EL BOMBARDEO QUE NO CESA (por Jordi Garriga)

La guerra es un asunto que se vuelve cruel e indigno con la distancia: así como no es lo mismo combatir contra hombres armados que contra civiles, no es lo mismo observar de cerca el daño que produces, que provocarlo a miles de metros de altitud.

¿Qué se les decía a los militares que pilotaban los bombarderos que arrasaban ciudades enteras en la II GM? Porque es evidente que sabían perfectamente el alcance de sus acciones. Tal vez nos dirían que cumplían órdenes. Tal vez disparar a un civil mirándole a los ojos debe ser más terrible que arrojar bombas sobre lo que parece una maqueta a tanta altura. ¿Lo hubieran hecho también? Esa es la pregunta.

El bombardeo de Dresde se ha convertido en un paradigma de crueldad innecesaria, ya que no fue el bombardeo más criminal que hubo en esa guerra, siendo mucho peor el de Hamburgo en 1943, en una operación que llevaba el nombre de “Gomorra”… “Yahvé hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, destruyó estas ciudades y cuantos hombres había en ellas” (Gén 19, 27-28).

Dicen que fue nuestra Hiroshima. Posiblemente, ya que también iba dirigido a una nación ya virtualmente vencida. A una civilización en sus últimas horas. A un continente ocupado por ejércitos extraeuropeos. A una cultura en ocaso víctima de sus propias creaciones.

A día de hoy, Dresde es un doloroso recuerdo. En cambio, tras la guerra, sigue el bombardeo en nuestras mentes y corazones, incesante. Junto al dolor y la rabia, hay que dejar sitio para la reconstrucción y la planificación: para nuevas ciudades y nuevos corazones, inaccesibles al odio entre hermanos.

JORDI GARRIGA

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