CHARLATANES DE FERIA

 

Cuando la vida -esa puta a veces adorable y casi siempre desagradecida- empieza a condecorarnos con canas, calvas y michelines, uno empieza a ver las pompas y las obras de la podrida sociedad que le ha tocado en suerte con un irreverente escepticismo que le hace comprender a Jorge Manrique cuando comparaba esas vanidades con “verduras de las eras”.

Al escuchar los omnipresentes mantras de la Mediocridad Constitucional y de Derecho (“el menos malo de los sistemas posibles”; “la Constitución que todos los españoles nos hemos dado”; “la monarquía, garante de la unidad de España”) es inevitable sentir la misma mezcla de burla y vergüenza ajena que cuando descubrimos el truco a un prestidigitador torpe.
Ante las más risibles y grotescas de esas muletillas (“patriotismo constitucional”; “nacionalidades y regiones”; “soplapollas y soplapollos”) en lugar de al ilusionista de baratillo, uno evoca al payaso viejuno de un circo decrépito repitiendo chistes que hace décadas que dejaron de tener gracia.

Todo en la tramoya de la partitocracia huele a feria cutre, a tenderete de trileros, a barracón con olor a vómito y a serrín húmedo donde se exhiben la mujer barbuda y el enano más alto del mundo.
Oyendo a los ganapanes parlamentarios farfullando sus ramplonas intervenciones -plagadas de frases hechas y, en los mejores casos, de coletillas de patán a medio ilustrar- es inevitable asociar la figura de sus Señorías con la de los antañones charlatanes de feria que vendían peines rotos, bálsamos de Fierabrás y mantas apolilladas a base de verborrea mareante.
Dicho sea sin ánimo de ofender a unos tipos que demostraban una perseverancia encomiable recorriendo los poblachos más paletos y las aldeas más cejijuntas para ganarse el jornal. Nada que ver con la deleznable fauna de escaño, dieta y sobresueldo que cobra por apretar botones a toque de silbato y por lamer cipotes a toque de lista cerrada. Pero la impresión de impostura y cuento chino es la misma.

Las mercancías que ofrecen también tienen ese aroma a bazar chino de todo a un euro y esconden, bajo nombres ampulosos y eufemísticos, su falta de calidad y su fabricación chapucera.
Da igual que te vendan un perfume francés que al final resulta ser un ambientador de retrete, un multiculturalismo que no es más que un genocidio suicida o un liberalismo y un libremercado que no son sino los nuevos disfraces de la esclavitud y el caciquismo más rapaces.

Tanto las baratijas del charlatán de rasta y liendre, como las del trilero de traje a medida tienen el mismo hedor a bazofia globalista.
A mierda en estuche de oropel.

J.L. ANTONAYA

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