COMUNISMO Y NAZISMO. 25 REFLEXIONES SOBRE EL TOTALITARISMO 1917/1989. ALAIN DE BENOIST

Un libro que responde preguntas comprometidas: ¿son las dos experiencias totalitarias del siglo XX comparables? ¿El nazismo y el comunismo se refieren a una esencia común? ¿La modernidad es totalitaria por naturaleza y el liberalismo es su última expresión?

En este ensayo de reflexión histórico-político-filosófica, Alain de Benoist hace una comparación del comunismo con el nazismo en tanto ideologías totalitarias, lo que no significa asimilarlas, sino pensarlas conjuntamente, como dos especies distintas de un mismo género, dos casos singulares dentro de una misma categoría.

De Benoist busca explicar la razón de la absolución ética que disfruta una doctrina, la comunista, que comenzó a matar antes que el nazismo, que mató más que el nazismo y que aún sigue matando hoy.
Resulta que hoy en día si un individuo proclama su adscripción ideológica al nazismo está condenado, maldito, proscrito. El nazismo liquidó a 25 millones de hombres. Lógicamente es una doctrina criminal. Pero si un individuo presume de ser comunista, no pasa nada, es admirado, aplaudido, respetado. Sin embargo, el comunismo liquidó a 100 millones de hombres. Mientras un nazi puede ser encarcelado por difundir sus principios, un comunista puede llegar a una alta exposición, sin entrar en contradicción con el mundo moderno.

De Benoist escruta la producción intelectual que ha logrado ocultar a la vista pública ese vergonzante parentesco; la labor ingente de la ortodoxia dominante por eludir la verdad histórica. Recopila, por tanto, las coartadas que niegan la naturaleza intrínsecamente genocida del marxismo-leninismo.
Como reflexión final, analiza el carácter moderno del totalitarismo y su conexión con el liberalismo democrático. Porque, recuerda de Benoist, fue precisamente la Revolución Francesa la primera que instauró la masacre como corolario ineludible de un enunciado político.

LORENZO LAMAS


INTRODUCCIÓN

«Antaño ciego ante el totalitarismo, el pensamiento es ahora cegado por él», escribía con razón Alain Finkielkraut en 19831. El debate inaugurado en Francia por la publicación del Libro negro del comunismo constituye un buen ejemplo de esta ceguera.
Otros acontecimientos que, regularmente, obligan a nuestros contemporáneos a enfrentarse con la historia reciente, también ilustran la dificultad de determinarse en relación con el pasado. Esta dificultad se ve hoy acentuada por la confrontación entre un enfoque histórico y una «memoria» celosa de sus prerrogativas, la cual tiende en lo sucesivo a afirmarse como valor intrínseco (habría un «deber de memoria»), en moral sustitutiva, o incluso en nueva religiosidad. Ahora bien, la historia y la memoria no tienen la misma naturaleza. Desde diversos puntos de vista, incluso se oponen radicalmente .

La memoria dispone, por supuesto, de su legitimidad propia, en la medida en que aspira esencialmente a fundar la identidad o a garantizar la sobrevivencia de los individuos y los grupos. Modo de relación afectiva y a menudo dolorosa con el pasado, no deja de ser ante todo narcística. Implica un culto del recuerdo y obsesiva remanencia del pasado .
Cuando se basa en el recuerdo de las pruebas sufridas, estimula a quienes se reclaman de las mismas a sentirse titulares de la máxima pena y sufrimientos, por la sencilla razón de que siempre se siente con mayor dolor el sufrimiento experimentado por uno mismo .
(Mi sufrimiento y el de mis allegados es, por definición, mayor que el de los demás, puesto que es el único que he podido sentir.) Se corre entonces un gran riesgo de asistir a una especie de competencia entre las memorias, dando a su vez lugar a una competencia entre las víctimas .

La memoria es, además, intrínsecamente belígena. Necesariamente selectiva, puesto que se basa en una «puesta en intriga del pasado» (Paul Ricoeur) que implica necesariamente una elección — por lo cual el olvido es necesariamente constitutivo de su formación —, imposibilita cualquier reconciliación, manteniendo de tal forma el odio y perpetuando los conflictos. Al abolir la distancia, la contextualización, es decir, la historización, elimina los matices e institucionaliza los estereotipos. Tiende a representar el encadenamiento de los siglos como una guerra de los mismos contra los mismos, esencializando de tal modo a los actores históricos y sociales y cultivando el anacronismo .
Como lo han señalado certeramente Tzvetan Todorov y Henry Rousso,2 memoria e historia representan en realidad dos formas antagónicas de relacionarse con el pasado .
Cuando esta relación con el pasado avanza por el camino de la memoria, nada le importa la verdad histórica. Le basta con decir: «¡Acuérdate!» La memoria empuja de tal modo a replegarse identitariamente en unos sufrimientos singulares que se juzgan incomparables por el solo hecho de identificarse con quienes han sido sus víctimas, mientras que el historiador tiene, por el contrario, que romper en toda la medida de lo posible con cualquier forma de subjetividad .

La memoria se mantiene mediante conmemoraciones; la investigación histórica, mediante trabajos. La primera está al abrigo de dudas y revisiones. La segunda, en cambio, admite por principio la posibilidad de ser cuestionada, en la medida en que aspira a establecer hechos, aunque estén olvidados o resulten chocantes para la memoria, y a situarlos en su contexto con objeto de evitar el anacronismo. El enfoque histórico, para ser considerado como tal, tiene, con otras palabras, que emanciparse de la ideología y del juicio moral. Ahí donde la memoria exige adhesión, la historia requiere distanciación .

Es por todas estas razones, como lo explicaba Paul Ricoeur en el coloquio «Memoria e historia». organizado el 25 y 26 de marzo de 1998 por la Academia Universal de Culturas de la Unesco, por lo que la memoria no puede sustituir a la historia. «En un Estado de derecho y en una nación democrática, lo que forma al ciudadano es el deber de historia y no el deber de memoria». escribe por su parte Philippe Joutard3. La memoria, por último, se hace exorbitante cuando pretende anexionarse la justicia.
Ésta, en efecto, no tiene como finalidad atenuar el dolor de las víctimas u ofrecerles algo equivalente al dolor que han sufrido. Tiene por finalidad castigar a los criminales en relación con la importancia objetiva de sus crímenes, y habida cuenta de las circunstancias en las que han sido cometidos. Anexionada por la memoria, la justicia se convierte inevitablemente en venganza, cuando es precisamente para abolir la venganza por lo que fue creada .
Después de la publicación del Libro negro, hay quienes han reclamado un «Nuremberg del comunismo». Esta idea, presentada por primera vez por el disidente ruso Vladimir Bukovski,4 y generalmente recuperada con fines puramente polémicos, es como mínimo dudosa. ¿Para qué juzgar a quienes la historia ya ha condenado? Por supuesto que los antiguos países comunistas, si así lo desean, pueden perfectamente hacer comparecer a sus antiguos dirigentes ante sus tribunales, pues la justicia de un país determinado garantiza el orden interno de este país. No ocurre lo mismo con una justicia «internacional», de la que se ha demostrado con creces que se basa en una concepción irenista y adormecida de la función jurídica, y más concretamente en la idea de que se puede desvincular el acto judicial de su contexto particular. Más profundamente, también se puede pensar que la función de los tribunales consiste en juzgar a hombres y no a ideologías o a regímenes. «Pretender juzgar un régimen — decía Hannah Arendt — es pretender juzgar la naturaleza humana.» Hace cuatro siglos, el edicto de Nantes ya proclamaba en su artículo primero la necesidad de acallar la memoria para restaurar una paz civil descompuesta por las guerras de religión: «Que la memoria de cuantas cosas acaecieron por un lado y por el otro, desde el comienzo del mes de marzo de 1585 hasta el advenimiento de la corona, y durante las algaradas anteriores y con ocasión de aquestas, mantendráse apagada y adormecida, como cosa que acontecido no hubiere; y ni derecho ni potestad tendrán nuestros fiscales generales, ni otras cualesquiera personas, en momento alguno o por la razón que fuere, de efectuar mención, acusación o proceso ante la audiencia o la jurisdicción que fuere» .

El pasado ha de pasar, no para caer en el olvido, sino para hallar su lugar en el único contexto que le conviene: la historia. Sólo un pasado historizado puede, en efecto, informar válidamente al presente, mientras que un pasado mantenido permanentemente actual no puede sino ser fuente de polémicas partidarias y de ambigüedades .

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