EL ASESINATO DE UNA GENERACIÓN

Dvorack, Sibelius, Elgar, Richard Strauss, Siegfried Wagner, Pfifner, Humperdin, Hugo Wolf, Prokofiev y en España Falla, Mompou, Maestro Rodrigo, Pau Casals o Granados, y así podríamos seguir con una montaña de compositores que se les cataloga de clásicos pese a que algunos murieron hace relativamente muy poco, en los años ’50 o ’60 y en algunos casos hasta en los ’90.
Y sin embargo el flautista suizo Auréle Nicolet se ufanaba el 27 de marzo del ’97 en una entrevista en estar muy comprometido con los músicos del siglo XX, y decía que los grandes compositores de ese siglo eran Boulez, Berio, Holliger, Messien, Penderecki y Takemitsu, amplia y absolutamente desconocidos en el ámbito popular gracias a su nulo interés.

Ni por un momento piensa que en este siglo XX han vivido grandes genios de la música como Strauss, Siegfried Wagner o Dvorack. ¿Por qué no los nombra cuando éstos son mil veces más conocidos y mejores que los insufribles Takemitsus de turno?
El propio Nicolet reconoce que para poder imponer en un programa uno de esos compositores modernos necesita tocar mucho Bach y Mozart para evitar que el público se marche: “Mi política es que si tocas un buen Bach y un buen Mozart, aceptarán que toques algo de Boulez o Holliger. Las giras las paga con Bach y luego importe oír los ruidos estrambóticos de Berio, ante la resignada audiencia que ha ido a oír a Bach pero que debe pagar ese placer con el subsiguiente impuesto de ruidos incoherentes actuales. Me piden que toque Bach, así después de media docena de conciertos con audiencias de dos mil personas la gira está amortizada y después acepta el organizador que toque a Boulez…”
Mientras Strauss llena una sala, Boulez no llenaría ni la primera fila de un concierto pese a las subvenciones y ayudas, entradas gratis, etc… Incluso los mil veces promocionados por el establishment oficial, como Schoniberg a
Stockhausen, no logran llenar ellos solos ni las cuatro primeras filas de una sala mediana de conciertos, y el número de copias de CD de una de sus obras vendidas es ridícula si la comparamos con las de un Sibelius o Dvorack.

Hay incluso, dentro de ese apoyo oficial al desmadre actual, un festival de músicos de hoy en Perpignan donde estrenan, con subvención del 100 %, obras ese tipo de compositores del fracaso, como Xavier Benguerel. Benguerel dice haber compuesto obras importantes como Llibre vermell o un Requiem a la memoria de Salvador Espriu,
pero nadie las recuerda haber oído en su vida, ni se ha atrevido a decir cuántos discos o pases han asistido, pagando entrada, a un concierto de esas obras. Seguramente sólo una obra de Mompou, muerto hace muy poco, habrá tenido más éxito que todas las obras de los Benguereles presenten en todos los festivales de músicos actuales.

Pero, ¿de dónde han salido estos hace-ruidos actuales? ¿Por qué esa ruptura total con el público?, ¿qué ha pasado con los Strauss, Dvorack, Sibelius o Mompou que iluminaron este siglo?

Hay que empezar por el principio, por descubrir dónde se inicia el problema. En los años ’20 y ’30 del pasado siglo la música seria (pues siempre ha existido la música bailabledel Fox o el Charleston, así como la folklórica popular) estaba en pleno auge, tras la guerra entre wagnerianos y sinfónicos, creando una enorme cantidad de compositores de primera fila. En España precisamente en estos años hay un auge como nunca de la música, con los mejores compositores españoles de todos los tiempos, que enraizados en la música popular (siempre ha sido así en todos sitios, es del corazón del pueblo de donde sale la inspiración para las mejores obras) crearon las cumbres de nuestra música clásica.

Si en 1940 un compositor hubiera presentado una obra a base de martillazos sobre un piano, le hubieran considerado un neurótico y recluido en un frenopático. Ahora le pagan la asistencia al festival de músicos actuales. Lorca o Miguel Hernández eran poetas de izquierdas pero escribían una poesía bella y armoniosa. Falla era de derechas, Pau Casals de izquierdas… y ambos tenían el mismo concepto musical. No había en los años ’30 una dicotomía en el arte por la orientación política.
¿Qué pasó…?

Tras la Gran Guerra, la gran quiebra de valores, se inicia un cambio radical en la política de los gobiernos triunfantes respecto al arte. No fue el pueblo el que cambió de gusto, sino que fueron las élites políticas y económicas las que decidieron asesinar una generación de artistas e imponer una ruptura absoluta con el arte clásico, creando esa
misma palabra, clásico, en contraprestación del arte moderno.
El clasicismo no viene dado por la época, pues Sibelius muere en 1957, Strauss en 1949, Dvorack o Falla son contemporáneos a los hace-ruidos que triunfan como modernos.
Como Mestres Cabanes y sus decorados en los años ’70 son contemporáneos con los experimentos destructivos de un Chereau en Bayreuth por esos mismos años. Y las puestas en escena geniales de Schneider son actuales. No, no es un problema de falta de creatividad lo que genera la ruptura de valores del arte contemporáneo.

Tampoco se trata de una reacción contra el naturalismo o un hiperrealismo que como se dice ahora habla perdido sentido con la aparición de la fotografía. Y en la música una reacción contra la melodía y la armonía del romanticismo. La música postwagneriana ya no era música romántica en sí misma, incluso Wagner en su Tristán o Parsifal ultrapasa ya lo puramente romántico. El impresionismo no era realista, era una alternativa válida a la fotografía. Appia efectúa decorados que podríamos llamar impresionistas pero que no tienen nada que ver con las locuras modernas.

No, lo que llaman música contemporánea seria no es un producto evolucionado de la música que se llama clásica, ni es debido a la falta de artistas de calidad clásicos en los años ’40 y ’50, ni se debe que no hubiera una alternativa artística en esas años. Se debe a un plan premeditado de imposición de una cosmología, y al subsiguiente asesinato a
sangre fría de toda una generación de artistas clásicos contemporáneos.
Este asesinato generacional se basa ante todo en aparentar que el problema es la renovación generacional, o sea un tema de tiempo, que se trata de un cambio natural. Para ello había que asesinar a toda la generación de músicos que seguían con esa vieja costumbre de usar tonalidad y melodía.
La idea fue catalogar a los músicos tonales de clásicos, dejarles en un museo o apartado glorioso pero superado y lanzar una enorme campaña de mentalización en los medios artísticos tendente a imponer la modernidad como una lucha contra la tonalidad y la melodía.

Así, Sibelus es un clásico asimilado al siglo XIX, aunque su obra está en pleno siglo XX, pasando la mismo con otros muchos artistas (en todas las facetas de las artes) Todos los compositores de una valía incuestionable fueron transferidos al pasado y los nuevos sufrieron un boicot absoluto por parte de los medios oficiales. Los jurados de concursos o los encargados de seleccionar exposiciones fueron imbuidos de la idea de que todo lo que significara valores melódicos o tonales era pasado, eliminando todo artista que repitiera formas del pasado, de manera que la originalidad frente a las formas clásicas se convirtió en sí misma en el valor a promover. La originalidad, o sea hacer
algo que no recordase lo clásico, era el valor a buscar.

Desde ese momento quedaron bendecidas las más absurdas y descompuestas experiencias cónicas (llamémosles ruidos, claramente)
Es increíble la literatura artística que se ha creado por parte de los críticos oficiales para justificar y tratar de imponer el gusto por lo estrambótico.
En pintura, por ejemplo, bajo el glorioso título de Malestar óptico de un tal Luis Gordillo, se representa un conjunto de manchas y rayas sin orden ni concierto. Sí, realmente es un malestar óptico… da dolor de ojos verlo.
Pero lo jocoso es la crítica que mereció en el periódico: “Mantiene su sentido de plasmación de la realidad interna de los humanos. Lo expresa a través de fragmentos que son como las pulsiones del sentir Es la gran pieza de esa exposición (¡cómo debían ser las otras!) Pintura que no puede contemplarse superficialmente pues está tan bien
construida que te atrae hacia su sentido de examen de las profundidades del ser. Son obras que afirman la continuidad de la vida, Recomiendo intensamente la visita (al psiquiatra, supongo)”

La verborrea conceptualista de la crítica actual es tan original como las obras que comenta. Originales y repugnantes.
Pero esta campaña de mentalización no hubiera tenido éxito de no ser acompañada por otro hecho fundamental: la progresiva y acelerada pérdida de valores melódicos entre las élites dirigentes de la sociedad a partir de 1960. Este es un punto poco comprendido por la sociedad, dado que los medios de comunicación lo ignoran totalmente, y que
merece una más detallada explicación. Cada forma de vida tiene su expresión artística, y de alguna forma el arte surge de una necesidad de expresión y de contemplación de la gente en su entorno de vida. La música romántica surge de un sentimiento romántico general entre las élites intelectuales, y tras ellas el pueblo, de su momento
histórico. Durante los cuarenta primeros años del siglo XX las élites intelectuales y el propio pueblo están en pleno desarrollo de una sensibilidad nueva y hay todo un desarrollo artístico, desde el naturalismo al modernismo (el de 1910), que incluye los grandes postwagnerianos de los años ’20 y ’30.

El gran conflicto político que crea el marxismo en el mundo artístico produce una ruptura brutal: la idea de materialismo como máximo valor, de economicismo, y sobre todo la idea de que el arte es algo secundario, subordinado a la lucha política. Se produce un combate de ruptura contra todas las artes clásicas, acusadas de burguesas o anti-proletarias, que en la música lleva a combatir la melodía y la tonalidad como instrumentos románticos pequeño-burgueses.
La sociedad que sale de 1968, un materialismo de mercado con ideas marxistas progresistas, se va apoderando del mando intelectual y material de la sociedad. Una élite de ejecutivos y una juventud orientada al materialismo, una sociedad mercantil donde los bancos y las multinacionales ocupen el lugar a la naturaleza, los sentimientos elevados o a los entornos populares y campesinos, hace incompatible para el uso cotidiano la música de concierto clásica.

Los nuevos profesionales en sus edificios de cristal y acero, bajo una estética y una ética degradada, no precisan cantos o melodías sino ritmos nocturnos y colores lineales. De ahí que estamos en una época de súper-abundancia de música, pero de música rítmica, bailable, sensual, sexista, como estamos ante una decoración colorista y lineal, sin dibujo ni forma, sino mediante el lenguaje visual del color y la mancha que compagina con las líneas de acero y los ambientes de estadísticas mercantiles.
Franz Paul Decker, famoso director de orquesta, nos decía en una entrevista a La Vanguardia en marzo del ’97: “Casi todo está cambiando. Se acaban muchas cosas, todo tiene un final. ¿Porqué no los conciertos…? Hay que tener el alma dispuesta a ser conmovida, y eso no se consigue, mientras desde las siete de la mañana hasta la noche, en todas partes, hasta en el lavabo, haya eso que llaman música pero que es ruido.”
Sí, hay que tener el alma dispuesta a ser conmovida para que el arte tenga un entorno en que vivir.

Si lo que se busca es originalidad o bailar, sexo o escándalo, es lógico acabar con el arte musical tal como se ha entendido hasta la actualidad.
La esterilización oficial contra cualquier compositor no original y el ambiente del entorno mercantilista, han llevado a que los intentos de crear una música original contemporánea no bailable o rítmica, o sea no creada para el mercado de la música de relación, sean de una fealdad tal que sufren el más absoluto desprecio por parte del público, que debe recluirse en la música clásica.
Una obra que pretenda expresar la vida del entorno actual se recluye en el baile y la utilidad rockera, en el ritmo. No hay un sentimiento profundo y sensible en la llamada música actual contemporánea seria. Porque no hay una sensibilidad profunda y espiritual en el ambiente contemporáneo oficial, en la élite dirigente a la que se mira el
pueblo a través de la imagen que prensa y medios dan.

Los mejores compositores actuales se han recluido en la música para cine, en apoyar a la imagen y al arte cinematográfico. No levantan conciertos sino composiciones cortas pero realmente bellas para acompañar la obra visual. Un mundo que siente menos pero que mira más. Un mundo en el que la imagen sustituye al libro y la canción al concierto, el dinero al valor, la originalidad a la calidad y la superficialidad a lo profundo.
Mientras, toda una última generación de artistas vieron cercenadas sus obras y su reconocimiento, una generación asesinada por la élite, mercantilista, por el dinero, para imponer un mundo vacío de sensibilidad y profundidad, donde la música sea el ritmo de baile de condenados nocturnos, de los esclavos del mercado.

BAU

 

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