CARTA DE UN COMBATIENTE ANÓNIMO

Desde algún lugar de Europa

Querida Mari:

Llevo ya varios días haciendo acopio de energías para dedicarte unas letras en los tristes y escasos ratos libres que nos conceden tras estas interminables jornadas de campaña que nos dejan exhaustos a los pocos que quedamos. A veces pareciera que, de todo un ejército que formábamos hace cuatro días, sólo quedemos los cuatro gatos que resistimos en esta nuestra querida trinchera. Te contaré además que llamarlo trinchera es casi un alago, cuando el espacio en el que nos apretujamos mis fieles camaradas y yo últimamente no es más que cuatro paredes forradas de tablones en el interior de un agujero de unos pocos metros cuadrados excavado con nuestras propias manos. El sargento nos ha dicho que queda poco para nuestro relevo, aunque después de tanto tiempo haciendo salidas unos cuantos y volviendo unos menos, no sé yo si aquí no van a llegar a relevar ni al tato.

Te agradezco de verdad el libro que me enviaste, esas historias de samuráis japoneses uno piensa que le quedan muy lejos en la distancia y en el tiempo, pero los valores que inspiran al que los lee puedo jurar que no tienen nada de extraño entre esta humilde tropa, que aún creyendo muchas veces que todo está perdido, no pierde el aliento por honor y amor a su tierra y a los suyos.

Pero lo que de verdad me ha llegado al corazón es esa foto tuya y de los niños que incluiste entre las amarillentas páginas del breviario, y que no he podido dejar de mirar a cada momento. Como le decía ayer a mi sargento, que me echó un broncazo por estar con la foto de marras cuando nos sorprendieron por mi flanco, “puede usted estar tranquilo mi sargento, ya no voy a necesitar mirarla más, pues de tanto hacerlo ahora hasta sueño con ella, se me ha quedao como incrustada en mi pensamiento”. Y es que amor mío, con esa foto me hiciste recordar algo que creía haber perdido, olvidado entre tanta injusticia y sinrazón que me rodea en el día a día y que es la causa por la que estoy aquí luchando, en esta maldita guerra que parece que no va a acabar nunca en la vida.

Yo no sé de verdad si los que están al otro lado, esos que continuamente ametrallan nuestro puesto, y cuando paran de ametrallarnos es para dedicarnos unos cuantos zambombazos de los que malamente podemos resguardarnos, no sé si aquellos que te digo tendrán un motivo tan bueno para estar aquí liquidándonos a nosotros; no creo que ninguno de ellos se haya parado delante de su mujer y sus hijos a mirarles a los ojos.

Lo que sí sé es lo que tú me dirías si yo tuviera la suerte de teneros un ratillo delante y abrazaros como es debido. Tú me dirías: mantente firme cariño, aprieta los dientes y trata de seguir vivo, y si en el tumulto de la lucha ves llegar tu final no desesperes, habrás hecho lo que debías, como siempre trataste de hacer, y tus hijos lo llevan en su sangre… Y tendrías toda la razón Mari, al fin y al cabo esto no es una historia como esas americanas con final feliz que veíamos por la tele hace años, cuando tras el sol la luna traía la paz a nuestra rutina, esta lucha entre la ruinas por defender el poco espíritu que nos queda es en cambio una Historia Europea.

Gawain

 

GAW7

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