BARBARROJA O COLAPSO

Uno de los aspectos más controvertidos, sin duda, de la Segunda Guerra Mundial tiene que ver con el ataque lanzado por el Tercer Reich contra la Unión Soviética en junio de 1941, sobre si éste estuvo justificado sin haber liquidado antes la resistencia británica.

Partiendo de la base de que Hitler nunca quiso la guerra con Francia ni tampoco con Gran Bretaña, que el Pacto Germano-Soviético firmado entre los Ministros de Exteriores Ribbentrop-Molotov de 1939 no era otra cosa que una maniobra mutua para postergar un enfrentamiento largamente anunciado entre ambas potencias y dejando ahora de lado la más o menos acertada táctica seguida por la Wehrmacht durante la invasión, bueno sería centrarse en algunos aspectos que la “historiografía oficial” acostumbra a dejar de lado a la hora de analizar esta cuestión.

Así, con los datos en la mano, puede decirse que la URSS comienza a prepararse de manera clara para un escenario de guerra en su frente occidental a partir de enero de 1939, incrementando ahí sus ya de por sí gigantescas Fuerzas Armadas (tras una gran purga contra las mismas) de 800.000 a casi cinco millones de hombres en mayo de 1941 (a lo que hay que sumar otro dato no menos inquietante: la impartición de nociones militares a millones de civiles soviéticos, a fin de tener una enorme reserva de partisanos).

A la invasión de la parte oriental de Polonia por el Ejército Rojo en septiembre de 1939 sucede la de Finlandia en el invierno de ese año, la cual y a pesar de la excepcional resistencia finesa, dejó a las armas bolcheviques a un paso de las minas de hierro suecas, de donde se abastecía buena parte de la industria militar alemana.

Idéntico ultimátum que el país nórdico recibirá Rumanía en el verano de 1940, que viendo lo sucedido allí prefirió entregar Bucovina y Besarabia a la URSS, quedando el armamento rojo a 150 kms de los pozos de Ploesti, principal fuente de suministro petrolífero del Eje; de hecho, de no ser por la tan inesperada como veloz victoria de la Wehrmacht sobre Francia, quizás los soviéticos habrían invadido toda Rumanía…

A estas conquistas territoriales hay que sumar los Países Bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), anexados en 1940 con el beneplácito tácito de Roosevelt y Churchill, amén del apoyo explícito del Kremlin a los militares que en la primavera de 1941 encabezaron el golpe de Estado yugoslavo contrario a los designios del Tercer Reich.

La situación, pues, desde el verano de 1940 estaba clara: Stalin estaba poco a poco creando una tela de araña en torno a Alemania, a la que en pocos días podía estrangular económicamente privándola de recursos energéticos vitales.

Añádase la ingente fuerza militar soviética concentrada justo al lado de la frontera alemana (160 divisiones) e incluso un poco más lejos (otras 140 divisiones), un total de 4.500.000 hombres bien pertrechados y no precisamente en posición defensiva, como confirman los testimonios de aquellos militares germanos que intervinieron en los primeros días de la invasión de junio.

Ello nos lleva a concluir que la disyuntiva que se le presentaba a Hitler era o bien vivir bajo la espada de Damocles de un bloqueo económico e incluso invasión rusa o, por el contrario, tomar la iniciativa y repetir la jugada de Francia, lanzando un ataque sorpresa que en poco tiempo alejase del país teutón la muy plausible amenaza del bolchevismo por el Este.

Una disyuntiva que, en honor a la verdad, nunca vieron clara sus generales Von Brauchitsch, Von Runsdtedt o Halder, sabedores de que la operación que iban a poner en marcha (por muy sorpresa que fuese) pondría a Alemania otra vez a combatir en dos frentes, al igual que ocurrió en buena parte de la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, la cuestión clave aquí es si en aquel momento tal operación era evitable; al respecto y valorando fríamente las variables, la misma no sólo se antojaba inevitable, máxime si tenemos en cuenta que, al estrangulamiento económico soviético se unía también la entrada virtual de USA en la guerra desde hacía meses amén de la recuperación del ejército británico de los golpes sufridos en 1939-1940.

De ahí que el Fuhrer (consciente de que el tiempo se le echaba encima) acelerara los preparativos para adelantarse a las intenciones de sus enemigos y en la madrugada del 22 de junio de 1941 ordenara el ataque sobre la URSS, el cual (pese a los errores cometidos durante su ejecución) por poco estuvo cerca de salir bien pese a la enorme superioridad (en cuantía material y humana) del Ejército Rojo.

NO NOS ROBARÁN LA HISTORIA NI LA MEMORIA.

CACHÚS 

 

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