CLAROSCUROS

La historia está llena de claroscuros. No me refiero a la historia como disciplina académica, que al ser una ciencia fáctica se basa en hechos observables a través de la documentación, la arqueología o los testimonios de testigos. Me refiero a la historia como el conjunto de hechos acaecidos en el pasado.

La primera -la historia-ciencia- sigue un método de trabajo científico basado en la observación de los hechos históricos (la desaparición de la cultura Anasazi, por ejemplo), la formulación de una hipótesis para explicarlos (crisis ambiental), y en la comprobación de tales hechos. Ciertamente, no se pueden comprobar con tanta claridad como la ley de la gravedad, porque a veces no hay pruebas suficientes (puede que no haya documentos escritos, que no se conserven suficientes restos arqueológicos, o que ya no queden testigos vivos), pero siempre se pueden comprobar hasta cierto punto. Por éso Heródoto, el primer historiador, tituló su obra Historias. La palabra “historia” deriva del griego historein /historía/, y ésta a su vez de una antiquísima raíz indoeuropea wid, de donde viene el latín videre (ver) y el inglés wisdom (sabiduría); y a su vez está relacionada con la palabra oistor /hístor/, que significa “testigo” y “juez”; porque para saber sobre algo, antes hay que ver -observar los hechos-, para luego poder entenderlos.

La segunda -la historia-pasado- engloba todo lo que ha ocurrido desde que el hombre es tal, y sólo puede juzgarse objetivamente a la luz de la historia-ciencia. Porque está llena de claroscuros. Muy raramente los hechos históricos son blancos o negros, al contrario, están llenos de matices grises; tan grises como la mente humana, que al fin y al cabo es el protagonista y el testigo de la historia.

El historiador profesional -el dotado de ética laboral y método científico- procura observar los hechos de modo desapasionado para juzgarlos objetivamente, pero lamentablemente, la actual vorágine de especialización que sufre la historia y el resto de ciencias sociales, resultado -principalmente- de las ambiciones profesionales de gran parte del profesorado universitario, ha despedazado la historia-ciencia en infinitud de subdisciplinas académicas (historia antigua, medieval, moderna; historia local, regional, continental; política, económica, religiosa; de la electricidad; de género…). Y así se pierde la visión de conjunto de la historia-ciencia: se afirma por ejemplo, que el sistema de Cortes medievales nació en León allá por 1188, sin detenerse a pensar que la forma de proceder, tanto de los concejos como de las propias cortes, pueden tener antecedentes tan antiguos como los conventos jurídicos romanos, que también están en el germen de los reinos cristianos peninsulares y de sus lenguas.

Perdida esa visión de conjunto es fácil caer en un análisis simplista, en blanco y negro, de la historia-pasado, que cala fácilmente en la sociedad actual, en la que gracias a los medios de comunicación de masas se confunde la opinión con la observación y la sabiduría. Así se pretende que todos los alemanes que participaron en la Segunda Guerra Mundial eran nazis, y todos los Aliados héroes: el pueblo polaco se alzó contra los nazis (en el levantamiento del gueto judío de abril de 1943, y en el de agosto de 1944) y fue abandonado por los Aliados… ¿deben considerar los polacos que los Aliados fueron los salvadores de Europa? Se afirma que todos los blancos han sido crueles colonialistas que asesinaron y esclavizaron por sistema al indio, al negro y al asiático, obviando tanto que éstos también son capaces de crueldades, como las buenas obras que realizaron algunos blancos: ¿quiénes eran más violentos, los conquistadores españoles en busca de oro y esclavos, o los sacerdotes aztecas que sacrificaban prisioneros capturados en guerras pactadas (las Xochiyáototl o Guerras Floridas), consumían su carne, y se embadurnaban el cabello con su sangre? Se denuncia el tráfico de esclavos de África a América para beneficio de los terratenientes blancos, pero se obvia que muchas tribus africanas se beneficiaron de ese comercio, atacando a sus vecinos para venderlos. La simpleza de las opiniones llega a tal punto que se califica como racista “El corazón de las tinieblas”, novela de Joseph Conrad escrita como una alegoría en contra del colonialismo.

De tal modo, se van perdiendo los matices grises de la historia: las cosas buenas que han resultado de hechos violentos (como el uso de un arma química -el gas mostaza- en los tratamientos de quimioterapia contra el cáncer, la desaparición del canibalismo en América tras la conquista española, la abolición de la quema de viudas en la India por los colonialistas británicos, la abolición de la esclavitud en Etiopía tras la conquista italiana…), el heroísmo de unos, la mezquindad de otros, la neutralidad de una mayoría que ha pasado inadvertida por el mundo. Precisamente los que permiten contextualizarla, juzgar objetivamente a sus protagonistas, y alcanzar el objetivo último de la historia-ciencia: evitar que se repitan los errores del pasado.

La actual situación de balcanización académica y vanalización pseudocientífica de la historia no tiene visos de remediarse: las universidades están ancladas en una especialización excesiva por su propia estructura de Departamentos, y sometidas a imperativos económicos; la extensión de bitácoras monotemáticas en Internet, y de sesgos ideológicos como en los estudios de género, sólo contribuye a exacerbar esa situación.

No obstante sigue habiendo buenos historiadores profesionales, empeñados en desvelar esos claroscuros de la historia, batallando contra los condicionantes económicos e ideológicos. Esperemos que sea suficiente para evitar, parafraseando a Conrad, que los claroscuros de la historia, con sus momentos brillantes y tenebrosos, den paso a una densa faja de nubes negras que nos conduzca directamente al corazón de las inmensas tinieblas.

A.S.C.  MAYO/2021

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