BUENISMO O LA CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA

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Podría haber titulado este ensayo como “Perdone que le dé la espalda pero deme por el culo” o “Ese no es mi problema y a mí que me registren” o mejor todavía, “La culpa es de los padres que las visten como putas”. Pero me he inclinado por esto del “Buenismo” en vez de tirar mano del catálogo de excusas, porque nada describe mejor a la sociedad contemporánea europea que este término. No se trata de una pandemia, se trata de algo congénito pues se ha instalado en nuestro código genético desde mediados del pasado siglo.

De buenas intenciones están las tumbas llenas y Europa camina con paso firme hacia su desaparición empujada por los propios europeos, que la han situado al borde mismo del precipicio mientras miran hacia otro lado.
De entre el amplísimo repertorio de bondades que jalonan nuestro presente, todas ellas en nombre de una libertad que está más en el imaginario colectivo que en la realidad, hay que destacar por derecho propio el respeto que otorgamos a culturas extrañas y las facilidades que aportamos para su instalación e implantación en nuestra tierra.
Asiáticos, sudamericanos, africanos, todos ellos como colectivo son un gran problema; pero sin duda el problema de mayor riesgo de todos ellos es el de la colonización Magrebí.
Con el axioma de “no ofender a nadie por su color, etnia o religión” en Europa hemos permitido que proliferen en nuestros barrios auténticos ghettos que, lejos de integrarse, acaban viviendo según sus propias costumbres y las más de las veces a costa del erario público.

De esta manera y si los números no fallan – y ya sabemos que las matemáticas son testarudas – Europa se enfrenta a una catástrofe demográfica en los próximos 30 años cuando la población autóctona sea rebasada por la población inmigrante de confesión islámica. La inversión de la pirámide poblacional del nativo europeo frente al imparable crecimiento de los extranjeros musulmanes (su religión les prohíbe las medidas contraceptivas), sumado a nuestro servicio sanitario y a nuestras medidas protectoras frente a la exclusión social, son los vectores de esta ecuación que les situará mayoritaria e inevitablemente al frente de la población europea.
Esta certeza, que ya en sí misma es un problema pues condena a una civilización como la nuestra a su desaparición, se ve agravada por el hecho de que la cultura de esta población que señalamos como mayoritaria a medio plazo, se cimente sobre preceptos religiosos por encima de ninguna otra consideración . Para que me entiendan, todo su “modus vivendi” está regido por las escrituras de su libro sagrado, El Corán.
El islamismo detuvo hace siglos su reloj y no existen musulmanes modernos y musulmanes clásicos; ni siquiera existen musulmanes fanáticos y musulmanes moderados. Solo existen musulmanes. Es importante no olvidar esta parte porque según el Corán la falta más grave que puede cometer una persona – sea o no musulmana – es la blasfemia. Y el catálogo de palabras o acciones consideradas como tal es muy extenso. Extensísimo. Y estas faltas son severamente castigadas. Lapidaciones, amputaciones o incluso la muerte.
Aún existen en el mundo anacronismos tales como la piratería, la trata de seres humanos o la esclavitud y esto provoca desde sonrojo hasta indignación, pero nada más. Es algo que el mundo civilizado ve tan lejano como las cruzadas. Y sin embargo, a diario cientos de clérigos musulmanes, desde la atalaya de sus minaretes, en Rabat o en Colonia, en Londres o en Valencia, en Brujas o en Argel, llaman a la guerra santa contra todos los infieles. Y en Europa se han instalado 30 millones de oyentes confesos de estas consignas.

Charlie… los buenos espectadores de cine negro tenemos como costumbre al sentarnos en nuestra butaca, descartar lo obvio para intentar llegar a la resolución de la trama antes de que lo decida el director.
Hace unos pocos días ha habido un baño de sangre en Paris y, como era de esperar, las justificaciones, las dudas acerca de los autores intelectuales y los argumentos “buenistas” no han tardado en aflorar. Los análisis acerca de “¿a quién beneficia?” y otras sesudas elucubraciones, no pueden ni deben evitar la única certeza: la morisma está aquí e irá a por todas cuando llegue su momento.
Y éste está a la vuelta de la esquina.
Por una vez, centrémonos en lo obvio.

 

LARREA   Enero/2015

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