnológica que repercute en las mismas concepciones de tiempo y espacio, en los mercados, en las fronteras, en el imaginario, en el lenguaje y en las comunicaciones. Es la llegada de la Era de los Satélites, afirmando lo que Geminello Alvi definió como Nomos del Aire, que coincide con el pasaje a la Era de Acuario.

Una revolución que ha incidido en nuestro día a día no menos que la industrial o la eléctrica y ha cambiado profundamente nuestro modo de relacionarnos entre nosotros, llegando a producir mutaciones antropológicas profundas y quizás definitivas.

A esta revolución se añaden otras: las explosiones demográficas tercermundistas y el declive demográfico en el norte de un mundo cada vez más interrelacionado y en continuo movimiento. Esto está produciendo en Europa lo que se ha dado en llamar Gran Sustitución de población, lo que de Benoist más correctamente califica como Gran Transformación, destacando esencialmente el ocaso biológico en curso en Europa, todavía muy rica pero ya demasiado vieja.

Satélites y mutaciones demográficas han superado y han dejado anticuadas las soberanías estatales de la época jacobina, han transformado la geografía política mundial: ahora solo los sujetos con dimensión continental o subcontinental disponen de poder de decisión y márgenes de autonomía y libertad suficientes.

Todo esto se verifica en el momento en que el eje del mundo acaba de desplazarse del Atlántico al Pacífico, agravando nuestra decadencia y desencadenando, al mismo tiempo, el estímulo necesario para espolear una estrategia de renacimiento que, por el momento, está circunscrito a algunas élites político-económicas.

Por tanto, vivimos en una época particular: un poco como si en el pasado hubieran ocurrido simultáneamente la aparición de la energía eléctrica, el cambio de la era de los señoríos al de las naciones y el abandono de la centralidad mediterránea, todo en una situación de muerte biológica. Ante mucho menos, en el siglo XVI, Italia retrocedió del centro a la periferia del mundo y tuvo que esperar más de tres siglos para poder recuperarse.

 

Partido líquido y poderes modernos

Es completamente normal que hayamos entrado en esta nueva era ataviados con los esquemas mentales que teníamos antes y que, por tanto, no seamos todavía capaces de comprenderla, aun adaptándonos como animales a todos sus dictámenes. Por desgracia, antes de que nos dé tiempo a orientarnos ya tenemos que lidiar con nuevos desafíos determinados por la genética y por la cibernética, la robotización del trabajo, las nuevas reglas existenciales y las nuevas formas que adquieren los conflictos intestinos, a los que se añade la desconexión de la unidad social con la bestial afirmación del individualismo atomizado y de la conflictividad implacable e irresoluble en todos los campos (ideológico, sexual, religioso), según un esquema que ya identificó Eric Werner.

Todo esto ocurre mientras el propio Poder evoluciona en un constante sube y baja entre la superconcentración de los poderes fuertes (aunque siempre divididos en su unidad) y la dispersión de múltiples poderes singulares, en la desorganización progresiva de los cuerpos intermedios. En consecuencia, aparece una doble tendencia igual y contraria: a la universalidad y a la localización. Una convivencia forzada que tal vez un día encontrará su armonía en la única forma posible: la forma imperial.

Mientras tanto, la llegada de la llamada Sociedad Líquida o, si se prefiere, de la Era volátil de Acuario, ha producido la transformación de la política mediante la desaparición del clásico modelo de partido. Las fuerzas más lúcidas –comunistas y clericales– hace tiempo que disolvieron sus partidos de referencia para influir de modo transversal en todas partes. Esta liquidez es encarnada por las fuerzas dominantes y por sus alternativas, que ya se han liberado –o se están liberando– de sus apoyos habituales y de las jaulas institucionales: desde Macron a Trump, pasando por el Vaticano y llegando al movimiento Cinque Stelle… Todo funciona con el partido líquido, como ya hizo en su día Berlusconi. Quien permanece anclado a los modelos sólidos, se hunde.

 

Ideologías vetustas y oposiciones ridículas

Existe un gran malestar porque todas estas transformaciones se sufren más que se viven, no existe ni conciencia ni orgullo, faltan los presupuestos metafísicos y filosóficos, las referencias estables para afrontar cambios tan relevantes que implican renuncias inevitables. A todo esto se añade un drama: los intérpretes y los portavoces oficiales del sistema político son casi exclusivamente supervivientes de las fracasadas y arrogantes utopías progresistas. Mientras tanto, en ningún lugar se consigue articular una respuesta actual, creíble y ganadora que no esté compuesta por eslóganes sumarios y simplistas.

Las oposiciones se limitan a recoger el descontento de la forma más descompuesta posible y a retransmitirlo sin más, sin interpretarlo siquiera. Tanto si son de extracción reaccionaria, comunista o democristiana, se limitan a:

– producir un imaginario psicótico que reduce todo el malestar a la actuación de un sujeto maligno (la UE, el Euro, la CIA, Soros, Berlusconi, el Islam, Kalergi, etc.) y ofrecer como única respuesta una vuelta atrás a una presunta edad de oro anterior a la Caída del Muro de Berlín, presumiendo de paraísos desaparecidos que nunca existieron;

– reivindicar la función salvadora de quien intenta devolver las cosas a su sitio. Es decir, quien contrapone un modelo político de una época pasada a los modelos de la época actual. Esto solo es posible en la imaginación –siempre y cuando sea escasa.

A medida que una fuerza de oposición se va acercando a la más mínima posibilidad de participar en la administración, más edulcora su extremismo, tanto en las negaciones como en las propuestas; no porque se venda, sino porque sencillamente se da cuenta de que toda la teoría a la que se venía aferrando no es más que una visión obtusa que impide cualquier movimiento, excluyendo los ataques frenéticos e iracundos lanzados desde la impotencia.

 

Prejuicio democrático

La paradoja de esta evidente falta de correspondencia entre oposiciones y realidad efectiva es la adquisición de un fanático prejuicio democrático. Las enseñanzas de la escuela marxista, de los intelectuales reaccionarios y del genio fascista habían desenmascarado el error democrático e identificado por separado los mecanismos que lo componen estableciendo cómo relacionarse eficazmente con ellos sin sucumbir. Los que pretenden ser herederos o nostálgicos de las alternativas al liberalismo han olvidado completamente las bases. El motivo de esta degeneración cultural se debe probablemente a la ausencia de una perspectiva estratégica de cualquier tipo.

De aquí, casi por desesperación, deriva la grotesca pretensión de contraponer un supuesto sentimiento popular encarnado en nombre de la democracia a quienes, por el contrario, habrían traicionado a la democracia. El tosco mecanismo es el siguiente: los malvados o los mercenarios estarían engañando al pueblo e imponiendo todo tipo de fechorías que sacan por arte de magia de su chistera o, mejor, de las chisteras de sus amos. ¿Cómo impedírselo? Alcanzando la mayoría y cambiando las cosas por ley desde un Parlamento recién conquistado.

Una pena que ese razonamiento resulte tan absurdo en una época de democracia completa porque omite completamente los mecanismos del poder, del consenso, de las élites. Hoy, en el poder transformado, ni siquiera la conquista casual de una mayoría podría convertirse en un instrumento efectivo para desbancar a los poderes reales y mucho menos para intervenir unilateralmente sobre las cuestiones más importantes de estos tiempos. Estamos en plena democracia, desde el punto de vista espiritual y de los valores, pero en plena postdemocracia desde la perspectiva técnica. Una postdemocracia débil que, allí donde pasa a ser fuerte con dosis autocráticas –como en China, EEUU, Turquía, Israel o Rusia– acaba siendo definida por algunos como “democratura” o como “democracia 2.0”.

Entonces, ¿no hay nada que hacer? ¿Debemos ignorar las elecciones y los partidos? No necesariamente, es una cuestión de dosificación, de instrumentos, de perspectivas y de estrategias. No obstante, si la idea se mantiene y se sigue apostando por cambiar las cosas promoviendo democráticamente un partido extremista que no tiene conciencia efectiva de la realidad, sino solo una interpretación subjetiva y superficial de la misma, únicamente quedará adentrarse con la cabeza baja en un callejón sin salida.

Con efectos colaterales como el aumento de efectivos y el aspecto económico; tal vez apetecibles desde el punto de vista mediático pero nulos desde el punto de vista estratégico, eso siempre y cuando no acaben siendo utilizados e instrumentalizados precisamente para frenar el renacimiento nacional y europeo.

 

Un cambio de mentalidad

Pasada la resaca democrática, ¿cómo se expresan los descontentos?

Siempre de forma episódica, mutilada y fragmentaria, a veces incluso patológica.

Desde la secta resentida que espera soluciones apocalípticas (guerra racial, enfrentamiento religioso, insurrección social, implosión del sistema, lucha de clase, dictadura del proletariado, invasión rusa) a la comunidad cerrada que lee, cena, discute, ve una película y escucha canciones en nichos-salones, pasando por los centros de estudios destinados a ellos mismos. A todo esto se añaden los oportunistas, más o menos aventureros, con mentalidad de recaderos, y la cada vez más extendida megalomanía onanista en los desahogaderos de las redes sociales.

Por desgracia, el leitmotiv de casi todos, ya sea consciente o inconsciente, es el de querer ser representados en la comedia humana, ser reconocidos, existir, obtener notoriedad,… no es hacer presión sobre la realidad para cambiarla: en fin, se hace todo para uno mismo (poco importa si ese ‘uno mismo’ es comunitario o no) y casi nada por un deber superior.

En cualquier caso, todos –partidos, movimientos, comunidades, individuos– carecen de una visión de conjunto, un conocimiento estratégico, una lucidez metodológica y, lo que es más grave, escasean los reclamos lúcidos y formulados desde los fundamentos en el estilo, en la existencia, en los principios y en la propia historia de ese mundo del que pretenden extraer las propias ideas, que puntualmente acaban convirtiendo, en su reedición, en dogmas escleróticos y en teorías más que discutibles.

En fin, todo equivocado, ¿todo inútil? No, porque cada expresión viva alberga en sí un enorme potencial de conservación, de transformación e incluso de regeneración, incluso cuando gira sobre sí misma en una voltereta continua.

Tanto si se llega a adquirir un sentido pleno, a tomar una dirección que no sea la del gueto (o la pretensión un poco patética de desestigmatizar el gueto…) o no conduzca a dar vueltas sin rumbo en un laberinto, es necesario asumirlo todo: estilo, mentalidad, conocimiento, conciencia plena, para después articular una tendencia estratégica coherente y aplicable en una actualidad comprendida, cambiando el curso de la historia y no intentando huir de la propia historia y de la evidencia.

Esto, claro, siempre y cuando el objetivo sea dejar una huella de combate y adquirir un valor efectivo.

 

Punto de partida

Por tanto, es necesario partir de los fundamentos: estilo, conciencia ética y metafísica, aplicación de los principios y las ideas. Estas bases deben conjugarse con el análisis de las revoluciones que se están produciendo en las sociedades y en el mundo para actualizar los referentes absolutos, transformándolos en motores de una regeneración dinámica y constante.

La actualización debe ser un proyecto compartido y duradero. Debe considerar que la estrategia adquirida forzosamente contará con tres factores esenciales:

– el conocimiento de todas las leyes de la sociedad líquida en el contexto de las revoluciones en curso, sin el cual ninguna decisión operativa podrá obtener un éxito real y duradero;

– la articulación de la estrategia frente a los objetivos estratégicamente significativos que expondremos a continuación;

– el reconocimiento de que nada puede ser realizado sin sinergias ni en ausencia de una dirección compartida y al mismo tiempo el reconocimiento de que esto es algo imposible de lograr si se propone con acuerdos artificiosos. Sin embargo, será realizable con el pasar del tiempo, casi por automatismo, gracias a la fuerza de las cosas. Siempre y cuando exista una minoría cualificada –aunque exigua– consciente de esta necesidad y activa en la tarea de satisfacerla.

De este último convencimiento deriva otro: que no es necesario que los sujetos particulares estén de acuerdo con las sinergias para formar parte objetiva de ellas, por lo que sería un gran error excluir mentalmente del elenco de protagonistas a quienes son un poco recalcitrantes. La fuerza de las cosas es más imponente que los caprichos humanos, de las vanidades y de los egoísmos, y saldrá adelante por sí sola si está bien direccionada. Cabe añadir que no es para nada necesario que sean muchos quienes conducen conscientemente una acción estratégica que involucre a los demás y que, en último análisis, los pocos conscientemente activos podrán no beneficiarse en primera persona de los frutos de su trabajo.

Una última cortesía antes de pasar a la exposición del qué hacer: quien es presa de la angustia por el futuro y espera hacer borrón y cuenta nueva para salir del mundo de hoy y de sus problemas es mejor que se resigne porque no tiene escapatoria. La operación necesaria para cambiar las cosas no es destructiva, no es negativa sino positiva, aunque si se espera que coseche éxitos todos los días tardará décadas en poder modificar significativamente el panorama actual. Por tanto, no hay lugar ni esperanza para egoístas y enamorados de sí mismos: han llegado a la última parada. Como máximo pueden insistir en sus ilusiones cerrando los ojos con fuerza.

 

Hombres decididos y niños caprichosos

Algunas personas ya no aguantan más la presión fiscal, las crisis económicas, el fanatismo mundialista, las discriminaciones jurídicas y políticas, las mezquinas figuras italianas en Europa y en el mundo, la inmigración masiva, las nuevas religiones, una clase política ridícula, una sociedad desconectada y decadente… A todos esos no les queda más que arremangarse, reunir sus herramientas, comenzar a excavar y a construir. Obviamente, esto no es posible si no se tiene un proyecto, planes, disciplina, instrumentos. Antes de ponerse a trabajar, cada uno debe reconocer el terreno y el material y dejar de imaginarlo en su cabeza. Así, descubrirá, por ejemplo, que las migraciones no dependen solo de los planes de algunos y de los sucios intereses millonarios de otros, ni siquiera del fanatismo utópico de cierta gente. Todo esto es concausa, pero el colapso demográfico italiano existe –todavía en mayor medida que el europeo–, al igual que existe una explosión demográfica en África y un sistema internacional que desemboca inexorablemente en esta situación. Añadimos que, obviamente, este panorama no puede modificarse si no se combate contra los responsables de la esclavitud buenista y al mismo tiempo se coordina un plan de desarrollo en África para nuestras empresas y un sistema adecuado de cooperación intergubernamental. Para colmar la brecha demográfica –es decir, para reactivar a una población moribunda–, son necesarios al menos cincuenta años y no son decisivos los incentivos económicos porque, en general, son los pobres y no los ricos quienes tienen más hijos. Más bien hace falta una nueva ética y una voluntad de poder, pero siempre hablamos de medio siglo para poder afirmar que se ha invertido la tendencia. Es inimaginable meter mano a la crisis económica si no se comprende en qué medida depende de nuestra muerte biológica –además de la influencia del agresivo desarrollo de Asia. Cuando nuestra economía iba mejor que hoy, todos estos factores todavía no se habían materializado, por lo que no ha sido el Euro el culpable de la destrucción económica de Italia y mucho menos la UE que, a su vez, es una respuesta a los nuevos escenarios mundiales. El cambio monetario equivocado que se aplicó en el 2002 ha tenido sin duda una gran responsabilidad, pero el problema hay que buscarlo en otro sitio.

Si alguien pretende escapar de esta pesadilla gracias a un despertar popular o a una mayoría parlamentaria que lo cambie todo desde la ley y utilice una varita mágica capaz de modificar algunas dinámicas sobre las que los poderes institucionales tienen una incidencia muy limitada –o incluso nula–, necesita seguir algún curso básico de sociología, de economía, de historia y de política.

Quien sueña con que todo se resuelva lo antes posible en el sentido deseado no es más que un niño caprichoso fingiendo que la realidad que no le gusta no existe y esperando que desaparezca negándola, tal vez lloriqueando un poco –como se está poniendo de moda en determinados ambientes que, por el contrario, deberían ser ejemplo de virilidad.

 

Dínamo y síntesis

Sabemos perfectamente que muchos rechazarán rabiosamente todo lo que hemos descrito y también lo que estamos a punto de exponer: para mirar directamente al sol hace falta tener ojos de águila, para apreciar el abismo sin confundirse con el abismo es indispensable contar con una serenidad suficientemente firme. Son necesarias algunas virtudes psíquicas. Entre ellas, los Antiguos Romanos nunca incluyeron la esperanza.

La mayoría se negará a considerar la realidad porque se asustarán: mucho mejor aferrarse a ilusiones fuera de lugar y de tiempo y volver a proponer los mismos movimientos, secundando reflejos condicionados y manteniéndose en un reconfortante estado de hipnosis. No pasa nada, es posible que las sinergias se produzcan igualmente y a pesar de su negación, prescindiendo de su voluntad. Y aunque lo que hacen –tal vez con un poco de alboroto, de éxito y de visibilidad– no tiene igualmente ninguna salida estratégica, el mero hecho de existir y de crear agregación comporta en cualquier caso varias oportunidades de futuro.

Para representar un valor estratégico y adoptar roles funcionales, superar la atomización y la autorreferencialidad, es necesario partir de algunos puntos fijos.

– La acción no debe ser impaciente ni estar contaminada por el deseo de poseer. Lo que ya era discutible en la sociedad sólida ha pasado a ser, además, ineficaz en la sociedad líquida. El objetivo, por tanto, no puede ser el crecimiento físico o material del propio yo/grupo y no puede tampoco ser la “conquista del Estado (o del Parlamento)” ni la ideologización de las masas atomizadas.

El único objetivo eficaz es el de transformar la transformación: introducir nuevos símbolos, colores, signos y marcar distintos cauces para el río por el que discurre con ímpetu esta fase histórica. No solo se trata de dar más que de recibir, sino también de dar sin recibir. Es el dar mismo, destinado a resultados concretos, el que debe volver. “Tengo lo que he dado”. O, como decían nuestros antepasados: “La propia virtud es la recompensa de la virtud”.

No solo se trata de filosofía o de retórica: en esta premisa reside el secreto para el único éxito posible.

– Ya que la realidad en la que debemos actuar está muy articulada y fragmentada y dado que las leyes conectivas, comunicativas y organizativas de nuestra época son líquidas y fluidas, es indispensable que nos organicemos de forma articular y diferente, no monolítica y mucho menos uniforme.

– Teniendo en cuenta estas dos premisas, debemos madurar una nueva convicción: por una parte debe estar la dínamo, una especie de motor a tracción posterior o, mejor todavía, un generador; por otra parte, sus efectos deben manifestarse por todas partes, de forma plenamente transversal, arrastrando el germen para una Nueva Síntesis en ciernes, con nuevas connotaciones, que se podrá y se deberá materializar en el tiempo.

 

Jerarquías inéditas

Para poder asumir una nueva mentalidad es necesaria una acción sobre uno mismo no solo ética, espiritual, cultural, estilística y disciplinaria, sino también de descondicionamiento mental.

En la sociedad líquida nada está en el lugar donde solía estar, por lo que el vértice no está en la cima, lo sólido no tiene características tangibles. Quien quiere suscitar algo expresándolo según los esquemas del pasado está constantemente engañado –tal vez sin darse cuenta– porque, en la práctica, crea objetos que son principalmente virtuales, ligados por el cordón umbilical a los foros sociales de los que dependen. Los sujetos políticos ya se han convertido en segmentos de una guetización escénica que se nutre de sí misma, obligada por las mismas redes sociales a vivir en una realidad inexistente más que en la realidad tangible. Queda entonces inexorablemente obligada a instrumentalizar lo que ha conseguido realizar también en el arraigo territorial para aumentar virtualmente su propia imagen tirana en lugar de hacer todo lo contrario, como debería. La red la envuelve y la enreda como un ovillo, distrayéndola de lo sustancial que acaba cayendo en una dimensión exclusivamente instrumental en la que cada acción no vale nada por sí sola, sino solo como un anuncio para generar frenéticos ‘Me gusta’.

Los sujetos políticos están condicionados y recluidos; quienes saben cómo usarlos realmente están fuera o por encima, como Grillo o Macron y, en cierta medida, Trump y Berlusconi. Los partidos de hoy se parecen más a robots virtuales que a los taxis de los que hablaba Enrico Mattei1.

Para responder a las exigencias de nuestra época hay que comprender que los instrumentos clásicos han caído en desuso y que es necesario redefinirlos jerárquicamente, al contrario respecto a la era sólida.

En una óptica que no sea la de la ficción, solo es posible concebir a los partidos como medios de comunicación y de subsistencia, desde luego no como fines y ni siquiera como elementos estratégicos. Estratégicamente son menos importantes que los movimientos políticos que, a su vez, inciden menos que los movimientos de opinión y las organizaciones lobísticas.

En el interior de los movimientos y de los pequeños partidos, lo que más cuenta es la educación de los individuos y el crecimiento de las comunidades que antes o después deberán liberarse de las taras sectarias que las sofocan y las desgastan.

Las estructuras ligeras son mucho más importantes y eficaces que los instrumentos de reclutamiento masivo: desde pequeñas y sencillas unidades de intervención a redes de comunicación, para ir subiendo poco a poco a los centros de reflexión y de dirección estratégica, llegando al sobrio diseño de un arquetipo de orden.

Tanto desde el punto de vista funcional como desde la perspectiva de los valores, todo lo que venimos exponiendo responde a los grados jerárquicos, atajando desde la periferia hasta el centro.

Dado que nos movemos en el estado líquido, hay que tener en cuenta que no se trata de jerarquías escleróticas y sobre todo que las mismas personas pueden revestir distintos roles y funciones al mismo tiempo, encontrándose por tanto a la vez en distintas graduaciones. Por último, los movimientos impuestos por esta era son tan ondulatorios e interrelacionados que la propia jerarquía no puede ser rígida, también porque el avance hacia las autonomías y la evolución de los roles de los individuos no pueden más que desembocar en la lógica de las unidades imperiales y la recuperación del lema “máxima libertad, máxima responsabilidad”.

Anárquicos y jerárquicos, no solo para irnos al bosque, como sugería Ernst Jünger, sino para bosquificar y, al mismo tiempo, para ser autosuficientes cuando se coopera con otros que son todavía prisioneros de anhelos, angustias o esperanzas.

 

Anillos, no pirámides

No es fácil imaginar una nueva organización de este tipo sin recurrir a una imagen plástica, aunque sea aproximada. No se trata de una organización piramidal, sino más bien de una organización definida por anillos concéntricos.

Las circunferencias externas están representadas en primer lugar por los organismos de reclutamiento público (partidos, movimientos) que siguen convencidos de que su acción tiene una función primaria y que todo lo que reclutan o construyen debe ser instrumentalizado cuando, sin embargo, lo que debe madurarse es precisamente lo contrario: la función política de estos organismos es todavía demasiado material y políticamente limitada. Por el contrario, tienen un potencial enorme como vivero para hacer germinar en su interior distintos recursos que puedan ser utilizados en acciones profundas en otros ámbitos.

A la circunferencia externa corresponden bajo formas muy distintas los organismos de acción en lo social, los grupos de presión, etc.

Una segunda circunferencia abarca desde las realidades de comunicación en red y de los nervios de las relaciones entre sujetos políticos que también deben contar con una escuela de mandos a distintos niveles eficaz y actual, destinada a la acción común, sinérgica, impersonal y no tribal o sectaria. Y esta, aunque muchos la ignoran o intentan ignorarla, ¡existe!

En el primer nivel no se pasaba de la parte muscular, pero esta dimensión es la que realmente corresponde a alma de todo el conjunto.

El anillo más estrecho y más esencial es el que se dedica a la estrategia y al espíritu.

 

Tareas estratégicas

¿En qué direcciones proceder? ¿Con qué instrumentos?

¿Con quién contar para la propia acción? ¿A quién dirigirla?

En primer lugar, identificamos las directrices estratégicas.

– Hoy, todo el planeta es capitalista, incluyendo a las potencias exóticas consideradas alternativas y a las que tienen regímenes que se llaman de otra manera. No existen conflictos entre Capitalismo y No-capitalismo, sino entre competidores que al mismo tiempo son socios en otros ámbitos. La conocida “unidad y división” leninista. Las revoluciones que marcan los tiempos, en primer lugar la traslación del eje mundial del Atlántico al Pacífico, definen los nuevos enfrentamientos. Entre ellos, el más importante es el que está produciendo la voluntad de emancipación europea y el intento de desvincularse de la tutela americana que se desarrolla, de momento, en torno al eje francoalemán. Capitalista sí, pero no más que cualquier otro e incluso con variantes sociales que no existen en los demás.

Las opciones estratégicas fundamentales son, por consiguiente: el apoyo y el impulso para la aceleración militar, espacial, política y de potencia de Europa; el desarrollo de una función italiana que devuelva Roma a un papel activo en Europa. Más Italia en Europa, más Europa en el mundo.

A esto es necesario añadir las proyecciones estratégicas que están directamente conectadas con otras cuestiones de naturaleza social, cultural, demográfica y económica, es decir: una política para el Mediterráneo, el desarrollo concreto y no teórico de una línea Euroafricana, la conexión preferente con América Latina y la realización de puntos amigos esenciales en el Pacífico, en especial en Chile y Japón.

No se trata de un fin en sí mismo: la influencia que pueden tener las minorías que promueven relaciones comerciales y culturales es incalculable, sobre todo en un mundo cada vez más interrelacionado en el que los esquemas del bipolarismo, del tripolarismo o del multipolarismo tienen una implantación relativa porque en realidad cada uno depende de todos los demás, incluyendo a sus rivales, y al mismo tiempo actúa por cuenta propia. Por tanto, existe un enorme potencial para restablecer nuestra correcta esfera de influencia.

Es una función que podemos definir como supletoria frente a la dejadez estatal en el plano nacional, europeo e internacional.

– La combinación de Capitalismo y desequilibrios económicos y demográficos está empobreciendo y desarticulando la sociedad, cada vez más carente de referencias y de organizaciones sociales, despreocupada y menos productiva. La tarea estratégica es dar vida a las nuevas organizaciones sociales y relanzar el espíritu productivo en el sentido de la autonomía operativa. El valor añadido que se debe proporcionar al cambio del europeísmo activo debe acompañarse de la agresión corporativa, la construcción de proyectos locales con espíritu imperial y la defensa identitaria frente al liberalismo amorfo.

Es una función que podemos definir como supletoria frente a la dejadez estatal en el plano económico y social para la realización de una nueva soberanía popular en la organicidad y en la dirección de las autonomías y del corporativismo.

– Además, hay que contar con el choque de civilizaciones, el de verdad, entre la Subversión desvirilizante, antijerárquica, antivertical, antiidentitaria, uniformizadora, desesperada y desesperante; y la Corrección viril, jerárquica, vertical, feliz, que no puede ser fruto de una oposición entre modelos abstractos ni de una presunta recuperación de valores, sino que debe ser un punto de unión consciente y absoluto con los principios que expresan valores correctos, coherentes y en línea con la nueva época y las modificaciones sociológicas y antropológicas en curso.

Es una función que podemos definir como supletoria frente a la dejadez estatal en los planos espiritual, existencial, cultural, ético y ejemplar.

Como por casualidad, los objetivos estratégicos corresponden a una división en tres partes.

 

Dónde y cómo

Si nos limitásemos a definir los objetivos no pasaríamos de las abstracciones habituales. Preferimos indicar con qué instrumentos es posible actuar sector por sector, sin perjuicio de que todo lo que estamos exponiendo ya se encuentra en funcionamiento en la práctica.

– En lo que respecta a las opciones estratégicas, los instrumentos útiles –algunos de los cuales provechosamente activos– revisten distintas naturalezas. Think tanks de calidad y relevancia; agencias de conexión diplomática y económica internacional entre Europa, África y América Latina; plena transversalidad política en los ámbitos estratégicos, determinada por la voluntad común de regeneración europea.

– En la dirección de la reorganización social y del desafío corporativo, deben coordinarse una serie de sujetos diferentes, en especial los pequeños y medianos productores a los que hay que proporcionar la suficiente capacidad de autonomía y de autofinanciación.

También es necesario modificar el papel de la representatividad sindical conjugándolo con las nuevas formas de expresión de los intereses de las categorías que tanto en Italia como en Europa comienzan a articularse en los llamados stake holders; es decir, los representantes sectoriales en las sedes neurálgicas de las conversaciones y la legislación económica, instituciones que por su naturaleza intrínseca son elementos corporativos en ciernes.

Por último, la implosión social y el creciente localismo abren espacios para el arraigo como contribuyentes supletorios del mínimo esencial que el Estado ya no alcanza a proveer. Hay que organizar la autonomía de los sectores productivos y de las políticas locales introduciendo la lógica de la independencia mediante controles heterodirigidos. A la vieja fórmula de Comunión y Liberación “más sociedad, menos Estado” no se responde con un banal “más Estado”; se responde asumiendo la Idea de Estado (lógica imperial) y desarrollándola por hombres libres y disciplinados: anárquicos y jerárquicos. Autonomías sociales, producciones, organizaciones corporativas,… deben ser entendidas como ejes transmisores de una reconquista popular que no se dirija hacia la atomización, sino que se una y se cohesione en torno a una idea transcendente y libre de origen imperial.

No se deben utilizar estas fricciones con fines propagandísticos ni emplearlas en un antagonismo abstracto y estéril; deben conformar el sistema y representar la alternativa activa, real, viva, que se libera y libera con ella los espacios que la rodean sin ninguna retórica y sin protagonismos.

A esto cada uno –cada persona, cada comunidad, grupo, organización, movimiento, partido o cualquier otra forma equivalente– debe dedicarse optando por instrumentalizarse conscientemente y por voluntad propia.

Un solo organismo no puede cubrir todas estas casillas. Es más, únicamente en el escenario del arraigo local es posible centrar resultados con una etiqueta precisa o bajo una bandera, como algunos movimientos han logrado en Lombardía, Véneto, Toscana y Lacio, pero igualmente es necesario ser conscientes de que el rumbo de los tiempos impone continuas réplicas que compiten entre ellas y excluye las hegemonías absolutas. El éxito en este terreno social, por tanto, solo es posible de forma fragmentada e instrumental; para que sea estratégico es necesario concebirlo en red y con efecto dominó. No es necesario que todos sean conscientes para que se encuentren involucrados de hecho en algo que les trasciende, pero sería preferible que lo supieran y se entusiasmasen con ello.

– En el plano del enfrentamiento de civilizaciones, el rol de las realidades radicales está en primera línea.

Aquí también es necesario dosificar y estratificar. Por un lado, se trata de formar élites para el futuro reducidas pero sólidas; en segundo plano, en un momento inmediatamente posterior, deben intervenir otras formas organizativas y de reclutamiento que serán necesariamente transversales, fruto de las acciones desarrolladas en red sobre los demás planos estratégicos, que no pueden presentarse como ideológicas en la forma. Es necesario educar nuevos padres y nuevas madres y hace falta crear algo realmente estratégico, como por ejemplo una escuela para docentes y para periodistas. Todo esto no puede realizarse eficazmente con una etiqueta y una bandera o con una marca o un equipo, ya que por naturaleza excluiría a la mayoría de los interlocutores y neutralizaría por completo todo lo que se debe intentar regenerar.

 

Extremistas y radicales

Todo lo que hemos expuesto, lo que perseguimos al menos en parte, tiene características muy particulares. Una estrategia: una perspectiva histórica y no antihistórica, una continuidad ideal independiente de las modas, una articulación ligera y precisa, la identificación de los sujetos sociales sobre los que operar, la convicción de que el resultado no debe tener visibilidad para ser palpable y que no hace falta rodearse de éxitos aparentes o de números espectaculares para sentirse vivo y fuerte, la certeza de que es precisamente todo lo contrario lo que mejor se corresponde con el ser y con el crear. Estamos convencidos de que la sinergia, aunque no se quiera, siempre gana, y que en la impersonalidad reside el único triunfo.

Creemos que la semilla florecerá, no concebimos que la semilla se considere fruto.

De aquí deben derivarse las consideraciones sobre los roles que es beneficioso asumir y sobre los que son estériles o contraproducentes, junto a la diferenciación de los objetivos y de los instrumentos. Eso sí, atención a no caer en una aceptación superficial y descuidada, en un concepto sobre el que estar de acuerdo solo en teoría: o se aplica o es como si no existiese.

Una configuración así puede confundir las ideas de quien se sienta perdido y busque soluciones listas para usar, pero representa la única posibilidad para una acción adaptada a la época actual y que resista al tiempo sin obligarnos a empezar de cero continuamente.

Las exigencias y las posibilidades son distintas según se hable de sujetos políticos o de personas individuales que quieren hacer algo. Veamos lo que es adecuado para unos y otros.

¿Qué papeles puede asumir una realidad radical e identitaria y cuáles no?

Una realidad identitaria tiene dos funciones esenciales: la de proporcionar al propio pueblo los elementos identitarios y una formación ética, existencial, cultural, política, espiritual a su material humano y militante que debe representar –por sí misma y prescindiendo de la función física que asume– la columna vertebral de una sociedad que en la liquidez se ignora. Por tanto, debe erigirse como vanguardia existencial y cultural con posibles incursiones corsarias, al estilo Defend Europe, por utilizar un ejemplo práctico.

Poner lanzas y banderas en el terreno identitario sirve para mantener con vida una fe y para captar energías jóvenes. El vivero, además, no solo debe alimentar al huerto de casa; las personas no pueden limitarse a obedecer y a realizar las tareas que les ha encomendado el grupo; además deben estudiar y crecer también en el plano profesional, eligiendo atentamente sus oportunidades. Si estudian Derecho, mejor que aspiren a convertirse en jueces que en abogados. Por último, si esta cohesión identitaria es también estilística y si se libera del narcisismo tirano, a este nivel es posible ser ejemplo y constituir una advertencia temida frente a quienes hacen de la política su profesión: otra enseñanza del pasado sobre los roles y funciones que parece que ya ha sido olvidada por casi todos.

Nadie, obviamente, puede disuadir a las realidades individuales de seguir los caminos habituales intentando mejorar económicamente ni incidir en una afirmación política que tiene un valor principalmente testimonial. Por cierto, ya es hora de abandonar las derivas economicistas y los tonos de tribuno simplista, de elegir correctamente a los enemigos y, sobre todo, de expresar algo que esté bien más allá de las diatribas de contables y peseteros. Me doy cuenta de que esto es lo que ofrece la decadencia, pero es posible alzar un poco la cabeza y decir algo que haga temblar los corazones y el pulso a gente que no se conmueva con emociones baratas. Esto, prescindiendo del resultado electoral, es un hecho de buen gusto. El detonante para el consenso no puede estar representado en el recoger el guante de los antifascistas y del odio nutrido por los malvados, es necesario algo mucho más alto y profundo.

Sea como sea, nadie impedirá a las realidades identitarias que continúen presentándose a las elecciones, también porque este tipo de rutina ofrece un buen escaparate y facilita el reclutamiento.

Este tipo de actividades están igualmente bien, pero falta por establecer cuál es su propósito y después es necesario capitalizarlo. De todos modos, seamos conscientes de que estas opciones electorales, dejando a un lado todas las ventajas que puedan aportar a quien las gestiona, no tienen salidas estratégicas. Es el sistema de hoy el que lo prohíbe desde hace ya tiempo y se asegura de que el extremismo sea el enemigo involuntario pero cierto del radicalismo porque crea polarizaciones marginales neutralizando, o al menos obstaculizando, las posibilidades de producir una transformación radical de las élites.

Desde 1946 hasta hoy no hay ningún ejemplo en Europa en el que haya ocurrido nada diferente; esta maldición ha atrapado incluso al Partido Comunista Italiano que, aun entrando en la mayoría, de hecho nunca ha conseguido liberarse del lastre que le impidió nadar hasta la meta.

También es cierto que se han producido determinadas condiciones en la que los partidos extremistas han incidido como equilibradores momentáneos: le ocurrió puntualmente al MSI y recientemente al AfD. En otros casos, han asumido un papel combativo sin posibilidades de victoria pero seriamente movilizador, como el Front National de Jean-Marie Le Pen o Amanecer Dorado. Pero, con más frecuencia, los partidos extremistas han sido útiles para la polarización en negativo y han sido utilizados desde fuera en provecho del sistema, como ha ocurrido paradigmáticamente con el Front National de la hija Marine, así como con el Jobbik en la revisión constitucional húngara.

Si nos fijamos, nos daremos cuenta de que quienes gestionan las revoluciones son siempre y únicamente hombres que provienen del mundo moderado y lo han hecho, o al menos lo han intentado, con etiquetas moderadas. Ya se hable de Gronchi o de Mattei (1), de De Gaulle o de Pacciardi, de Craxi o de Mitterrand, de Orban o de Macron, la radicalidad, de cualquier signo que fuera o sea, se ha condensado en el centro y no en los extremos.

 

Ventajas y/o inconvenientes

Que quede claro: todo esto no es una invitación al entrismo, tan mortificante como ineficaz; es más bien un reclamo a realizar acciones con efecto dominó que son muy posibles si tenemos en cuenta los recursos existentes y sabemos reconocer cuándo se convierten en una ventaja y cuándo en un inconveniente; hasta cuándo son un motor y desde cuándo pasan a ser un simple elemento de fricción.

La clave del éxito reside en comprender lo que supone un beneficio y lo que acaba por convertirse en un problema y saber instrumentalizarnos de forma intermitente, con su presencia o su ausencia.

Instrumentalizarse uno mismo, ¡no utilizar a los demás para nutrir el propio ego!

El objetivo de la dinámica política no puede ser ni el de una polarización veleidosa y extremista ni el de un transformismo gris. Es necesario asumir la tarea de impulsar una acción proteiforme destinada en primer lugar a sembrar y fertilizar y, por tanto, a canalizar activamente una fuerza centrípeta y revolucionaria que nazca de miles de riachuelos, un poco como sucedió con el peronismo.

Esto es algo que, tal vez, ocurra en un futuro; a lo que damos más importancia de la que realmente tiene por sí solo en realidad para estar seguros y preparados. De hecho, en la sociedad líquida poco importa si se asume una forma plástica o no, lo que cuenta es revolucionarlo todo, impalpablemente o incluso tangiblemente, en todas las direcciones; que cada cosa revolucionada se mantenga en el flujo cotidiano. “Panta Rei”, todo fluye, dijo Heráclito. La clave de la acción de este inicio de milenio reside precisamente en saber cómo hacer que las semillas de lo Eterno y lo Recto fluyan hasta que germinen por todas partes.

 

Dos conceptos clave

Seamos más precisos. Ya hemos descrito, desde el punto de vista funcional, cuál debe ser el orden jerárquico de los distintos tipos de realidades de corte identitario (partidos, movimientos, movimientos de opinión, lobbies, estructuras sociales, redes, centros de estudio, dirección estratégica). Hemos aclarado que la jerarquía funcional depende de la incidencia que las distintas estructuras tienen por su propia naturaleza en lo sustancial, una incidencia que generalmente es inversamente proporcional a su visibilidad.

También hemos destacado cómo los mejores vehículos son los partidos abiertos y poco ideológicos, argumentando que además de las emociones epidérmicas, la elección electoral identitaria solo puede contar con unas pocas funciones prácticas y perseguir objetivos diferentes al ascenso institucional, que solo es posible en proyectos muy amplios y sin excesivas connotaciones. Hemos mantenido que esta escalada institucional tiene un valor muy relativo porque hoy en día el poder se encuentra por encima y por debajo de estas dimensiones y la única perspectiva concreta reside en la capacidad de crear dimensiones de poder por debajo y de incidir desde lo alto asumiendo poder contractual real y madurando de este modo una táctica definitivamente estratégica y no siempre y solo aproximativa.

Por todos estos motivos, hemos insistido en que desde el mundo identitario es necesario aportar a aquellos que se acercan identidad –profunda– y sobre todo formación. Espiritual, ética, política. Eso sí: la política debe poder compartirse con el mundo y debe ser actual y activamente operativa.

A quien insista en aferrarse a esquemas que aprecia pavlovianamente, proponiendo tal vez ejemplos victoriosos de los años veinte o treinta, recordémosle que no hay nada comparable. Una cosa es inspirarse en los arquetipos y modelos y otra muy distinta copiar las reglas del juego, porque con las reglas del rugby no se puede jugar a bádminton; nada redunda tanto en la negación de esos modelos como una burda y anacrónica imitación.

Una vez digeridas estas píldoras, se comprenderá que el futuro depende de dos palabras que, etimológicamente, comienzan por ese: estrategia y sinergia.

En cuanto a la estrategia, encontramos obstáculos desde hace mucho tiempo, ya que la elección más popular es la reaccionaria y anglodependiente del antieuropeísmo y del soberanismo economicista de inspiración mercantilista. Estos temas son dos prejuicios transformados en dogmas que provienen de visiones estratégicas ajenas e impiden desarrollar una estrategia independiente y movida por la voluntad de poder. Con todo, la nula influencia que un pequeño número de reaccionarios –como supone la ultraderecha en cuanto a posicionamientos políticos e ideológicos– ejerce en los destinos del mundo hace que resulten irrelevantes e insignificantes la pertenencia inconsciente pero concreta a los partidos de la Alta Finanza WASP y la conjugación del verbo antieuropeo y antialemán de una nueva Gladio producida por los documentos del Council on Foreign Relations (CFR), el centro que desde hace un siglo hace y deshace la política mundial y promueve las guerras. Más importante es el conjunto humano en el que se encuentra una cierta antropología válida aunque no se trata de que exprese una estrategia de forma colectiva; esto es tarea de unos pocos, que deben cambiar mucho y cuanto antes. En otras palabras: aunque esté condicionada desde el exterior y repita como un papagayo auténticas blasfemias, la base es buena de por sí, hay que moverla estratégicamente en lugar de someterla a la palabra y la voluntad de los principales enemigos.

En cuanto a la sinergia, las dificultades provienen de distintos factores.

El primero es la dificultad de adaptarse a los tiempos, a los escenarios y a las nuevas formas de lucha. Sobre esto es necesario llevar a cabo un esfuerzo mental; de lo contrario, la adaptación llegará cuando ya sea tarde, arrastrados por la corriente y de forma menos eficaz.

También hay que considerar la suma de dos factores sociológicos y psicológicos: la tribalización urbana y la espectacularización cotidiana en los guetos sociales, dos elementos que juntos inducen a cualquier sujeto a sentirse en competencia con los demás, especialmente con los más parecidos, que se convierten de forma dramática y patética en sus enemigos schmittianos.

Un tercer elemento interviene con fuerza para esclerotizar las mentes: la pretensión absurda de que cualquiera pueda y deba hacerlo todo. Hemos desarrollado un pésimo hábito: cualquier individuo se atribuye el derecho de juzgar e incluso de insultar. Igualmente, cualquier sujeto político considera que puede cubrir todos los roles y las funciones y vive en el delirio de pensar que será el salvador de la Patria o incluso de la humanidad. Cuando todos comprendan que cada uno es útil y nadie es indispensable (individuos, siglas, grupos, movimientos, partidos), entonces comprenderán automáticamente el funcionamiento y la importancia de la sinergia, así como entenderán qué es la jerarquía funcional y que en ella las mismas personas pueden asumir distintos roles en distintas dimensiones, sin necesidad de etiquetas o marcas bajo las cuales pueden militar igualmente. Si es justo que los militantes se ofrezcan a los jefes, sería necesario que los jefes aprendiesen que los militantes no les pertenecen, que tienen una misión importante hacia ellos que no podrán cumplir plenamente sin humildad e impersonalidad y sin tener siempre presente que cualquier comunidad o tribu nace y muere y sobre todo pertenece a una Idea y no al revés, prescindiendo del grado en el que la encarna.

Apréciese que la sinergia no tiene nada que ver con la tan repetida “unidad del área”, pues está fundada sobre la unidad en la pluralidad y parte del abandono de los sentidos de superioridad, rechaza los celos y los personalismos, negándose de una vez por todas a los desdenes de los demás, incluso cuando estén objetivamente justificados, y aborreciendo la discordia y la fragmentación. Es consecuencia de la capacidad de convertirse en una orquesta de varios instrumentos, dedicada a una única sinfonía que debe tener una finalidad ideal, espiritual, ética y estratégica. Una acción estratégica con múltiples dimensiones que se desarrolla en una pequeña parte sobre el plano visible y mucho más de forma esencial y sustancial, comprometida con la modificación profunda, que perdure en el tiempo de forma estable.

Un abanico de posibilidades

En todo lo que ya hemos indicado están involucradas varias personas en distintas naciones, procedentes de diferentes ambientes. Por tanto, no se trata de un planteamiento intelectual lanzado desde el sofá, ni de un producto de la fantasía.

Por su propia naturaleza, acciones de este tipo no se exponen en el escaparate y por eso desde fuera solo se perciben sus efectos –ni siquiera todos ellos–, sin darse cuenta casi nunca de quién los ha producido.

Son, por tanto, muy poco visibles, pero llegan en profundidad. “El mundo no gira alrededor de quien hace mucho ruido; gira silenciosamente alrededor de quien crea nuevos valores”. Nietzsche docet.

Poca visibilidad pero frutos duraderos en la discreción, en la impersonalidad y en la sinergia.

Dado que las sinergias pueden ser inconscientes y que también aquellos que creen que hacen todo por sí solos las benefician constantemente, no es tan necesario estimular el aumento de la participación.

Sin embargo, comprendemos la inquietud existencial, incluso la angustia, de muchos que aguantan a su pesar, que no se sienten satisfechos con una pertenencia tribal ni virtual ni con una representatividad que no deja de ser escénica.

Todos ellos se preguntan qué pueden hacer.

Obviamente no nos entretendremos organizando encuentros entre componentes, grupos, etc. para construir algo que nunca funcionará. Nosotros aspiramos a las cosas concretas y, por tanto, a permitir a todo el que quiera modificar lo que ya hace de forma constructiva, pero modificarlo él, porque el primer paso debe darse en el fuero interno de cada uno y debe realizarse en solitario. Si hay lastre que soltar y gestos nuevos que aprender, es necesario ser maestros de sí mismos, com/prender la vía, lo demás es un ejercicio que o se hace o no se hace pero que nadie hará en nuestro lugar.

Únicamente después de haber cumplido este ejercicio, o al menos de haberlo puesto en marcha, los sujetos podrán entrar consciente y voluntariamente en sinergias que respondan al espíritu aquí descrito y a las necesidades de la época.

Existen sujetos (pre)políticos que al menos han intentado este ejercicio y después son individuos que no piden nada más que ponerse a disposición, pero se preguntan cómo.

A ellos les proporcionamos un amplio abanico de posibilidades, dejando a un lado que, cualquiera que sea la acción política en la que ya participan, si quieren asumir una función activa no pueden limitarse a seguir las consignas del equipo sino que deben verificar la mentalidad y la técnica del trabajo cotidiano. Es indispensable que encuentren el coraje de pasar página y abandonar las muletas psicológicas y las tan manidas esperanzas salvadoras que viajan siempre marcha atrás.

Los que pretenden tomar finalmente conciencia de la época en la que vivimos y deciden equiparse para afrontarla activamente y no pasivamente, conscientemente y no de forma automática, deben estar de acuerdo sobre un hecho: si la angustia de casi todos es la que los quiere protagonistas en la ficción de esta época donde siempre y en cualquier caso son extras o actores secundarios, nosotros respondemos con otra opción: queremos convertirnos en productores y directores para darle otra forma y otro curso a lo que ocurre en escena.

Los que quieran remar en esta dirección, que sepan que hay muchísimo por hacer, en un sector o en varios si lo prefieren. Por separado o junto a otros, como individuos o como círculos, grupos, corrientes, comunidades, direcciones locales o nacionales de movimientos o partidos, secciones sindicales, centros de estudio,… pero siempre en una radicalidad asumida conscientemente y sabiamente conjugada. Que sepan también que aunque es necesario unir concienciación, método e inteligencia estratégica, la tarea y la época no requieren necesariamente que todo esto lo realice un sujeto único y centralizado, siempre que la pluralidad esté compuesta por sujetos que han comprendido lo que es justo hacer y cómo es justo relacionarse con los demás y que convergiendo hacia una centralidad compartida no prioricen en ella sus intereses particulares.

No nos limitamos por tanto a enumerar los instrumentos ya en uso –y resaltamos que se trata de instrumentos y de no de entes sobrenaturales y objetivos de vida– como Polaris, EurHope, los Lansquenetes y todo lo que se articula en torno a ellos en distintas naciones europeas y no solo.

No hablamos tanto de estructuras o de organizaciones sino de funciones a asumir, tanto participando en las ya existentes como creando otras autónomas y complementarias. Con el grado de interacción que se prefiera, lo importante es que la correspondencia entre lo que se hace y las reglas objetivas del método y de la época se respeten, que la finalidad sea la que hemos expuesto aquí y que se muestre una buena disposición a la relación y a la reciprocidad.

Se trata de avanzar conscientemente y sin armar escándalo, sector por sector, hacia una regeneración total que parte del enderezamiento del propio yo, escindido del mundo de hoy, y desemboca en la necesaria actualización de los principios y en la realización de propuestas prácticas para la nueva organización social.

Las directrices están trazadas, las ideas están claras, algunos instrumentos están activos.

Solo falta dar un salto hacia delante para darnos cuenta de que nos hemos reencontrado. El resto vendrá, felizmente, por sí solo.

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Todo lo que hemos escrito hasta aquí no es un tema para una mesa redonda ni tampoco un bando de reclutamiento: es un estímulo para todos y para nadie, para quien quiera ser antes que nada patrón de sí mismo, confrontándose con la época en la que vive, armado con instrumentos adecuados y decidido a no darse por vencido ante la Incultura dominante y la destrucción de los pueblos.

Para quien quiera más aclaraciones o esté interesado en participar en lo que ya está en marcha:

 

ga@gabrieleadinolfi.it

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(1) Enrico Mattei fue un político e industrial italiano que llegó a afirmar: “Utilizo los partidos igual que los taxis: subo, pago la carrera, bajo”. [N. de T.]

[Ediciones Fides]

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