Recuerdo, en mi perdida pubertad, aquellos viejos y entrañables bares madrileños, cuando aún las familias, generalmente al salir de Misa, tomaban juntas el aperitivo con otros matrimonios y sus proles.
Bares de antaño, donde el suelo se “decoraba” con cáscaras y huesos, servilletas de papel, colillas, palillos y demás adminículos propios de la hostelería.

Bares llenos de sabor con su sempiterno “limpia”, que era toda una institución en esa casa. Generalmente flacos, muy chupaillos, simpáticos y golfantes (muchos de ellos ex legionarios, que exhibían orgullosos los tatuajes del Tercio) Aparte de su oficio de lustrar zapatos de los parroquianos, se ganaban unas perrillas vendiendo Rubio de contrabando, Loteria con un recargo y condones. Tipos con personalidad y que en épocas de buen tiempo salían con su cajón de limpieza al exterior del bar y, atendían allí a los clientes.

Otra “ fauna” representativa de aquellos bares, era “ El Paisa”, un moro que vendia alfombras y transistores, generalmente traídos de Ceuta o Canarias. Tipos que entraban en el bar y voceaban su mercancía al grito de Bueno, Bonito y Barato… Generalmente, eran respetuosos, amables y no incomodaban al personal, personal que solía comprar algún producto, después de un interminable regateo y si no vendían nada, no era raro que un cliente o el propietario del bar, les invitase a una consumición, un bocata, o les diesen algún dinero.
Tiempo después, empezaron a aparecer Africanos por esos bares, vendiendo pulseras, collares, figuras de pésima madera y abalorios extravagantes. Por lo general no eran conflictivos, pero mucho más altivos y soberbios que “ El Paisa” se enfadaban y molestaban si la contraoferta del cliente no le satisfacía. Renegaban y marchaban de malos modos bufando.
Aquellos establecimientos, semianárquicos, divertidos, con una reglamentación no asfixiante para el propietarios, lúdicos para toda la familia, han desaparecido. Bares, que muchos pequeños comerciantes, convertían en su oficina: recibían visitas, les llamaban allí por teléfono y hasta desplegaban muestrario en el establecimiento.

Hoy, una reglamentación aplastante, apenas deja al dueño capacidad de decisión sobre su negocio, los abusivos impuestos y tasas, amén de la brutal persecución municipal si saca una silla de más, pone un calentador u ofrece un velador que ocupe más de tres centímetros de lo permitido.
Contrasta esa feroz y laminatoria persecución al pequeño comercio, con la total impunidad con que los africanos, descendientes de aquel vendedor ambulante de antaño, ocupan nuestras ciudades, impiden el tránsito, amenazan y agreden a quien les recrimina su incívica actitud.

Es increíble y hasta esperpéntico, la laxitud y condescendencia con estos ilegales y el terror municipal con los pequeños negocios, que pagan impuestos y se someten a arbitrarias y absurdas ordenanzas, meramente recaudatorias.
Delincuentes amparados por ese cáncer del buenismo, que ahoga al compatriota cumplidor de reglamentaciones, tasas, impuestos, arbitrios y multas, y permite que gran parte del centro de nuestras ciudades sean calcos de zocos del tercer mundo.

Rememorando el viejo grito, altavoz del despertar de un pueblo….  ¡¡¡SPANIEN ERWACHE !!!

CUESTA


 

La Policía Municipal impuso 48.590 multas a bares en 2016

http://www.elmundo.es/madrid/2017/06/02/59308a91ca4741d15f8b460f.html

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