EL ASESINATO POLÍTICO QUE HIZO ESTALLAR LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

En la madrugada del día 13 de julio, de hace 85 años, policías de servicio y pistoleros con el carnet del PSOE sacaban de su cama a uno de los principales líderes de la oposición, José Calvo Sotelo, jefe del partido monárquico Renovación Española, para volarle la cabeza.

Tras este asesinato España llegó a un punto de no retorno. La guerra civil ya era inevitable. Todos los líderes políticos y militares conservadores y de derecha amén del propio general Francisco Franco dejaron de lado sus vacilaciones y diferencias y se adhirieron al golpe de Estado del 18 de julio de 1936 contra el Frente Popular.

Por parte de la izquierda se pretende todavía hoy vender el asesinato de Calvo Sotelo como una venganza de los Guardias de Asalto y amigos del teniente José Castillo (caso del Capitán de la Guardia Civil y reconocido masón Fernando Condés), asesinado al parecer por elementos falangistas o carlistas. En principio la historia es creíble, si no fuera porque el crimen contra Calvo Sotelo estaba planeado de mucho antes (de hecho, éste tuvo noticias de ello a través de un guardia de asalto arrepentido, denunciándolo al Ministro de la Gobernación Juan Molés, sin que se le hiciera ningún caso).

Sea como fuere, lo cierto es que tras el entierro del teniente Castillo, desde el cuartel de Pontejos partieron varias camionetas policiales con listas de falangistas a los que detener. En una de ellas se encontraba un grupo de efectivos de la Guardia de Asalto, miembros a su vez de las milicias socialistas, caso de Luis Cuenca o Santiago Garcés, además del propio Fernando Condés, quienes “escoltaron” a varios matones de la escolta personal de Indalecio Prieto conocida como “La Motorizada”.

Eran alrededor de las 03:00 de la madrugada cuando llegaron al portal donde vivía Calvo Sotelo, no sin antes haber pasado por la casa del diputado y líder de la CEDA Jose María Gil Robles (al que no hallaron en su domicilio por estar de vacaciones en Biarritz). Condés encargó entonces a varios guardias que vigilasen los alrededores. Con el pretexto de efectuar un registro, penetraron en casa del diputado monárquico, a quien pidieron les acompañase a la sede de la Dirección General de Seguridad (DGS).

De acuerdo al testimonio de su hija Enriqueta, Calvo Sotelo dijo sorprendido: “¿Detenido? ¿Pero por qué?; ¿y mi inmunidad parlamentaria? ¿Y la inviolabilidad de domicilio? ¡Soy Diputado y me protege la Constitución!”. Condés se identificó al punto como oficial de la Guardia civil, lo que tranquilizó a aquél, el cual, a pesar de las reticencias iniciales, finalmente aceptó ir, despidiéndose de su familia y prometiendo telefonear cuando llegara a la DGS, “a no ser que estos señores se me lleven para darme cuatro tiros”.

La camioneta se puso en marcha de nuevo, si bien tras circular unos doscientos metros se escucharon dos disparos; Calvo Sotelo se desplomó al suelo, sin vida. El autor de los disparos mortales había sido Luis Cuenca Estevas, guardaespaldas de Indalecio Prieto, extremo que ha sido confirmado por la mayoría de autores que han investigado el tema, en especial Ian Gibson y Luis Romero. A la mañana siguiente, su cuerpo aparecía en el depósito de cadáveres, cosido a tiros, siendo identificado a mediodía.

¿Y Condés? Nada más perpetrar el crimen, acudió al socialista Vidarte que, a su vez, lo esconde en casa de Margarita Nelken. Enterado Indalecio Prieto, igualmente lo protegerá.

¿Es el asesinato de Calvo Sotelo el verdadero detonante de la Guerra Civil? En cierta manera sí, aunque la Guerra Civil se venía preparando desde hacía tiempo. Lo que sirvió es para que el General Franco se decidiera a apoyar el golpe, ya que hasta ese momento el militar gallego se había mostrado reticente a apoyar tanto al General Mola, verdadero planificador del golpe, como al propio Calvo Sotelo, cabeza política del mismo.

Para muchos dirigentes frentepopulistas (Prieto, Largo Caballero, etc.) esta muerte supuso la justificación perfecta para ejecutar lo ya planeado por ellos, puesto que conocían perfectamente los planes golpistas y si no los evitaron (o decidieron acelerarlos con el magnicidio del líder de Renovación Española) fue porque pensaron que sería como en la asonada de agosto de 1932, es decir, porque les serviría de excusa para aplastar a sus oponentes y montar aquí su gran revolución de corte soviético.

En cuanto a Azaña, también enterado, en lugar de anticiparse y detener a los conspiradores, esperó (con absoluta sangre fría) a que prendiera el castillo de fuegos artificiales, para pillar a todos los sublevados con las manos en la masa. Y es que en julio de 1936 pretendía repetir la jugada que tan bien le había salido cuatro años antes, cuando el pronunciamiento del general Sanjurjo, y, de ese modo, arrasar a la derecha, dejando el camino expedito para instaurar en España la dictadura republicana de carácter jacobino (a imagen de la mejicana) con la que soñaba.

Sin embargo, la situación se había envenenado de tal modo que ya no cabían paralelismos ni juegos florales de aprendices de brujo. Era tan previsible su ejecución que, poco antes de ser asesinado, Calvo Sotelo pronunció un discurso (donde exclamó “Es preferible morir con gloria a vivir con vilipendio”) que pareció anticipar su destino, respondido por la diputada del PCE Dolores Ibarruri, Pasionaria, al grito de “Éste es tu último discurso”, tal que atestigua Tarradellas en una entrevista y el historiador y parlamentario en aquella época Salvador de Madariaga.

Por último decir que dos días después, el 15 de julio, José María Gil Robles, y en otro discurso pronunciado en dichas Cortes, acusaría al Gobierno tanto de la escalada de violencia como de conocer los planes del asesinato: “Desde el 16 de junio al 13 de julio, inclusive, se han cometido en España los siguientes actos de violencia, habiendo de tener en cuenta los señores que me escuchan que esta estadística no se refiere más que ha hechos plenamente comprobados y no a rumores que, por desgracia, van teniendo en días sucesivos una completa confirmación:

“Incendios de iglesias, 10; atropellos y expulsiones de párrocos, 9; robos y confiscaciones, 11; derribos de cruces, 5; muertos, 61; heridos de diferente gravedad, 224; atracos consumados, 17; asaltos e invasiones de fincas, 32; incautaciones y robos, 16; Centros asaltados o incendiados, 10; huelgas generales, 129; bombas, 74; petardos, 58; botellas de líquidos inflamables lanzadas contra personas o casas, 7; incendios, no comprendidos los de las iglesias, 19. Esto en veintisiete días […]

Yo sé que muchas gentes que ahora disminuyen el volumen del suceso pretenden establecer un simple parangón entre dos crímenes que se han producido con una leve diferencia de horas. Yo esos parangones no los admito […] ¿Qué tenía que ver el señor Calvo Sotelo con el asesinato del teniente Castillo? ¿Quién ha podido establecer la menor relación de causa a efecto entre su actitud y la muerte de este teniente? ¿Es que acaso el señor Calvo Sotelo, en pleno salón de sesiones, no ha condenado de una manera sistemática la violencia y no anunció que ante la muerte violenta de su mayor adversario no tendría más que la condenación como ciudadano, el respeto como caballero y el perdón como creyente? ¿Es que se puede ni por un momento admitir que el señor Calvo Sotelo tuvo la menor relación, directa ni indirecta, por acción, por omisión o por inducción, con el asesinato del teniente Castillo? ¿Por qué se ligan ambas cosas? ¡Ah! Porque en el ánimo incluso de aquellos que pretenden rebajar la gravedad del suceso, hay esta idea terrible que prende en el corazón de todos los españoles: que no ha sido una pasión política la que ha quitado la vida al señor Calvo Sotelo, que no ha sido un momento pasional de unos cuantos ciudadanos ofuscados, sino que ha sido una represalia ciega, ejercida por aquellos que tenían una relación más o menos directa con el teniente Castillo […] El miércoles pasado, señores diputados –hace hoy exactamente ocho días–, el señor Calvo Sotelo me llamó aparte, en uno de los pasillos de la Cámara, y me dijo: ‘Individuos de mi escolta, que no pertenecen ciertamente a la Policía, sino a uno de los Cuerpos armados, han recibido una consigna de que en caso de atentado contra mi persona procuren inhibirse. ¿Qué me aconseja usted?’ ‘Que hable usted inmediatamente con el Ministro de la Gobernación’. El señor Calvo Sotelo fue a contárselo, el miércoles o el jueves, al señor Ministro de la Gobernación, el cual, según mis noticias tenidas por el señor Calvo Sotelo, dijo que en absoluto de él había emanado ninguna orden de esa naturaleza. Pero el señor Calvo Sotelo tuvo una confidencia exactísima.

¿Quién dio esa orden? ¿Quién dio esa consigna? Me adelanto a decir que el señor Ministro de la Gobernación, no. No me atrevería a decir otro tanto de organismos subalternos dependientes del Ministro de la Gobernación.

El señor Ventosa lo sabe, porque yo le comuniqué: ‘Contra el señor Calvo Sotelo se prepara un atentado. Ha habido parte de organismos dependientes del Ministerio de la Gobernación, nunca del Ministro de la Gobernación, órdenes para que se deje impune el atentado que se prepara. Usted lo sabe; usted y yo somos testigos de que esta advertencia se ha hecho al Gobierno, de que esa amenaza se está cerniendo sobre la cabeza del señor Sotelo’. Y esa amenaza se ha realizado y ese atentado ha tenido lugar”.

Aleks Fernando Narvaez Espinoza 

 

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