Crónicas covidianas: ¡SALUD Y VICTORIA! (I)

Marrakesh me presentaba su mejor cara, la de aquella anciana vendedora de refrescos para apagar mi sed. De allí pasé a Maracaibo, donde un simpático transeúnte daba media vuelta en plena calle, lo  que me hizo preguntarle si le sucedía algo, a lo que me respondió que había olvidado el bozal en casa. Pese a que le insistí en que continuase tranquilo su paseo en aquel atardecer que presagiaba nieve, el buen hombre había mudado su aspecto campechano por otro febril y desaparecía en la calle de regreso a su hogar camino del salvoconducto facial. Continué mi marcha y atravesé Shangai, donde un simpático chino me orientó acerca de la dirección que buscaba. Aquél era un día festivo en algunas naciones que atravesé, así que casi todas las tiendas estaban cerradas. Ya cayendo el día, con la penumbra tomando el cielo de una ciudad que en su día se la tenía por cabeza de España, ahora convertida en taifa, Tetuán arriba, llegué a la calle Duque de Vianda. Allí me esperaba la manilla de la puerta de la librería Alcatraz, medio escondida tras unos árboles.

Con el reconfortante calor de aquella amplia estancia, sin demasiada luz,  con las paredes cargadas de libros, de los que oí un susurro de voces que me decían “¡Ábreme, léeme!”, esperé la aparición de alguien con el que conversar acerca del objeto de mi visita. Por fin apareció “alguien”, digamos que una gata. No digo esto con intenciones vejatorias, al contrario, sino más bien laudatorias, por su acendrado olfato felino. Asumido tengo que algunas personas con percepción extrasensorial, como en este caso, son capaces de notar mis intenciones propias de una rata negra, no de las de alcantarilla, sino de las de librería, y no porque me marche sin pagar, sino porque pueden adivinar mis curiosidades malsanas.

Y de infección iba la cosa, porque la guardesa, más que vendedora, me dijo, sin  darme apenas tiempo a decir qué buscaba, que estaba prohibido tocar los libros por razones de salud pública a causa de no sé qué de un virus o algo así, creí entender. No le pregunté de qué virus se trataba, pero me di por aludido, pues, a la vista de mi empatía social, creo haber nacido con el virus hachehache, tan mortal como aquél del que hablaba la felina, lo cual me trae absolutamente al pairo.

Una librería de viejo es algo más que una librería. Entrar en ella es cruzar el umbral de ruptura con la presión de lo que el poder pretende determinar como ‘actualidad’, para ocultar lo que hay tras esa tramoya llamada ‘noticias’. A la vista de esas ediciones que llegan a uno desde décadas atrás, incluso siglos, por poca sensibilidad que se tenga, se perciben casi físicamente las corrientes de pensamiento, de controversias, de debates, que llevaron a nuestros antepasados a enzarzarse en mil y una disputas, muchas de ellas acabadas en sangre. Acercar los dedos por sus estantes es como el trabajo del zahorí que busca y encuentra las corrientes telúricas.

Lejos de negar el virus que la pequeña tigresa me describía, la confirmé en todo su discurso, al que añadí la necesidad de que, además de todos los exorcismos de protección (a la entrada del local tenía una especie de expendedor de jabón bendito, como si se tratase del baptisterio de una iglesia) se comprase un Kalansnikov, pues, cuando yo venía hacia la librería, había visto a un zombi apostado tras uno de los árboles que hay ante la fachada. Me miró con cara de estupefacción, como si le estuviese tomando el pelo, lo que no acabé de comprender, pues, si ella había visto a uno de los Jinetes del Apocalipsis, ¿por qué no creer el inminente ataque de unos muertos vivientes?

Pero no fue posible, allí quedaron, boquiabiertos, los númenes que habitan los libros, impedidos de emanar los fluidos que me llevasen, además de a Molière, hasta algún libro que quería regalarle a mi amigo Paco.

(CONTINUARÁ)…

JORDI PLA

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